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MUNDIARIO

Pasará, pasará, pero el último quedará…

Nuestro nuevo atacante nos encuentra en un mundo globalizado, vertiginoso, adicto al consumo, la comunicación, los espectáculos públicos y el ruido.
Pasará, pasará, pero el último quedará…
Buenos Aires. / Matias Cruz. / Pixabay
Buenos Aires. / Matias Cruz. / Pixabay

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Vicky Rego

Vicky Rego

La autora, VICKY REGO, es audióloga y docente en la Universidad del Salvador. Especializada también en traducción en la Allliance Française ha escrito poemas y cuentos, algunos publicados como Un beso tímido y La otra historia. Tradujo del francés la novela Sans moi, de Marie Desplechin, y trabajó para la revista Elle. FEFO es su primera novela, editada en Buenos Aires por Multiediciones; le siguieron Por un momento para siempre (Amazon) y está en camino la tercera, aún sin título. @mundiario

“¿Martín Pescador, nos dejará pasar?”, cantábamos cuando éramos chicos, haciendo un tren  que corría por debajo de un  puente hecho por dos amigos con sus brazos en alto. El que quedaba, debía elegir entre dos frutas, dos animales, dos personas.

El sábado, escuchando el anuncio presidencial de la extensión de la cuarentena, todos los argentinos pasamos por debajo del puente, conservando la distancia y con barbijo, y al que quedaba, en la soledad de su casa se le planteaba: “¿salud o economía?”.

Según el manual de Màrius Belles y Daniel Arbós : “Catorce maneras de destruir la humanidad”, donde dedican un capítulo a las pandemias globales que hubo a lo largo de la historia, las cinco más letales fueron: En el siglo pasado, la viruela, con trescientos millones de muertes en todo el mundo; el sarampión con doscientos; la gripe española, que mató en dos años entre cincuenta y cien millones de personas; el HIV que quitó la vida  a treinta y cinco millones  y aún sigue habiendo víctimas fatales si no se trata. Más lejos en el tiempo: la peste negra, en el siglo XIV, transmitida por parásitos como piojos y pulgas entre animales y seres humanos, redujo la población de Europa de ochenta a treinta millones de habitantes.

Nuestro nuevo atacante nos encuentra en un mundo globalizado, vertiginoso, adicto al consumo, la comunicación, los espectáculos públicos y el ruido. Aprovecha y se sube con nosotros a los aviones y a los medios de transporte y nos desafía a encontrar una nueva forma  de afrontar la pandemia.

Nuestro cerebro está configurado de una manera diferente. No somos los mismos hombres y mujeres de otros siglos. Nos resulta imposible vivir en soledad, necesitamos tapar nuestros miedos y la conciencia de nuestra vulnerabilidad.

Nadie es capaz, como Hervé Joncour, en “Seda”, la magistral novela de Alessandro Baricco, de “detener el Tiempo durante todo el tiempo que lo deseó” .

Cuando llegó el SARS-CoV-2 ya estábamos infectados por el déficit de atención e hiperactividad, sin que se hicieran tests generalizados para diagnosticarlo.

Hacemos ruido, somos impacientes, interrumpimos continuamente, respondemos antes de escuchar la pregunta, no podemos concentrarnos en la lectura, ni en un relato que se prolongue más allá de nuestra tolerancia.

En el encierro, hubo una proliferación de las interrupciones, aunque no hay estadísticas de esta contaminación. No se puede pensar, leer, ni meditar, sin que aparezcan las ventanitas con whatsapps de los que, justo en ese momento, necesitan hablar, tienen una urgencia, o simplemente algo les pareció chistoso y lo quieren compartir. Y claro, ¿cómo vamos a permanecer insensibles en un momento tan difícil?, si nosotros también necesitamos que nos atiendan. No damos abasto a responder los mensajes, mirar los videos que nos sugieren, las publicaciones en Facebook o Instagram, prometer que vamos a leer el artículo que les pareció interesante.

Como ya veníamos entrenados en no escuchar al otro cuando estábamos reunidos, a cambiar de tema, formular preguntas incómodas que no venían  al caso,  los encuentros por zoom o videollamadas son una explosión de voces que no se entienden pero estamos felices de vernos, al fin,  y compartir aunque sea las interrupciones.

Como sería anacrónico vivir de nuestra huerta o granja,  los que pueden venden productos o atienden consultas on- line como un medio de sobrevivir  y pagar los impuestos que siguen llegando.

Y para que el comprador compulsivo no caiga en un síndrome de abstinencia: el “bovarismo” de Gustave Flaubert ha tomado tanta actualidad como “La peste”, de Camus.

Ese es el ser humano que pasa con el trencito debajo del puente. Está abrumado e indefenso. Y no tiene recursos.

No, Martín Pescador, esa pregunta no se hace. Se resuelve. @mundiario