En una pequeña colonia llamada "El Cambray II", a las afueras de la ciudad de Guatemala

Guatemala. / ©Diario La Hora (Guatemala)
Rescate en El Cambray, Guatemala. / Diario La Hora (Guatemala)

A veces, en medio de la tragedia y la tristeza, ocurren historias que no sabemos cómo explicar, y que, transcurrido el tiempo, la tinta y el papel quizá no son suficientes para contarlas.

En una pequeña colonia llamada "El Cambray II", a las afueras de la ciudad de Guatemala

Era una tarde como cualquier otra. El viento de los últimos meses del año soplaba fresco y traía consigo un poco de esa brisa característica del otoño. La gente llenaba las calles y avenidas buscando abordar un autobús, o tal vez un taxi, que les acercara un poco a casa o a cualquier otro punto que fuera su lugar de destino. La esperanza de terminar el día con tranquilidad, y la posibilidad de una mañana siguiente para sumergirse nuevamente en la cotidianidad de la ciudad, parecía una suerte de consigna resignada. Yo, mientras tanto, bebía una taza de café en un pequeño y tranquilo local de un centro comercial cercano al boulevard Los Próceres, leyendo el periódico y dando tiempo a que la intensidad del ajetreo citadino descendiera. Como siempre, el tráfico aparentaba esa "normalidad" pasmosa que a veces llega incluso a convencernos momentáneamente. Todo indicaba que aquél sería simplemente un día más en ése constante devenir del tiempo y de la monotonía a la que, sin darnos cuenta, nos vamos sumergiendo poco a poco en las ciudades de hoy en día. Sin embargo, unas repentinas sirenas de ambulancias y de policía que pasaban presurosas por el boulevard, hacían presagiar trágicas y lamentables noticias inesperadas.

Finalmente la tarde conoció su fin, y esa misma noche, cuando estuve por fin en casa y aunque ya había escuchado algo en el camino, vi la noticia en la televisión: había ocurrido un catastrófico derrumbe. Un deslizamiento de tierra que se trajo abajo una ladera completa en un municipio cercano a la ciudad, una porción de montaña en cuya parte inferior no debía existir nada más que terreno llano y hierba; ni gente, ni construcciones, ni mascotas..., nada más... Sin embargo, había todo eso. Había casas, gente, mascotas, autos, bicicletas, jardincitos... El derrumbe lo soterró todo, dejando solamente una estela trágica de tristeza y angustia a su paso, mientras la fuerza de la inevitable gravedad arrastraba con todo en su camino hacia abajo. Sucedió el primer día de octubre de 2015, justamente hace un año. Una pequeña y sencilla colonia (aldea) a las afueras de la ciudad de Guatemala, en el municipio de Santa Catarina Pinula, a la que alguien, vaya a saber quién y cuándo, había bautizado con el nombre de "El Cambray II".

Bomberos de Guatemala. / ©bomberosenaccion132.blogspot.com
Bomberos de Guatemala. / ©bomberosenaccion132.blogspot.com

 

Para muchos, fue una tragedia que pudo haberse evitado; para otros, sencillamente era algo que tarde o temprano tendría que suceder, dado lo inestable del área y de su cercanía con un río que más de algo se llevó consigo en su recorrido cuando todo ocurrió. No obstante, sea como fuere, lo cierto es que, en medio de todo el dolor y sufrimiento que la tragedia generó, surgieron asimismo historias maravillosas y de esperanza que merecen ser contadas, y que, transcurrido el tiempo, tal vez la tinta y el papel no sean suficientes para plasmarlas y recordarlas en su justa dimensión. Una de estas historias es la que me contó Rudy Soria, un joven amigo a quien aprecio y quien formó parte de un grupo de voluntarios en tareas de apoyo y rescate en el lugar. Según me refirió, a él le contaron la historia que a su vez me contó, y que ahora yo comparto en estas líneas, a saber:

Sucedió cuando se cumplían cuatro o cinco días de ocurrida la tragedia. Un grupo de rescatistas y voluntarios trabajaban en el descombramiento de una casa de tres niveles que había sido el hogar de una familia de seis personas; una familia que, con el paso de los años, habían logrado realizar no sólo aquella construcción sino también habían abierto un modesto negocio en uno de los ambientes de la casa: una pequeña tienda de artículos de consumo diario. Mientras los socorristas trabajaban en el descombramiento del área, se corrió la voz de que habían descubierto personas con vida bajo los escombros de esa casa, lo cual no dejó de sorprender a muchos dado que habían transcurrido ya varios días desde el suceso y las posibilidades de que hubiera sobrevivientes eran casi nulas. Todos se aglomeraron en torno a lo que aún quedaba de la vivienda y comprobaron que, efectivamente, aquella familia seguía con vida. La casa estaba soterrada y los dos pisos superiores habían colapsado totalmente, no así la primera planta, que a pesar del peso y la tierra que tenía encima, se mantenía en pie. Por esas circunstancias de la vida que muy difícilmente podríamos explicarnos, toda la familia se encontraba en la planta baja al momento del derrumbe, lo cual les permitió salvarse y, no sin cierto escepticismo, miedo e incertidumbre, conservar la vida hasta que fueron rescatados. ¿Cómo sobrevivieron? Cada quien puede llamarle como considere más apropiado: suerte, coincidencia, Milagro. Lo cierto es que la familia sobrevivió esos días comiendo y bebiendo lo que pudieron de la misma tienda que poseían, incluso golosinas, dulces y refrescos. Sin embargo, lo que es realmente sorprendente para quienes no conocemos de la materia, es cómo pudo entrar suficiente oxígeno para que todos pudieran respirar durante los días que literalmente permanecieron bajo tierra.

Una historia increíble, sin duda, de las tantas que seguramente aún están por ahí y que sucedieron en medio de tanto dolor y tragedia en ese sitio llamado El Cambray. Una tragedia en la que, además de la pérdida de más de doscientas cincuenta vidas humanas, también desaparecieron casas, enseres, mascotas, sueños e ilusiones. Un año ha transcurrido ya desde aquél terrible incidente y algunos de los sobrevivientes, tristemente, a pesar del riesgo que ello implica, han empezado a regresar para reconstruir lo que por mucho tiempo llamaron su hogar, un hogar al que la naturaleza, la ignorancia o la negligencia (quién sabe), un día decidió arrebatarles. El lugar ha sido declarado inhabitable, pero, a pesar de todo, pareciera que se niega a desaparecer del mapa local. Quién sabe cuántas historias más se podrán contar, con el tiempo, de las que seguramente aún están escondidas por allí, entre los escombros.

En una pequeña colonia llamada "El Cambray II", a las afueras de la ciudad de Guatemala
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