Odeh Hadalin, colaborador de No Other Land, es asesinado por un colono israelí
La muerte de Odeh Hadalin no se produjo en medio de una batalla ni en una situación ambigua de tensión militar. Fue, sencillamente, una ejecución a sangre fría. Hadalin, conocido por su activismo pacífico y por su participación en el documental No Other Land —premiado con un Oscar por su valiente denuncia de la colonización israelí en Cisjordania— fue abatido a tiros en su propia aldea, Um al-Kheir, al sur de Hebrón.
El presunto autor, identificado por los vecinos como Yinon Levi, no es un desconocido. Se trata de un colono israelí que ya figuraba en la lista de sanciones internacionales emitida por EE UU y el Reino Unido en marzo de 2024, por su implicación directa en actos de ocupación ilegal. Pese a ello, Levi continuó su vida con absoluta normalidad, protegido por una estructura jurídica, política y militar que permite —cuando no alienta— este tipo de agresiones.
Lo verdaderamente escandaloso no es solo la muerte de Hadalin, sino la arquitectura de impunidad que la permite. Este no es un caso aislado ni un crimen excepcional: es el resultado lógico de décadas de desprotección sistemática del pueblo palestino en territorios ocupados. Mientras los colonos actúan con total libertad, respaldados por políticas estatales y, en muchos casos, por decisiones judiciales laxas o inexistentes, los palestinos continúan expuestos a la violencia, al despojo y a una asfixia legal que ni siquiera les deja espacio para el duelo.
La figura de Hadalin resulta aún más incómoda para las autoridades israelíes y los defensores de la ocupación porque representa el activismo no violento. Ayudó a documentar, a narrar, a grabar. Fue parte esencial del equipo que dio vida a No Other Land, una obra que desmantela el relato oficial con imágenes, testimonios y contexto. Su muerte no solo apaga una voz, sino que lanza un mensaje aterrador: ni siquiera quienes optan por la vía pacífica están a salvo.
En este contexto, no puede pasarse por alto otro elemento de gravedad: la administración de Donald Trump eliminó las sanciones que pesaban sobre figuras como Levi. La decisión no fue neutra. Fue, en esencia, una invitación a actuar sin consecuencias, a continuar expandiendo los asentamientos ilegales y a mantener la maquinaria colonial sin trabas externas. La connivencia estadounidense en este tipo de crímenes es tan estructural como la impunidad israelí.
Las reacciones, como siempre, se repiten con un patrón dolorosamente familiar. Declaraciones de condena, comunicados que lamentan la pérdida, pero ningún compromiso real para impedir que vuelva a ocurrir. La organización israelí Breaking the Silence, integrada por exsoldados que han servido en los territorios ocupados, fue clara y directa: “Este sistema está diseñado para hacer imposible la vida de los palestinos”. Palabras duras que confirman lo que tantos prefieren ignorar.
¿Y ahora qué? ¿Habrá una investigación? ¿Un juicio? ¿Una mínima exigencia de responsabilidades? Lo más probable es que no. El historial nos enseña que la vida palestina tiene poco valor ante las estructuras de poder que gobiernan Cisjordania. Si Odeh Hadalin, que buscó visibilidad internacional con una cámara en lugar de un arma, termina asesinado por hacer precisamente eso, entonces la pregunta no es qué ha fallado, sino cuánto más estamos dispuestos a permitir.
La muerte de Hadalin debería sacudirnos. No solo por su brutalidad, sino por lo que representa: el fracaso de la comunidad internacional, el cinismo de las potencias aliadas de Israel y la absoluta soledad en la que resisten millones de palestinos. Mientras no se rompa este círculo de impunidad, mientras la ocupación continúe disfrazada de “defensa”, seguiremos contando muertos en silencio. Y cada uno de ellos —como Hadalin— será una advertencia más de hasta dónde puede llegar la injusticia cuando se institucionaliza.
No hay otra tierra, como bien decía el título del documental en el que participó Hadalin. Pero parece que hay muchas formas de ignorarla. @mundiario