El mérito tiene rostro femenino: la historia que esconden las becas universitarias

Estudiantes universitarios. / RR. SS.
Son mayoría, perseveran y eligen carreras menos complejas. El perfil del universitario becado revela una revolución discreta.

En España, uno de cada cuatro universitarios cursa sus estudios con una beca. Pero más allá de la cifra, detrás de esas ayudas públicas emerge un retrato revelador: el del estudiante becado que, con esfuerzo y resiliencia, desafía las estadísticas del abandono y la desigualdad. Una investigación del laboratorio de ideas EsadeEcPol–Center for Economic Policy ha puesto el foco en ellos —y sobre todo, en ellas— para descubrir quiénes son realmente los beneficiarios del sistema de becas y cómo progresan a lo largo del periplo universitario.

El hallazgo es claro: la beca universitaria en España tiene rostro de mujer joven, tenaz y aplicada. Una estudiante que, pese a provenir de entornos menos favorecidos, logra no solo acceder a la universidad, sino mantenerse en ella con resultados que superan a la media. Frente al 46,6% de hombres matriculados en la universidad, solo el 37% de las becas son suyas. Ellas, en cambio, dominan el escenario: abandonan menos, se gradúan más y avanzan con una constancia que convierte la ayuda económica en una herramienta de movilidad social real.

No es casualidad que las cifras coincidan con una tendencia global. Según la OCDE, en casi todos los países desarrollados —excepto Alemania y Japón— hay más mujeres jóvenes con estudios superiores que hombres. Pero en España, el dato adquiere un matiz particular: las becarias no solo son más, sino que rinden mejor. El 86% termina la carrera en el tiempo previsto, frente al 62% de los no becados. La presión de mantener la beca año tras año se convierte en un motor de disciplina académica y superación personal.

Mientras tanto, los hombres becados representan una minoría dentro de un grupo ya selecto: aquellos que han logrado vencer las barreras estructurales del sistema educativo. Como recuerdan los autores del informe, Lucía Cobreros (EsadePol) y José Montalbán Castilla (Universidad de Estocolmo), se trata de jóvenes que ya habían sido “cribados” antes de llegar a la universidad, en un sistema donde las familias con mayores recursos pueden asumir fracasos académicos que otros no pueden permitirse.

Jóvenes, perseverantes y con prisa por terminar

La mayoría de los becarios accede a la universidad a través de la PAU (Prueba de Acceso a la Universidad): un 80,7% frente al 66,4% de los no becados. ¿Por qué? Porque el resto de las vías —como la Formación Profesional Superior o los grados previos— requieren tiempo y dinero, dos bienes escasos para los hogares con menos renta. De ahí que su edad media sea cuatro años menor que la de los no becados: comienzan antes, avanzan más rápido y terminan antes.

La beca no solo les da acceso, también les impone un ritmo. Para conservarla, deben aprobar el 90% de las asignaturas en carreras de letras y el 60% en las de ciencias. Ese filtro, año tras año, genera lo que los autores del estudio llaman un “proceso de selección positiva”: los que permanecen son los más constantes, los más disciplinados y, en muchos casos, los más talentosos.

Carreras menos difíciles, pero más seguras

Otro rasgo común del universitario becado es su elección académica. Aunque sobresalen en rendimiento, la mayoría opta por carreras de Ciencias Sociales o Humanidades, tradicionalmente consideradas de menor dificultad y con tasas de aprobado más altas. Solo el 28% accede a grados en el cuartil superior de dificultad, frente al 40% de los no becados.

No se trata de falta de ambición, sino de cálculo. Escoger una carrera menos exigente puede garantizar la continuidad de la beca, evitar años adicionales y permitir una inserción laboral más rápida. Una estrategia racional en un contexto donde el tiempo es un lujo y el fracaso puede costar la oportunidad de seguir estudiando.

El estudio también evidencia que el origen familiar sigue marcando el destino académico. Solo el 45,6% de los becarios tiene un padre con estudios superiores, frente al 68% de los no becados. En otras palabras, el punto de partida no es el mismo, y la beca actúa como una red de seguridad para quienes caminan sin red.

En esa diferencia se juega buena parte del futuro de la universidad española: un espacio donde las becas no solo financian estudios, sino que corrigen desequilibrios estructurales y revelan un nuevo tipo de excelencia. Una excelencia silenciosa, sin apellidos ilustres, que avanza con esfuerzo y que, sin hacer ruido, está cambiando el rostro del conocimiento. @mundiario