Perros callejeros, Elmore Leonard en estado puro: una trama sin fisuras y vertiginosa

Perros callejeros, de Elmore Leonard. Alianza Editorial
Perros callejeros, de Elmore Leonard. / Alianza Editorial.

El gran maestro de la novela negra norteamericana une en Perros callejeros a tres personajes emblemáticos de algunas de sus novelas anteriores. Este especialista explica todas las claves.

Perros callejeros, Elmore Leonard en estado puro: una trama sin fisuras y vertiginosa

El gran maestro de la novela negra norteamericana une en Perros callejeros a tres personajes emblemáticos de algunas de sus novelas anteriores. Este especialista explica todas las claves.

Su estilo de narrar se sustenta, especialmente, en una sucesión de diálogos cortos poseídos de un ritmo propio del mejor Jim Thomson a quien sin ninguna duda podemos considerar su maestro. Inmerso en el mundo del hampa. Es el modo y justo soporte de la narrativa de Elmore Leonard (1925-2013), que con todas las consecuencias exhiben sus personajes en situaciones de asuntos y hechos en la que los diálogos a veces provocan escalofríos a medida que suben el tono y agarran a uno en el asiento, siguiendo allí pegado hasta el sofoco y la especulación de lo que podrá suceder. Así lo leo desde aquella primera aventura como su lector de El more que siguieron, sabor tras sabor, Persecución mortal y El día de Hitler.

Y como puedo considerarme un buen lector de novela policiaca desde que tenía pantalón corto, fortuna que le debo a mi padre, pausado lector del género en aquellos años de triste posguerra, con esta reciente edición de Perros Callejeros gozo de una nueva aventura en esa línea literaria de ficción donde la ironía, la crítica y la violencia es toda una secuencia engranada por la que discurren las descarnadas caras de la otra vida real norteamericana. No hay pelos en la lengua en tan jugosa y picante salsa. Para lo que el heredero directo de Jim Thomson vuelve a reunir a tres personajes emblemáticos de algunas de sus novelas anteriores: Jack Foley, el famoso atracador que suma más de un centenar de bancos, Cundo Rey, el “marielito” cubano convertido en magnate del hampa gracias al tráfico de drogas y ese prima hermana siamesa, que es la especulación inmobiliaria, cerrando el trío la amante del cubanito bajito de talla, Dawn Navarro, mujer fatal de estas que levanta el ánimo y el nervio del más lisiado, que además es vidente y gana dólares con el oficio ya que las tontas bien acomodas flotan como sonámbulas por las geografía de las privilegiadas playas de California.

Jack y Cundo llegaron a conocerse en la cárcel donde congeniaron tras contarse sus vidas cada cual a su estilo, el del cubanito arrollador y presuntuoso, el salteador calmoso y observador, puro modelo propio de su trabajo donde no utiliza la violencia sino el seducir a la cajera de turno con tierna labia melódica. Lo cierto es que hacen o fingen muy buenas migas hasta el punto que Jack, que va a quedar en libertad dos semanas antes que Cundo, gracias al malabarismo profesional de una abogada de anatomía desbordante, maestra en el trato y conciente desde que lo confirmó la Biblia la carne es débil tanto para el amor como para los dineros, y el “marielito” ofrece a su amigo de prisión que lo espere en su mansión de Venice Beach, zona privilegiada de California, con la idea de trabajar junto en proyectos que pueden dejar dinero.

Y todo es salir de la cárcel Jack cuando entra en escena el veterano agente del FBI Lou Adams quien, avisado por un soplón, espera a la puerta del presidio para saludar al atracador por el que siente una especial atracción. Esta no es otra que poder volver a meterlo en el trullo, pues bien sabe que esa súbita libertad se debe a ciertos juegos de intereses. Porque el asunto es algo más que esto lo que mueve al madero, que ya cumple años de servicio y sueña poder retirarse con un póker de ases en la mano como broche de oro, lograr un final redondo para esa novela sobre este Jack del diablo lleva años escribiendo, que por ese amor propio, quiere conseguir que su deseada presa le ayude a obtener ese final triunfante esperado en su manuscrito. Lo que significaría para él éxito y gloria. Más las posibilidades son mínimas si se tiene en cuenta que el amado personaje no quiere volver a las andadas aunque estas, tenga el encanto por medio de la seducción y no de las escopetas de cañón recortado, sino ligar a la cajera de turno y le ponga en la mano mientras le sonríe unos miles de dólares. Y aquí queda la incógnita de tan deseado final de una novela que podría ser histórica para el sabueso escritor.

 Aquí pues, un ligero esbozo por el que transcurre la aventura de ficción, el ambiente en que se desarrolla, adquiriendo méritos propios, certificado de real y muy actual, aunque los sobornos y los tratos para defraudar son similares a aquellos que se montaba la madre de Nerón, que por algo han pasado a la historia y desde entonces se imitan con tanta agilidad y cinismo como en los tiempos de tan subyugante imperio, máxime si se tiene la suerte de algún familiar en el gobierno, ministro o presidente de un condado o autonomía En último extremo, algunos capos segundones del chantaje, incluso se conforman con un director general al que le guste la raya de tiza con calidad. Esta es la trepidante trama llena de ingenio y esos constantes diálogos que sirven para ir mostrando al lector un mundo representado con ejemplos poco dignos impropios para una sociedad justa y equitativa, rebosante de similitudes exponente de la descomposición social y política que padecen las sociedades. El soberano poder de las mafias de la corrupción y sus advenedizos socios colaboradores en el mundo político y mediático.

Perros callejeros, Elmore Leonard en estado puro: una trama sin fisuras y vertiginosa
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