‘Perhaps you need a Little Guatemala’, el país de la eterna ignominia

Fotografía de la publicidad ‘Perhaps you need a Little Guatemala’. / Ricky López

Tal vez necesites un poco de Guatemala, así reza este titular. El estado soberano de la eterna ignominia y la preterición continuada, donde la amnesia y la incongruencia son el pan de todos los días.

Descanse en sus 108.889 kilómetros cuadrados donde encontrará los extremos sociales conviviendo en una perfecta armonía intocable, con las personas más ricas y más pobres, donde hay mayor número de aeronaves privadas por persona y donde mueren la mayor cantidad de niños de desnutrición; donde la izquierda y la derecha conviven velando por sus intereses, organizándose solo cada cierta temporada continuando con el embrutecimiento y alienación para seguir los mismos al poder.

Lugar paradisíaco donde el clima y Natura proveen de recursos casi inagotables y donde aún así se importa más de lo que se exporta y quien produce duerme siempre con hambre. Venga al mendrugo agrio del pan del cielo donde sus gobernantes terminan sus administraciones privados de libertad. Perhaps you need a Little Guatemala reza nuestra publicidad, tal vez usted necesite un poco ver a los niños trabajar en las esquinas y los semáforos, o acaso busque presenciar asesinatos y robos en horas pico sobre la cinta asfáltica, quizá precise un poco del tercer mundo para apreciar el lugar donde vive, porque no creo que de donde venga, querido extranjero, encuentre una primavera ciega que se aferre a crecer en una sociedad tan dual.

Voltee la vista y disfrute del clima y sus ecosistemas desfallecientes, de sus lagos sucios de desechos, sus ríos contaminados y su reino animal y vegetal en vías de extinción. Venga y conozca nuestra arquitectura en constante cambio, note cómo los sábados las plazas se vuelven chicas y los expertos ya las construyen con mayor capacidad, donde las escuelas cada vez se ven más derruidas y donde las fincas mal habidas florecen con mayor poder, donde los hospitales se derrumban, los centros culturales se cierran, las iglesias se yerguen y los parques se vuelven mercados; calles inundadas en época de lluvias, agujeros interminables en sus suelos citadinos, desapariciones de colonias bajo derrumbes y eclosiones de covachas y arrabales en barrancos y laderas; donde seguimos adorando y publicitando lo que construyeron nuestros ancestros (aunque la mayoría renuncie a esas raíces) y no lo que escuetamente construye nuestra generación.

Pero despreocúpese porque se puede alojar en preciosos “Cayalás”, ciudades burbujas cómodamente alejadas de la cruenta realidad. ¿Qué se marcha ya?, ¿tan pronto?, ¡pero si aún no ha visto la ruralidad! El hermoso contoneo de las patojas, anuladas existencialmente, llevando la pesada molienda en la cabeza o la leña para la cocina, no ha visto a los niños que apenas y se elevan medio metro del suelo pero ya chapean, siembran, hacen surcos, cosechan y llevan sol todo el día. No ha visto a las mujeres analfabetas llorar tras las puertas extrañando a sus maridos borrachos de tristeza y realidad en las desbordantes, populosas y famosas cantinas, donde estoicos solo intentan huir del dolor que en los huesos y las carnes les provoca cargar la economía de 15 millones de habitantes. Quédese, quizá contemple algo de violencia intrafamiliar o las constantes violaciones a cualquier derecho humano; vea cómo viajan en “calidad de ganado”, cómo duermen hacinados cual sardinas bajo las láminas frías del altiplano, cómo se inflan las barrigas con parásitos, cómo se seca la piel con los químicos de la siembra y viven con las mejillas enrojecidas por el frío y por la eterna vergüenza de vivir en esas condiciones; venga coma frijoles y tortilla tres veces en un día (aquí no se come cinco) y café de cereales ralo (perdone no le ofrezcamos el mejor café del mundo que producimos, ese solo lo exportamos), coma, beba y brinde por tener la oportunidad de estar solo de visita y volver a su realidad.

¡Venga y avive el motor de nuestra economía con sus euros y sus dólares! A su retorno cuide no llevar malos hábitos de vuelta, revise sus niveles de racismo, discriminación, machismo, hipocresía, sincretismo esotérico-religioso, ladronismo, etc. Venga vacunado y regrese a casa a volver a vacunarse para ser inmune de lo que aquí nos mata. Como último aviso, procure no venir en época de elecciones a cargos populares, el embrutecimiento en el ambiente llega a niveles peligrosos para la salud de cualquier ser con mente y cuerpo sanos, déjenos que elijamos “al menos peor” y ya luego venga, unos meses después, cuando la masa haya caído cuenta de sus decisiones y las plazas vuelvan a estar llenitas de indignados para fotografiar.