¿Por qué sufrimos más por lo que imaginamos que por lo qué realmente pasa?

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¿Qué pasa con el imaginario de nuestras vidas?

¿Cómo hacemos con el bombardeo de tanto fatalismo? ¿Cómo acallamos ese ruido desestabilizador que hace mella en la piel y en el alma de personas en estado de fragilidad emocional?

¿Por qué sufrimos más por lo que imaginamos que por lo qué realmente pasa?

Veo de reojo en un muro del social media, esta pregunta: ¿Por qué sufrimos más por lo que imaginamos que por lo qué realmente pasa? Y tiendo a pensar que en más de una ocasión, miramos una bola de cristal esperando que nos responda o construimos con gran imaginación una ciudad en las nubes que nos resulte acogedora.

La vida que es gracia de Dios y trae consigo de lo Alto, el soplo de su Espíritu directo a nuestros corazones, termina no pocas veces convertida en guión de película de espanto, dolor y lágrimas, con la actuación en el rol principal de nosotros mismos, convertidos para la ocasión en el ángel caído que muere al final de la trama. 

Esta realidad virtual, construida a base de imaginación, que viene adobada de angustias, temores muchas veces infundados y discursos apocalípticos recurrentes de los que controlan los medios y las esferas de poder, terminan acorralando al personaje, ponen grilletes a sus ansias de libertad, le cortan las piernas, arrastrándolo por el lado oscuro del desfiladero, donde un solo tropezón, puede acabar con su vida (la del personaje en la película y la real), con el dolor que ello trae aparejado.

¿Cómo hacemos con el bombardeo de tanto fatalismo? ¿Cómo acallamos ese ruido desestabilizador que hace mella en la piel y en el alma de personas en estado de fragilidad emocional? A tal punto que se sienten tan acorraladas en sus cuadros de desesperanza que sin sentido alguno de conciencia, sin oportunidad concedida a nadie que pueda evitar la tragedia, saltan el barandal del “Puente de la 32”, sabedores de que su último grito de libertad, tendrá un final de muerte.  La estadística para desgracia de todos así lo confirma.

Decía el connotado físico teórico que no existe Dios, yo creo firmemente todo lo contrario, puedo testimoniar que estuve presente no en un ruego, no en una oración, sino en un diálogo auténtico, con comunicación en doble vía, en el que casi podía escuchar lo que Jesucristo conversaba con mi esposa, éste ha sido el momento de mayor verdad que he experimentado en mi vida, con todos mis sentidos y en pleno estado de conciencia lo viví.  No una realidad simulada, no una escena alterada, no una teoría, sino una verdad absoluta, si existe Dios y hay una respuesta en El, para todos aquellos que creen no encontrarla, más allá de un salto al vacío. @mundiario

¿Por qué sufrimos más por lo que imaginamos que por lo qué realmente pasa?
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