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MUNDIARIO

Hay personas que van recogiendo monedas y llevando a cuestas el arte

No recuerdo su perorata explicativa para asegurar que era hombre de confianza, solo recuerdo que se decía músico.

Hay personas que van recogiendo monedas y llevando a cuestas el arte
Guitarra. / axcellir.files.wordpress.com
Guitarra. / axcellir.files.wordpress.com

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Erivan Campos Conde

Erivan Campos Conde

La autora, ERIVAN CAMPOS CONDE, es periodista y colaboradora de MUNDIARIO. Madre, comunicadora, periodista sin periodicidad y en constante batalla con Cronos y las musas. Narradora, aprendiz de poetisa y escritora de anécdotas y realidades chapinas poco mágicas. De vena política. @mundiario

Cual mono, trepó al vehículo colectivo en movimiento, de un par de brincos llegó al respaldo del chofer agradeciéndole la oportunidad de subir, aunque de habérsela negado habría sido muy tarde porque ya estaba acomodado y listo para empezar el recital. 

Haló la humilde cinta que detenía su mayor tesoro a su cuello y mencionó algo del Reggae, allí me captó. Descubrí un veinteañero en los huesos, sonriente, con un estilo entre indi o hippie, no podría definir, y vi una vieja artista maltrecha con estrías de vida musical, llena de pegatinas del ying y el yang, el chavo del ocho, una conejita Play Boy, severos raspones, remiendos, desgastes, decoloración, pero dignamente lustrada y con las cuerdas completas. La perfecta compañera para aquel muchacho que lucía igual de “potreado” y vivido.

Comenzó entonces el recital de la camioneta. Estoy segura que la mayoría de su clientela cautiva nunca había tenido contacto con el estilo musical, pero al ser tan raro espectáculo, inevitablemente tuvieron que voltear a ver al extraño espécimen aquel; casi podría jurar que vi varios arcoíris emanar de él, un par de mariposas, dos o tres razones, positivismo en raciones descomunales y confianza “al por mayor”. Ínvida de su valentía me dejé atrapar por el artista y su añeja compañera; la rima muy buena, mejor que la de muchos que han invertido millones en discografías insípidas, el ritmo llevado por un toquecito antes del rasgar de cuerdas, no falló ni una vez ni siquiera en los múltiples baches ni cuando casi chocamos con una camionetilla dirigida por un ejemplar igual de imprudente que nuestro conductor. Cada golpecito  horadaba la superficie de la madera, pero le imprimía un estilo propio.  La letra era dedicada al Dios de sus anhelos, me atrevería decir que ese Dios fue usado como objeto mercantil solo para ser más aceptado, porque el muchacho facha de creyente no tenía, pero como sorpresas tiene la vida, quizá sí. Poco me importó la catequesis si se me impartía con aquella vibra reggae, mi ser secular obvió ese detalle y solo seguí con un pie y la cabeza las notas repetitivas que se apoderaron de mis neuronas en su totalidad.

El chico pasó a recoger su propina y consiguió efectivo para moverse un poco más, el aplauso faltó, dos palmadas di entre mis manos y su ser interno parece haberse alimentado con esos dos golpecitos porque sonrió y siguió recolectando el fruto de su show. Por un momento lamenté su situación, pero al comprenderlo más libre que yo, desahogado, relajado y en plena realización, me desacartoné y me sentí feliz por él. Valiente muchacho ¡mira que vivir del arte en este esbozo de país!

Corrió por todos los asientos, sonrisa aquí, sonrisa allá y de otro brinco salió expulsado de aquella casita del terror con velocímetro conducida por un temerario con licencia. Desapareció en una esquina.  Mi parada quedaba un bloque después y ya habiendo olvidado el momento, bajé  del “chinchin” gigante  y seguí mi camino, al levantar la vista lo vi nuevamente, corriendo y toreando otra víctima colectiva de sus notas. Allá iba el artista, recogiendo monedas, deseando aplausos, llevando a cuestas el reggae.