Es normal que una empresa de embutidos alabe la España de los chorizos

Deucalión y Pirra, por el Raffaellino
'Deucalión' Rajoy creando españoles nuevos, según el Raffaellino.

La publicidad convertida en propaganda del más odioso cutrenacionalismo hace sospechar al autor que, después del Diluvio económico, Rajoy modela una raza de ciudadanos conformes con el castigo.

Es normal que una empresa de embutidos alabe la España de los chorizos

"Después de mí, el diluvio". La sentencia, que habrán oído más de una vez, se le atribuye al borbón Luis XV. Parece que la soltó después de la catastrófica derrota de Rossbach, en la Guerra de los Siete Años. Los prusianos le dieron al rey, en el culo de sus soldados, una coz monumental. Cinco mil de los suyos se pudrían aún en el campo de batalla mientras él se consolaba entre los pechos de la Pompadour. Si consultan cualquier diccionario borbón-castellano/castellano-borbón, comprobarán que la frase significa, literalmente, "me la sopla". Podría haberles dicho que la traducción es "ahí me las den todas", pero perderíamos matices.

Dos siglos y medio después, en septiembre de 2012, una imagen nos devolvió la borbónica sentencia: Rajoy, el presidente de los tiburones de la usura y de los ejecutivos de las compañías eléctricas (como otros presidentes, que el mérito no es todo suyo), se paseaba por Times Square, en pleno Manhattan, disfrutando de un habano cinco toros, que son esos puros largos que duran lo que dura una corrida. El dichoso veguero ya habíamos empezado a pagarlo casi todos con nuestro sacrificio y sus recortes, como pagaron los soldados de Luis XV la megalomanía de su rey. ¿Y qué tendrá que ver este rollo con la mitología?, se preguntarán ustedes. Pues tiene, tiene. El diluvio, amigos, el Diluvio Universal.

El cristianismo no tiene el monopolio de la apocalíptica gota fría, ni mucho menos. De hecho, el diluvio de Noé se basa en el de Utnapishtim, un personaje paralelo del poema épico de Gilgamesh, el héroe mesopotámico. Los incas, los aztecas y los polinesios también tienen los suyos y, desde luego, los griegos. Ya les hablaba el otro día de Prometeo, el titán que trajo la luz a los hombres para que los gobiernos de España se la entregaran al corso financiero. Pues resulta que Prometeo tuvo un hijo, Deucalión, un hombre honrado –tan raros entonces como ahora– al que Zeus le sopló que iba a mandar una borrasca de embárcate y no te menees. Dicen que el padre olímpico estaba harto de los pecados de la Humanidad. Así que Deucalión y su mujer, Pirra, se embarcaron y esperaron a que escampara; hay quien jura que el hijo de Prometeo fue el verdadero inspirador de la campaña navideña de Gadis: "Se chove, que chova".

Pues bien, cuando por fin la tierra volvió a encararse con el cielo, Deucalión y Pirra fueron recogiendo piedras del suelo y empezaron a tirarlas por encima del hombro. De cada piedra que lanzaba él, nacía un hombre; de las que tiraba ella, nacían mujeres. A estas alturas, creo firmemente que Rajoy es un nuevo Deucalión, pero tocado con la soberbia de Luis XV, aunque Rajoy no diría "después de mí, el diluvio". Con la que nos está cayendo al vulgo, acusado por los dioses de las finanzas y por sus lacayos periodísticos de pecados que cometieron ellos, la sentencia rajoyniana quedaría así: "Primero el diluvio y después yo, mis puros y mis circunstancias".

Y aquí es donde entra el dichoso anuncio de Campofrío, en sus versiones Fofito/Lampreave; por cierto, tan insufriblemente populistas y casposas como el spot de Gadis. De hecho, a ninguno de los tres les concedo la categoría de anuncios, sino de burdos ejercicios de propaganda. De ahí a colocar la momia de Carmen Polo de Franco en un palco del teatro Calderón para que Raphael le cante en Navidad, con soniquete de niño de San Ildefonso, "Na, na, na, na-na­-naaaaaa", solo media un paso. Por una cruel coincidencia, el triunfalismo de Plan de Desarrollo de Campofrío coincide en el tiempo y en el espacio con ese otro anuncio de la ONG Educo, el de la niña del "bocata mágico", que come pan con pan porque a su madre no le alcanza para meterle relleno. Pan sin chorizo, sin salchichón, sin una triste rodaja de mortadela de aceitunas. ¿A quién le habla Campofrío?

Viendo esos anuncios, los de embutidos y supermercados, tiemblo al sospechar que Deucalión Rajoy lo ha conseguido. Los mensajes de esos spots son las piedras que el presidente arroja por encima del hombro para conseguir hombres y mujeres nuevos: ex ciudadanos de sonrisa bobalicona que besen los pies de quien les rompió la vajilla de porcelana para cambiársela por platos de cartón. Siento escalofríos al pensar que el cutrenacionalismo de las arengas mercantiles -los jóvenes que emigran son "chavales preparados que exportamos"- pueda calar en la mayoría, esa mayoría que sería capaz de premiar, en un ejercicio sadomasoquista, a quien le hizo daño. Pero más miedo me da sospechar que los anuncios de Campofrío y Gadis sean, en realidad, un espejo. El reflejo de una ciudadanía rendida que ya se concibe víctima y que, por ello, consiente en el maltrato. No hay maltratador posible sin una víctima enfrente (no es opinión, es psicología). "Algo habremos hecho", puede ser el eslogan de la nueva España de Deucalión Rajoy, al que daremos las gracias porque "quien bien te quiere, te hará llorar". Si me disculpan, voy a asomarme a la ventana, a ver si los cielos consienten en arrasar de nuevo la tierra y limpiar tanta miseria.

En todo caso, que el 2014 les venga preñado de oportunidades, de momentos de gozo y de cañas de lomo y jamones pata negra. Lo deseo para mí tanto como para ustedes. Yo no soy como Rajoy…

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