Momento cultural de España: Un país que olvida o ignora su patrimonio literario está perdido

Las apasionantes memorias de la "princesa del pueblo"
Las apasionantes memorias de la llamada Princesa del Pueblo.

No se trata de propender a una aristocracia y pretender recuperar a Proust o Lampedusa como autores populares, pero entre estos y Naty Abascal o Belén Esteban caben términos medios.

Momento cultural de España: Un país que olvida o ignora su patrimonio literario está perdido

No se trata de propender a una aristocracia y pretender recuperar a Proust o Lampedusa como autores populares, pero entre estos y Naty Abascal o Belén Esteban caben términos medios.

En la reciente presentación de un libro en el que participo con un breve relato (discúlpeme la promoción pero permítame sugerírselo cómo magnífico regalo de Nadal: España negra. 27 relatos policíacos), el editor del mismo quiso ilustrar al respetable con una metáfora de la actual situación cultural de España. Agarró el botellín de agua mineral que tenía delante y un rotulador que llevaba en el bolsillo de la camisa y marcó aproximadamente el cuarto superior de la botella plástica para afirmar que esa pequeña parte, a la que probablemente pertenecíamos todos los circunstantes en el evento, es la que emerge de un océano de insondable incultura, oportunismo, zafiedad y corrupción. El resto de la botella es el fondo de un enorme iceberg social, paradigma del mal momento que vive el país, lentamente forjado en los últimos decenios gracias a una alarmante erosión del respeto, la calidad de la educación y el cultivo del pensamiento.

Concedo que existe un conglomerado de factores que excitaron tan deplorable depauperación cultural pero no quiero olvidar la merma paulatina de los índices de lectura como un elemento determinante del proceso, a pesar de dudar en ocasiones si como causa o efecto. Lo que sí sé es que no tengo nada que ver con ese fondo de iceberg y que, bien al contrario, llevo trabajando a destajo, tanto profesional como personalmente, contra ese estado de cosas, esperanzado de mi aportación a una sociedad civil moderna, culta y abierta, practicando, precisamente, el respeto y la educación y promoviendo, en lo que puedo, el cultivo del pensamiento. Pero, viendo frustrada mi esperanza, siento que no me merezco un país tan escandalosamente inculto, zafio y corrompido.

No se trata, ojo, de propender a una aristocracia de la cultura y pretender recuperar a Proust, Lampedusa o Thomas Mann como autores populares. Pero digo yo que entre estos y Vicky Martín Berrocal, Naty Abascal o Belén Esteban debe haber términos medios, en los que ejercitar, con salud y provecho espirituales, la imaginación y el amor por las causas nobles y buenas que hacen del patrimonio literario de la humanidad una de las cumbres de su genio.

Tengo para mí que no leer Shanti Andía, Moby Dick, Robinson Crusoe, El último mohicano o Ivanhoe cuando se tienen doce años es una pérdida irremediable. Luego, ya el alma se vicia de durezas que embotan la imaginación y la lectura pierde su componente de maravillosa aventura. Que las memorias de la princesa del pueblo, compiladas por un tal Izaguirre, y el profundo ensayo Que haría Vicky sean los best-sellers de esta Navidad son, para oprobio de todos, los síntoma de una sociedad en caída libre.

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