No hay en ti soledad ni abandono sino tu corazón, triste o dichoso

Su nombre no puedo pronunciarlo.
Su nombre no puedo pronunciarlo.

Por las noches, antes de envolverme para que el frío no me tocase, rumiaba sus palabras calladamente, luchando contra los pensamientos que iban y venían sin quererlos.

No hay en ti soledad ni abandono sino tu corazón, triste o dichoso

Anduve con él, los pies llenos de polvo y refrescados en los arroyos, en aquellas tierras de penuria y desazón. Llevaba mi hato, a veces en la cabeza y otras en el cuadril, mientras transitábamos caminos. Nos parábamos al lado de segadores y él les dirigía su palabra, algunos se levantaban refunfuñando y continuaban sus labores, pero otros se quedaban atentos escuchando. Los menos hacían algunas preguntas ingenuas, propias de campesinos. Él les sonreía y contestaba con placidez y actitud paciente.

Allí, sentados entre rastrojeras, compartíamos pan, pescado seco y algunos higos, secos también. Él nos despedía de aquella gente y continuábamos nuestro andar mientras el sol comenzaba a bajar y la tarde a refrescar. Estaba taciturno, con expresión melancólica y, algunas veces, demoraba sus pasos mientras su mirada quedaba fijada en el suelo. Parecía que le costase caminar. Yo pensaba en él, lo miraba furtivamente y en mi interior toda suerte de pensamientos se agolpaba por salir a la conciencia, pero los retenía como a un rebaño de ovejas dentro del aprisco.

Estaba un poco delgado, pero era fuerte, pues no eran pocas las ocasiones en que se arremangaba y cogiendo una hoz segaba a buen ritmo o corregía el yugo de madera para los animales de trilla. También se subía a los andamios y entablaba conversación con los artesanos albañiles, mientras con sus manos delgadas de dedos cálidos colocaba la argamasa y encima la piedra con mucho cuidado. Él estaba donde alguien hacía falta, o se descubría su falta cuando se aprestaba a ayudar, por ello, casi todos, lo acogían siempre con sonrisas, agolpándose a su alrededor. Parecía que le esperaban y que descubrían la necesidad de su presencia hasta que él llegaba, como cuando visitó a aquel enfermo de fiebres.

La pobre mujer y los hijos, pequeños todos, rodeaban el lecho entristecidos. Así los encontró y él, abrazando a los niños y besándolos, miró a la desconsolada mujer con ojos, que parecían cambiar de color. Se sentó al lado del enfermo, hablándole quedo, con palabras que nadie entendía, reposadas, entre breves silencios. Le llevamos una vasija con agua y veló toda la noche al pobre hombre. Todos dormían menos él y su presencia se unía a los secretos rumores y ruidos, igual que el viaje de la luna y las estrellas por el manto negro de la noche. Cuando a la mañana siguiente entró la mujer en el cuarto del enfermo, éste sostenía en su regazo la cabeza de él y con leve sonrisa le hizo un gesto para que no hiciese ruido, pues dormía profundamente.

Los niños, alborozados, nos acompañaron un trecho con gritos y juegos hasta la loma de olivos. Él les dijo algo que los hizo reír y volvieron a su casa. En el porche, la mujer y el hombre miraban sin decir palabra, quizás sus corazones hablaban en silencio. Sus manos. Parecían enormes cuando alguien las cogía y, sin embargo, ni eran bastas ni pesadas; ligeras y acogedoras eran las manos de un carpintero y desprendían un suave aroma, parecido a un perfume de sándalo o de incienso. Algo recorría el cuerpo, como si fuese una llama o una luz extraña, un suave estremecimiento, cuando se posaban en alguien.

Alguna vez me tocó. Sí, puso sus manos sobre mis hombros o acarició las mías cuando cansada, me sentaba sobre una piedra cercana al camino, o a la entrada de algunos pueblos me detenía a calmar la sed, al lado de los animales que abrevaban en los pozos.

Él miraba fijamente, desafiante, a los pastores que me dedicaban palabras rudas y ellos se retraían y callaban porque lo conocían o habían oído hablar de él. Pocas veces, le había sonreído, sólo lo escuchaba y miraba con toda mi atención, aunque en el corazón yo me guardaba lo que no se puede compartir o hablar de ello a los cuatro vientos. Por las noches, antes de envolverme para que el frío no me tocase, rumiaba sus palabras calladamente, luchando contra los pensamientos que iban y venían sin quererlos. Después retenía su imagen algún tiempo y me quedaba dormida.

Más de una mañana, aún con sueño, oí mi nombre pronunciado por él, mientras me alargaba un trozo de pan y un pequeño cuenco de leche. Entonces se sentaba a mi lado, mirándome mientras comía poco a poco el pan recién cocido y decía mi nombre con parsimonia como si llegase a exprimir su significado, mientras yo apenas podía devolverle la mirada, como si fuese una niña azorada, aguantaba un poco la risa.

Él transmitía inocencia, pureza de corazón, y no se confundía sino que me devolvía su alegría y con ella un fresco deseo de vivir. Me hubiese gustado hablarle de mi vida, pero creo que no era necesario, pues estoy segura de que la conocía mejor que yo, vista cuando me miraba a los ojos con esa ternura a la que me habría entregado para siempre. No quiero recordar nada, de su sufrimiento, de sus lamentos contenidos, de su rostro transformado por el dolor, de un dolor que debía subirle desde dentro, pero no sé de dónde. Abría los ojos hasta el extremo y los cerraba con una fuerza tal, que las arrugas se le quedaban en párpados y sienes como labradas con cincel.

Cuánta brutalidad e impiedad con un hombre sereno como él, que ni gritó ni blasfemó mientras varas trenzadas de acebuche le dejaron las costillas casi al aire. Sangraba, pero era como un agua oscura y espesa. No estaba presente, pero sentía su mirada suplicante en mi interior y sus palabras corrían en mis recuerdos, frescas y alegres, como las aguas de las fuentes, que bajaban dando saltos de peña en peña. Su nombre no puedo pronunciarlo.

No hay en ti soledad ni abandono sino tu corazón, triste o dichoso
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