Nikki Benz y la pornografía como metáforas del momento cultural que vivimos

Nikki Benz para la alcaldía de Toronto.
Nikki Benz para la alcaldía de Toronto.

El esperpento de la política y la telebasura en la que se han convertido algunas cadenas televisivas tienen muchos puntos en común con la pornografía y Nikki Benz.

Nikki Benz y la pornografía como metáforas del momento cultural que vivimos

El esperpento de la política y la telebasura en la que se han convertido algunas cadenas televisivas  tienen muchos puntos en común con la pornografía y Nikki Benz.

 

Nunca he leído entrevistas más profesionales y focalizadas en su trabajo que las que se realizan a las actrices porno. Seguramente porque las preguntas giran en torno al sexo así que los lectores fantasean aún más cuando descubren que no hay diferencias apenas entre la actriz y el personaje salvaje al que son adictos.

Es el caso de las entrevistas a Nikki Benz. La rubia matona representa la proxémica de una madurita a la que no le importa mirar a la cámara con lascivia y placer enfermizo, buscando en el voyeur a ese lector universal que descifra en ella la encarnación de un sadismo elegante y refinado. Se ama a Nikki Benz porque, en la comedia de las pelis porno, es pasota, a veces ingenua, y sus modelitos son más insinuadores que lo que viene tras sus desnudos.

Más de una vez ha manifestado Nikki su preferencia por los tríos, que lo ha hecho con una chica en el aseo de un avión y que quiere ser alcaldesa de su ciudad natal, Toronto, llevando la industria porno hasta allí para reflotarla económicamente. En este momento, cabe la siguiente reflexión. Lo que representa Nikki Benz no se aleja de lo que significa el discurso cultural en el que vivimos. El esperpento de la política y la telebasura en la que se han convertido algunas cadenas televisivas tienen muchos puntos en común con la pornografía y Nikki Benz. La silicona para lograr un cuerpo espléndido y unos gomosos labios se parece demasiado a esos mitines donde se beatifican las reformas del Gobierno mientras las familias viven consumidas en la máxima austeridad, en pleno ascetismo.

Nikki Benz es esa pono star que va de cara y su rol de enfermera y secretaria en las pelis aumenta su precio en el mercado a favor de un ejército de onanistas. Lo que Nikki simboliza no se diferencia de esa devoción que algunos cegados votantes experimentan por muchas declaraciones ambiguas y vacías de contenido que hacen algunos políticos. El mundo del porno, el mundo de Nikki, es un mundo de ficción como el de la política. Cuando se oye a hablar a alguno de nuestros ministros o alcaldes, absorbidos por las directrices del aparato, es como si escuchara a Nikki Benz declarar que le gustan los tríos. Ahora que les ha dado a todos nuestros representantes por hablar de regeneración democrática mientras son incapaces de obligar a que las ratas abandonen el barco, pienso en la Benz bajo la lluvia, encaramada a una farola.

Harto de ver a los Pujol en televisión, sin una sola orden de arresto, hago bien es escribir sobre Nikki Benz y, claro está, donde esté ella, con sus implantes y su máscara de carmín, que se quite Oriol y el patriarca. Sí, sí, ya lo sé, Padro Sánchez es muy guapo.

Nikki Benz y la pornografía como metáforas del momento cultural que vivimos
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