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MUNDIARIO

Las ONG en España: solidaridad de andar por casa

el 37% de los españoles confía muy poco o nada en las ONG, el 10% es socio de alguna y sólo el 19% dona de alguna manera.

Las ONG en España: solidaridad de andar por casa
Solidaridad. / RRSS
Solidaridad. / RRSS

Fernando Cueto

Publicitario y consultor.

Según un estudio del sector, el 37% de los españoles confía muy poco o nada en las ONG, el 10% es socio de alguna y sólo el 19% dona de alguna manera. Este porcentaje sitúa a España muy por debajo de la media europea (33%) de población donante. Esta es la realidad objetiva.

En la sociedad en que vivimos se hace prácticamente imposible no estar asediado diariamente por alguna causa, desde el  problema endémico del hambre en Somalia hasta la conservación de alguna especie animal o vegetal de la que probablemente nunca hemos oído hablar. La defensa de alguna acción loable nos persigue aún sin quererlo y con ello la inevitable sensación de que no somos lo suficientemente buenos; no hacemos lo necesario para alcanzar la aprobación de quienes nos la afean continuamente. Me refiero, claro está, a los asalariados de las ONG, aquellos que han hecho de la solidaridad una profesión y no una meta. Es sorprendente la cantidad de empresas privadas de este tipo que existen en nuestro país y que conforman lo que se conoce como el tercer sector de acción social (TSAS), un enorme conglomerado de entidades que gestionó en 2013 unos ingresos de 16.250 millones de euros, el 1,7% del PIB.

Según datos propios, el TSAS, fragmentado en miles de organizaciones distintas, dispone de 645.000 empleados remunerados y, eso sí, de alrededor de 1,3 millones de voluntarios que colaboran sin remuneración alguna. A simple vista, esta cifra parece desorbitada cuando se trata de manejar recursos para destinarlos a los sectores más desfavorecidos y por los cuales empresas y particulares donan su dinero. Y esto por no mencionar los varios escándalos de gestión y malversación en los que se han visto involucrados muchas de ellas, incluso las más grandes: venta de inmuebles a bajo precio o de ropa donada, destrucción de alimentos caducados por no haberlos repartido a tiempo, dietas de representación desmesuradas… La lista es amplia.

Poca gente conoce que cuando nos llaman por teléfono o nos asaltan en la calle o en un centro comercial jóvenes que apelan al corazón para que estampemos nuestra firma en un contrato que nos ligará inevitablemente a la ONG de turno, lo hacen en realidad bajo un disfraz, puesto que la mayoría pertenecen a empresas privadas a las que las mismas ONG encargan la captación de nuevos donantes. Pues bien, en muchos de esos casos el 100% de nuestra generosidad terminará en los bolsillos de la empresa responsable el primer año y el 50% el segundo año. Es decir, una cuota y media anual de lo que donamos va a engrosar la cuenta de resultados de una empresa que nada tiene que ver con la solidaridad. Esto es, a todas luces, un fraude moral del que las ONG que lo realizan son responsables y que callan como bellacos. Sin embargo, no pierden la cara cuando nos acusan de ser poco solidarios. Como guardianes de la ética que les confiere su poltrona, exhiben su liderazgo moral ante nosotros sin que se altere un ápice el color de sus mejillas. Es lo que tiene vivir en un país donde los gobernantes y los poderes financieros, por poner un ejemplo, nos han acostumbrado a la desvergüenza sin que se les pase la factura correspondiente. Lo vemos normal. Ya hasta la solidaridad se ha sumado a esta corriente de actuación. Me pregunto si recuperaremos alguna vez la decencia, al menos en las actividades de ayuda a los demás. Quizá deberíamos comenzar por repartir íntegramente los recursos obtenidos entre los millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza en nuestro país. Se me ocurre que de este modo se podría comenzar a recuperarlos para la sociedad y al menos, como escribió Bertolt Brecht, la nieve, a ellos destinada, caerá en la calle.