Los pecados capitales son también transgresiones que entorpecen la convivencia

Sociedad. / RR SS.
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Suele decirse que el pecado más frecuente de los españoles es la envidia, sin que podamos olvidar la ira en sus diversas manifestaciones, causante a lo largo de nuestra historia de continuos enfrentamientos...
Los pecados capitales son también transgresiones que entorpecen la convivencia

Muchos recordarán, entre los contenidos memorizados de los catecismos Ripalda y Astete, los pecados capitales, llamados así, por ser, a su vez, causa de otras flaquezas. Además del sentido religioso que los pecados capitales tienen para los creyentes, no serán muchos los que nieguen su condición de transgresiones sociales que enturbian la vconvivencia.

El recordado Díaz-Plaja hizo un minucioso y humorístico análisis de ellos -soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza- en “El español y los siete pecados capitales”. Los más jóvenes pasarán un buen rato con su lectura.

Envidia, el pecado más frecuente de los españoles

Suele decirse que el pecado más frecuente de los españoles es la envidia, sin que podamos olvidar la ira en sus diversas manifestaciones, causante a lo largo de nuestra historia de continuos enfrentamientos por razones dinásticas, territoriales, religiosas o sentido de la justicia, entre otras. Dejaré la ira para otro momento y me referiré hoy a la envidia; pero no a la envida positiva, que puede ser un acicate para la mejora y el progreso, a la que coloquialmente  nos referimos como envidia sana, que nace de la admiración que sentimos por alguien.

La envidia perniciosa, dañina, maligna, es la que genera tristeza o pesar por el bien ajeno, según la definición de nuestros académicos. Es mezquina, se arrastra silenciosamente como los reptiles, no mira de frente y, cuando lo hace, puede cambiar su expresión torva por otra aparentemente simpática, amistosa o de halago.

Daña más al que la siente que a quien se envidia, pues le corroe interiormente y provoca infelicidad; sin embargo, el envidiado, con frecuencia no tiene la percepción de serlo. Como decía Díaz Plaja, es difícil encontrar algo positivo en la envidia, algo que beneficie al envidioso, aunque sólo sea de manera inmediata.

El envidioso, por mediocre, desconfía de sus capacidades y busca un malsano refugio en aquello a lo que aspira, pero tiene interiorizado, aunque no admitido, que nunca lo podrá conseguir.

La envidia suele llevar como compañera de viaje a la ingratitud, que olvida el bien recibido, ya sea éste material, en forma de consejo o de compañía. El envidioso se siente humillado por la generosidad del envidiado y es capaz de morder la mano que le ofrece ayuda.

Por envidia se miente, difama y traiciona, aunque nunca de forma franca, sino solapada, subrepticia.

Naturalmente, la envidia anida y crece en todos los ámbitos sociales, económicos, culturales, de poder,... porque el envidioso se apesadumbra y codicia aquello que alguien tiene en mayor proporción que él, ya sea erudición, habilidad, riqueza, inteligencia, poder o belleza. Quien está carcomido por la envidia difícilmente podrá aspirar a la paz interior.

El gran número de dichos, refranes y fábulas de autores españoles anónimos y conocidos, parece dar la razón a quienes sitúan a la envidia en el primer lugar del ranking de nuestros pecados capitales. 

“¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!” (Miguel de Cervantes)[email protected]

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