“No eran los huesos de un perro, abuelo”. Crónica de cómo nací… en un cementerio

Necrópolis de San Roque (Lugo), hoy convertida en pequeño museo.
Necrópolis de San Roque (Lugo), hoy convertida en pequeño museo.

Todos tenemos unha ciudad invisible detrás. Mi historia la solía contar mi abuelo, que llegó a Lugo a mediados del siglo XX. Compró un terreno cerca de la Muralla y allí edificó la que sería la casa familiar...

“No eran los huesos de un perro, abuelo”. Crónica de cómo nací… en un cementerio

Todos tenemos unha ciudad invisible detrás. Mi historia la solía contar mi abuelo, que llegó a Lugo -esa capital de viejos esplendores romanos-, a mediados del siglo XX. Compró un terreno muy cerca de la Muralla y allí edificó la que sería la casa familiar...  

La historia la solía contar, a petición mía, el abuelo Ramón. Todo empezó alrededor de 1955, cuando él y mi abuela Orosia llegaron a la ciudad de Lugo procedentes del Val de Lemos. Compraron entonces, por 500 pesetas, un pequeño terreno a unos 150 metros de A Mosqueira (esas ventanas únicas de la Muralla Romana de Lugo que enfocan al sureste) y en este solar,  en la frontera del barrio de San Roque, edificaron una vivienda de dos plantas, la casa de la familia. El abuelo, cuando recordaba aquellos días, lo explicaba más o menos así: “La construcción nos dio, sobre todo al principio, mucho trabajo. Los obreros, cuando empezaron con los cimientos, encontraban piedras y huesos, muchos huesos…; huesos de perro, supongo”. Y en este punto del relato se detenía. Luego, concluía de pronto: “Y así hicimos la casa”.

Mi abuelo, que falleció en un mes de octubre lluvioso como este y como todos de hace justo 25 años, desconocía por entonces que, tanto por el oeste de aquel terreno que acabada de adquirir (lo que hoy es la Plaza de la Constitución y su aparcamiento subterráneo), como por el este (el barrio de San Roque) habían sido localizadas dos enormes necrópolis romanas. En 1986, durante la construcción del aparcamiento frente a la Estación de Autobuses de Lugo se encontraron más de cien tumbas. Y en los años noventa del siglo pasado, las investigaciones concluyeron que la necrópolis más grande de la ciudad estaba justo en el barrio de San Roque. (En una parte de ella hay hoy un museo con algunos de los restos). Y nosotros, en medio de los dos camposantos.  

No eran huesos de perro, abuelo. Era nuestro Lugo invisible. La memoria de una ciudad real que vive encima de otra, la soterrada. Nosotros teníamos debajo un cementerio, un cementerio romano.

Hace ya más de veinticinco años que me marché de Lugo. Y ya no tenemos aquella casa primera. Pero este fin de semana, como cada octubre, regresamos a las fiestas de la ciudad, al San Froilán. Convocados alrededor del pulpo, de las barracas, y de todos los tópicos que nos son queridos y que renovamos como un ritual.

De Lugo regresé ayer con dos libros bajo el brazo. Dos guías buenísimas donde se habla precisamente de esa ciudad oculta que todos llevamos detrás, o dentro: Guía de Lugo (Visible e invisible) que acaba de publicar el periodista José de Cora, y El origen de las ferias, de las exposiciones y de los concursos, del historiador Adolfo de Abel Vilela.

En las dos se cita por supuesto a esas enormes necrópolis. Las de mi Lugo invisible. En el que viví durante 22 años únicos. Sobre un cementerio.  

“No eran los huesos de un perro, abuelo”. Crónica de cómo nací… en un cementerio
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