Muere Umberto Eco: luces y sombras en la trayectoria intelectual de un crítico

Umberto Eco/ taringa.net
Umberto Eco/ taringa.net

¿Quién ha leído de verdad a Umberto Eco? La obra del escritor y crítico italiano no estuvo exenta de un postureo intelectual y de fuertes campañas de marketing publicitario.

Muere Umberto Eco: luces y sombras en la trayectoria intelectual de un crítico

  Lamento la pérdida de Umberto Eco. Nunca me gustó su literatura que abandoné después de El péndulo de Foucault. Sus obras semióticas formaron parte de mi tesis y, durante mucho tiempo, fueron parte también de mis lecturas y consultas para publicar artículos. Apocalípticos integrados o La estructura ausente fueron determinantes en una concepción estructualista y pragmática del análisis del discurso y que tuvieron una notable influencia en el desarrollo de estudios literarios y publicitarios hasta finales de los ochenta.

  Sin embargo, la obra literaria de Eco estuvo marcada por un postureo intelectual imperdonable, motivado especialmente por la versión cinematográfica de El nombre de la rosa y por una dictadura de los estudios semióticos en las facultades de letras y arte, donde no citar a Eco o a Walter Benjamin era ser poco más que un imbécil.

 La mayor parte de mis compañeros de facultad y de intelectuales que hoy se dan golpes en el pecho por la muerte del escritor no han leído a Eco. Han pasado de puntillas por sus textos o citas, y compraron sus novelas porque quedaba bien leerlo junto a Kundera. A veces el marketing y un efecto imitación pueden dar al traste con el talento creador de un artista y creo que en Eco se produjo algo así. Al menos ese fue mi caso.

 Colaboré con él en un número de la revista VISIO, de la Universidad de Quebec, y me fascinó de este profesor ese afán por analizar las estructuras lingüísticas para abrir el análisis literario a un universo creativo que se retroalimentaba de su propio lenguaje. El hecho de abrir un horizonte de expectativas en el lector como verdadero constructor de la obra, como así haría también Gadamer, fundó ese concepto mágico de obra abierta que la literatura actual, cada vez más explicativa y menos sutil, está fusilando.

 Admiré ese propósito creativo de Eco en sus análisis de la escritura y de sus elipsis, pero también asistí al declive de sus ideas, pues muchos profesores maltrataron sus trabajos a finales de los noventa, considerándolos obsoletos y desfasados.

  Creo que ser sincero no es una forma de faltarle al respeto; las flores a María de muchos periódicos de hoy me parecen un insulto. Muy pocos hemos leído a Eco, porque Eco era un autor difícil, solipsista en ocasiones, hermético como sus análisis del discurso y que trasladó a la novela.

Buenas campañas publicitarias hicieron que el Eco escritor fuese una marca que se publicaba a sí misma, que se copiaba a sí misma, que todos comprábamos porque era lo que tocaba, pero que casi nadie leía. Eco contribuyó, quizá involuntariamente, a la creación de intelectuales de pacotilla, de cartón piedra y de mucho postureo y frivolidad dentro de las universidades.

 Su lenguaje me fascinaba y sus ideas más cerca de la Estética que de la Lingüística crearon un lenguaje ampuloso, barroquizante, demasiado presuntuoso, que contaminó las tesis y libros de sus discípulos, entre ellos, un servidor. El libro de mi tesis doctoral tiene un lenguaje abigarrado, excesivamente formal, del que me arrepiento, y eso se lo debo a él, pero a ese hombre también le debo la libertad de pensar que una obra está siempre inacabada y que el lector construye más allá del propio creador. Por eso mismo, Eco es un maestro.

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