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Marilyn Monroe, mujer y mito

Detrás quedaba esa ínfima mujer, esa Norma Jean atribulada en sus perpetuos extravíos, ese trasiego interior que no se activaba con la misma resolución que su epidérmica mundanidad.

Marilyn Monroe, mujer y mito
Marilyn Monroe, actriz. / RR SS.
Marilyn Monroe, actriz. / RR SS.

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Javier Puig

Javier Puig

El autor, JAVIER PUIG, es colaborador de MUNDIARIO. Es articulista de literatura y cine. Escritor de poemas y relatos. @mundiario

Ya desde su nombre artístico, el de esa Marilyn Monroe frente a la bautizada y familiar Norma Jean, fue una mujer que vivió de suplantarse a sí misma. En el esplendor de su imagen fotográfica, se ofrecía al mundo como una óptima culminación de una espumosa alegría solo alcanzable por ella, la de quien se suscita a sí misma la plenitud de una imagen explosiva, la perfecta representación del cuerpo deseable.

En Marilyn no hay apenas distancia entre la imagen de su desnudez y la de su vestimenta.

Su brillante rostro prescindía de los destellos de la inteligencia, pero abundaba en la reiteración de la explicitud de su sensualidad. Su siempre delineado cuerpo -en medidas más generosas que las que hoy permite un canon cruel- acontecía con el soporte de su pícara virtud. En Marilyn no hay apenas distancia entre la imagen de su desnudez y la de su vestimenta. En sus apariciones, expresaba con estudiado esmero la intensa presentación de sus curvas, la alusión a un cuerpo que engullía su personalidad, no dejando apenas rastro de otros componentes.

En las imágenes en que está junto al que fuera su marido, Arthur Miller, sin aparentes complejos, ella no omite ni un ápice de su exuberancia, pero se agarra al hombre serio, al intelectual asustado que parece sentirse fuera de su verdadera ubicación, soportando los embates de una prensa gráfica voraz, las preguntas escuetas, educadamente morbosas. Tal vez, el rostro de Miller esté callando apenas lo que sabe de ella, sus apagamientos en la intimidad, su insolvencia ante la vida fuera del buscado estruendo.

Antes, en la Guerra de Corea, Marilyn había ofrecido su espectacular presencia a los soldados norteamericanos, como una generosa donación paliativa de la truculencia bélica, segura de su idoneidad como mito erótico capaz de perturbar a un regimiento entero. Se presentó con un vestido que no ocultaba la sinuosidad de sus contornos. Se puso a hablar con aquella voz aniñada que revestía con el tono que demandaban aquellas hordas de hombres hambrientos. En el erotismo, alcanzaba su máxima grandeza. Detrás quedaba esa ínfima mujer, esa Norma Jean atribulada en sus perpetuos extravíos, ese trasiego interior que no se activaba con la misma resolución que su epidérmica mundanidad.

En tantas fotografías, en tantos reportajes sobre sus andanzas, la miro y casi diría que ese brillante ejercicio de apelación a las excitaciones corresponde a unos espacios de irrealidad que no se corresponden con mi sensibilidad. Hay mujeres mucho más sobrias que podrían evocarme más fidedignamente la potencia de la llamada de Eros. Lo suyo está más allá de lo común, se erige en mito paradigmático. Lo que sí que me llega de ella es su extraordinaria fragilidad gritando bajo ese encaramamiento a los destellos del vacío.  

Su propia biografía le resultó insalvable. Hija ilegítima – su padre se negó a reconocerla –, pasó la infancia en orfanatos, en hogares de acogida. Vivió la pobreza, los malos tratos. Su madre sufría esquizofrenia paranoide. Y ella siempre temió acabar loca. Su salud mental estaba bastante deteriorada. Sufría depresiones, un torturador insomnio, tuvo varios intentos de suicidio, se sometió durante mucho tiempo al psicoanálisis. Por otro lado, también padeció varios abortos naturales.

Uno de los mejores documentales que he visto sobre ella, Marilyn a su pesar, habla de la relación que tuvo con Milton Green, uno de los hombres que más la respetó, que intentó desligarla en sus fotografías de ese cliché de símbolo sexual, procurando extraer de ella una íntima frescura. Con los demás hombres no tuvo tanta suerte. Empezó casándose con un jugador de béisbol, Joe DiMaggio, un hombre rudo que no la podía ayudar, y acabó con un intelectual, Arthur Miller, que no supo cómo amar a una mujer tan difícil y terminó desesperado y avergonzado de su esposa.  

Aunque reincidía en su imagen erótica, que, como una droga, la reponía en un feedback que la calmaba, Marilyn, consciente de sus limitaciones, pretendía apartarse de su destino de símbolo sexual: “Estoy harta de que me conozcan por mis curvas. Quiero demostrarles que soy capaz de actuar y de actuar bien”. Quiso rehacerse, con la ayuda de Milton, de la psicoanalista Hoenberg,  con Strasberg, con Miller. Se trasladó a Nueva York, y empezó a hacer películas con una productora propia. Se aficionó al jazz, le gustaba Rilke: “Sobre todo, un libro de poesía que se llama Cartas a un joven poeta (sic)”. Incluso escribía versos. Quería papeles dramáticos. Se apuntó a clases en el famoso Actor´s Estudio. Pero, el arte que empezaba a captar, la retrotraía hacia sus abismos. En una exposición, ve un cuadro de los demonios de Goya y dice: “Conozco muy bien a este hombre. Tenemos los mismos sueños”.

Ella no podía dejar de olvidarse de la necesidad de adquirir una pertinente solidez psicológica. Su inestabilidad la hacía peligrosamente vulnerable.

Ser actriz era un remedio mejor que el alcohol, que las anfetaminas: “Siempre he sentido que no era nadie y que para mí la única forma de ser alguien era ser otra persona”. Pero, sin embargo, esas drogas eran las que le impedían llegar a tiempo a los rodajes. ¡Cuánto dolor puede generar una mente indómita! Efectivamente, Marilyn no era nadie más que un mecanismo que producía reflejos multitudinarios, pero incapaz de apaciguarse a sí misma, de encontrar una configuración válida, una humildad reparadora. Ella sabía que la gente no tenía ni idea de a quién adoraba: “¿Si son capaces de amar tanto sin conocerme, de la misma forma no serían capaces de odiar?”

Marilyn Monroe murió a los 36 años. No sabemos si, a edades más avanzadas, hubiera aprendido a vivir. Nadie lo consigue del todo pero ella no podía dejar de olvidarse de la necesidad de adquirir una pertinente solidez psicológica. Su inestabilidad la hacía peligrosamente vulnerable. Seguía siendo una mente infectada de hostilidad hacia sí misma. Bebía y bebía a la salud de un mundo que cada día la aburría más. No supo hacer verdadera aquella esplendente sonrisa que tan bien sabía entregar al frívolo consumo de una humanidad informe. @mundiario