Como es perfectamente sabido, de toda reunión, el noventa por ciento es basura

Todo el mundo tiene su ego, ya más nutrido, ya más escuálido, y busca sus momentos de gloria en esta vida. Uno piensa que, a veces, la vida es un fardo gris que nadie quiere... ¿O no?
Como es perfectamente sabido, de toda reunión, el noventa por ciento es basura

Momentos de gloria.

El peaje que inevitablemente pagamos por la globalización de la aldea que habitamos y la estandarización de nuestras vidas y rutinas es el anonimato. A nadie le gusta ser por completo anónimo. Hay, incluso, a quien el anonimato le resulta insoportable. Ahí tienen a  sobrinas de expresidentes, actores en declive, modelos ajadas y folclóricas valetudinarias capaces de las cosas más raras por seguir alimentado el cuché, y ya no digamos por atraer la atención de Jorge Javier Vázquez. Porque, ya más nutrido, ya más escuálido, todo el mundo tiene su ego y busca sus momentos de gloria. Esta búsqueda puede revestir las más peregrinas formas.

Pulsaba yo el otro día, con asombro, la ansiedad, cólera e incluso angustia de la oyente de un programa vespertino de cierta emisora  -espacio que comanda una mujer con la voz fría y aséptica de las dominatrices sm y de las traductoras simultáneas- a donde la gente llama pidiendo canciones para dedicárselas a amigos y parientes. Esta oyente se sentía atroz y desproporcionadamente ofendida pues su petición, según ella, no había sido atendida en el día y hora acordados. Oír su nombre por la radio constituía, sin duda, su momento de gloria y alguien -el destino, ese hijo de puta- lo impidió.

Como es perfectamente sabido, de toda reunión, el noventa por ciento es basura. Las reuniones de las comunidades de vecinos y las de comisiones universitarias son un laboratorio donde se puede con toda fidelidad experimentar ese aserto. También son territorios donde muchos buscan su momento de gloria, que, por las razones que sea, no han encontrado de otro modo. Hablan y farfullan, aburren y repugnan el intelecto ajeno emitiendo opiniones sonrojantes, improvisando circunloquios interminables, afirmando obviedades con la expresión triunfal de quien cree estar emitiendo un principio universal, encantados de conocerse y, sobre todo, de oírse. Momentos de gloria.

Yo, una mañana oscura de invierno, yendo en coche al trabajo, y como quiera que aquella oscuridad me trajo a la cabeza la agonía de Goethe, pregunté a mi acompañante si conocía las famosas palabras que el gran literato alemán pronunció en el póstrer hálito. Para compensar la rudeza de los primeros compases de una nueva jornada laboral, buscaba yo también mi momento de gloria, esa impagable sensación de sabernos capaces de estremecer a alguien presionando en la tecla de la más sublime sensibilidad. Mi acompañante, entre bostezos, dijo:

-Siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo.

Es justo ahí cuando uno piensa que, a veces, la vida es un fardo gris que nadie quiere.

Como es perfectamente sabido, de toda reunión, el noventa por ciento es basura
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