A partir de la humillación de ese día, nunca volvió a ser la misma

Hay quien aún viendo esto, mete la mano...

Incluso quien más lo quería a él la había avisado, aún así, Paula decidió meter la mano en el cepo, corriendo el riesgo de que se cerrara... ¿Y ahora qué?

Paula estaba de pie, orgullosa, delante de toda su familia y conocidos, mientras agarraba con firmeza su ramo. Sonriente, aunque sabía que algo no iba bien…

Su madre se levantó de su sitio en el primer banco y salió casi corriendo hacia fuera.

La sonrisa se le borró y recordó las palabras cariñosas que le había dedicado la madre del que iba a ser su marido:

- Paula, ya sabes cómo te queremos en casa… ¿tú estás segura de lo que quieres hacer? Mi hijo no es quien parece ser, te va a estropear la vida.

De lo más duro que había hecho en su vida, admitir que su hijo debería estar entre las paredes de un psiquiátrico o, incluso, de una cárcel.

Se le cayó el ramo, levantó la falda a la altura de las rodillas y echó a correr hacia la puerta, oyendo como el centenar de invitados cuchicheaba.

Su madre estaba fuera, hablando por el móvil. Colgó y le dijo solemnemente, acariciándola:

- Mi niña, se ha marchado.

- ¿Cómo? Pero… ¿está bien?

La prueba de fuego de que ella lo quería con toda su alma es que, a pesar de los invitados a la boda pensaban en alto, lo primero que se le vino a la cabeza es que le había pasado algo, un accidente, quizá.

Paula se desengañó cuando le aseguraron que él seguía respirando, pero que no iría a la iglesia, pero todavía más cuando, al día siguiente, se enteró de que la cuenta conjunta que habían abierto para la boda, que tenía una importante suma de dinero, estaba a cero.

A partir de la humillación del que se supone que iba a ser el día más bonito de su vida, nunca volvió a ser la misma, se volvió una persona gris y solitaria que no era capaz de olvidarlo a él, ni de perdonarse a ella misma.

Tres años después de su boda fallida, el novio ausente apareció, por sorpresa, en su puerta. Paula notó que le temblaban las rodillas. ¿Qué iba a hacer?

- Paula, he venido a pedirte perdón.

Ella se echó a llorar y se lanzó a sus brazos. Regocijándose en el olor de su colonia habitual, que seguía siendo la misma. Lo buscó, sabía cómo hacerlo, y, por supuesto, logró encontrarlo.  Como si fueran un par de adolescentes en un portal, fueron arrastrándose por las paredes del pasillo hasta la habitación, dejando un rastro de ropa por el suelo.

Paula nunca se había sentido así. Antes lo quería, ella disfrutaba sólo con que la abrazara. Ahora quería tener ella la situación dominada, ser ella la que hiciera que él la necesitara, aunque fuera sólo un momento. Y lo consiguió.

Al cabo de un rato, él estaba tumbado en la cama, sin fuerzas, y estiró un brazo para coger la cajetilla de tabaco a la vez que le decía:

- Si lo sé me voy antes, Paulita. ¡Te has vuelto una fiera!

Ella también estiró el brazo, abrió el cajón de la mesita de noche de su lado, cogió una navaja y, llorando, se la clavó en el vientre. Una y otra y otra vez.

Así la había vuelto el desengaño, fría, calculadora.

Cogió la mano de su víctima, se arañó el cuello con las uñas del cadáver, desordenó la habitación y, aprovechando sus lágrimas, llamó a la policía para denunciar que había intentado matarla su exnovio. @reipardorguez