Las personas son la que hacen posible un cambio profundo o lo desvirtúan

El último alcalde monárquico de A Coruña entrega el Ayuntamiento al primer alcalde republicano.
El último alcalde monárquico de A Coruña entrega el Ayuntamiento al primer alcalde republicano.

No hay juego sin reglas de juego, pero no hay juego limpio si dejamos que en la mesa se sienten tramposos. De ahí la necesidad de listas abiertas, propone este autor.

Las personas son la que hacen posible un cambio profundo o lo desvirtúan

No hay juego sin reglas de juego, pero no hay juego limpio si dejamos que en la mesa se sienten tramposos. De ahí la necesidad de listas abiertas, propone este autor.

Las reglas son necesarias para saber en que marco hemos acordado movernos, pero la partida la juegan las personas de su cuya honradez y determinación depende que el juego sea limpio y apasionante. Es iluso esperar que los cambios que la sociedad demanda se produzcan exclusivamente por el cambio de leyes, programas o discursos. Se requiere que las personas cambien con ellos y que no sean precisamente los que obran de buena fe los que desilusionados se retiren a sus aposentos acosados por los que quieren manejar el poder a su antojo. Nunca será de igual aplicación una ley en Suiza o en España ni en México que en Alemania, pero las naciones se parecerían mucho más si cambiaran sus habitantes.

Nadie es mejor ni peor que otro pero si diferente por genética y también por la propia evolución del medio en que vivimos. Nunca podemos ser iguales cuando no somos iguales en mortalidad infantil, ni el analfabetismo, ni en cotas de violencia, ni en tradición democrática, ni en cubrir la necesidades básicas, pero el hecho fundamental para avanzar es la corrupción y esta solo la practican las personas. El grave error es dar el poder a los corruptos o corruptibles y pensar que la gente honrada carece de del empuje necesario para gobernar.

Para ilustrar esto he seleccionado una foto donde el 14 de abril de 1931, donde el último alcalde monárquico, Sr. Linares Rivas, entrega el Ayuntamiento de A Coruña al primer alcalde republicano, en aquel momento alcalde de edad. En la nueva Corporación aparece mi abuelo, Julio López Marey, que dedicó su actividad municipal a ayudar a los más desfavorecidos, siendo responsable de varias obras sociales logrando especialmente que los pobres también tuviesen agua corriente en sus casas. No tardó mucho mi abuelo en darse cuenta de que las personas no cambian fácilmente, y tras observar como seguía presente el nepotismo y comenzaba de nuevo la corrupción, dimitió, hecho que por cierto habría de salvarle de represalias durante la guerra civil excepto la de llevarle a la ruina despojándole de todo el patrimonio que había recibido de su padre que era constructor. Retornada la democracia, el Alcalde Vazquez quiso hacerle un homenaje al que se negó a asistir porque a su entender se había perdido los principios que animaron aquel partido cuando era más idealista y menos pragmático.

La conclusión es evidente, si las personas no cambian, ninguna ley o forma de gobierno logrará un cambio a mejor. Hasta ahora la gente honrada se ve desprotegida, débil y empujando muros, por ese motivo prefiere al menos no participar en el simulacro democrático, dejando que otros menos honrados ocupen el poder. Este es quizás el gran error. Al que hay que arrinconar es al corrupto, ser con él intransigente, duro, y si forman grupo, hasta cruel, pero que toquen jamás un bastón de mando. Para ello hemos de tener tolerancia cero, y tal y como están las cosas, exigir listas abiertas e independencia de hecho del poder judicial, que nunca un político nombre un juez ni un fiscal, dotarlos de medios, y que la financiación de los partidos sea tan clara y transparente como el agua pura de manantial, porque no dudemos que esa y no otra es la causa de todos los males que padecemos.

Las personas son la que hacen posible un cambio profundo o lo desvirtúan
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