Uno de los males de la sociedad: vivir bajo la eterna preocupación del que dirán

Máscaras de Carnaval. / Facebook
Máscaras. / Facebook

Suele suceder que aquellas personas a las que se les hace la boca agua pavoneando de ser tal o tener cual, viven bajo la apariencia de querer demostrar ante los demás ser lo que no son. 

 

Uno de los males de la sociedad: vivir bajo la eterna preocupación del que dirán

Suele suceder que aquellas personas a las que se les hace la boca agua pavoneando de ser tal o tener cual, viven bajo la apariencia de querer demostrar ante los demás ser lo que no son o tener lo que no tienen. 

"Dime de qué presumes y te diré de qué careces." Este extracto del refranero español se cumple con rigurosidad en una sociedad enfermiza y altamente dependiente del que dirán. Cuántas veces he contemplado perpleja actitudes de autoafirmación y autoestima en personas que, a mi juicio, nada tenían de lo que congratularse, y las cuales, sin motivos explícitos, presumían y fanfarroneaban de lo que visiblemente carecían. Suele suceder que, aquellas personas a las que se les hace la boca agua pavoneando de ser tal o tener cual, viven bajo la apariencia de querer demostrar ante los demás ser lo que no son o tener lo que no tienen. Son personas débiles que aspiran a convertirse en el centro de halagos, personas que creen que para gozar del respeto y de la admiración deben asumir un rol cargado de prepotencia y superioridad. Lo preocupante es cuando la farsa va más allá de la fachada y se asumen papeles protagonistas que no encajan con la realidad. Su fragilidad y su inseguridad hacen que, con frecuencia, descalifiquen a personas firmes y sólidas, que las insulten y ridiculicen aprovechando reuniones o eventos, que intenten desprestigiarlas y avergonzarlas transgiversando comentarios y revelando confidencias o intimidades. Las humillaciones constituyen el centro de su ataque y, carentes de argumentos, no dudan en recurrir reiteradamente a burlas y provocaciones para evitar que su contrincante pueda defenderse y rebatir sus embestidas. Sin embargo, su intolerancia y su afán por desmerecer opiniones contrarias a sus propios pareceres los hacen sumamente vulnerables. La mejor defensa para esquivar su rabia es el silencio, un silencio que, en un primer momento, interpretarán como una rendición. Sin embargo, esa falsa superioridad acabara transformándose en irritación, y el enojo suscitado por la indiferencia no hará más que reforzar su idea de que tienen que imponer su pensamiento a la mayor brevedad posible.

Conozco a personas que cumplen a la perfección esta descripción, y las situaciones a las que su afán de notoriedad puede conducirlos son lamentables. Los insultos y los reproches son una constante en su comportamiento e, incapaces de aceptar los altibajos inherentes a la vida ni de asumir las responsabilidades propias de la edad, culpan de todas sus desavenencias a la gente de su alrededor. Son personas que nunca reconocerán sus defectos ni sus errores porque cualquier atisbo de imperfección que pueda asomar en ellos siempre será fruto de agentes externos, personas que siempre tendrán que pronunciar la última palabra y que no dudarán en recurrir al ataque personal en caso de carecer de argumentos consistentes, personas rencorosas que no perdonan ni olvidan y que aprovechan los lugares y momentos menos oportunos para recordar aquellas heridas que ni el paso del tiempo ha conseguido cicatrizar. Bajo un halo de convicción y confianza se esconden niños asustadizos e inseguros que necesitan reiteradamente la aprobación de los demás, una aprobación con la que acallar las voces de culpabilidad que hacen eco en su subconsciente. Este afán de justificarse con explicaciones innecesarias es un síntoma evidente de su inmadurez al rehusar responsabilizarse de sus propios actos.

Estos seres, que con frecuencia se lamentan de los sacrificios a los que su trabajo los somete y del poco tiempo de ocio que éste les deja, se esmeran por ostentar un nivel de vida por encima de sus posibilidades, un nivel de vida que les permite codearse con la alta sociedad, esa sociedad por la que suspiran y a la que desean ardientemente acceder. Obviamente, esto tiene un precio, un precio que están dispuestos a pagar cueste lo que cueste. Así, tan sólo adquieren ropa, calzado y complementos de las firmas más exclusivas, ridiculizando a aquellos que acuden a las grandes cadenas, practican deportes no aptos para cualquier poder adquisitivo, lamentándose con ironía de aquellos que jamás tendrán la posibilidad de hacerlo, matriculan a sus hijos en los que suponen los mejores colegios privados, acuden a clínicas particulares de renombre, criticando abiertamente la falta de profesionalidad y calidad de la educación y de la sanidad de las instituciones públicas, se obsequian con lujosas vacaciones en destinos paradisíacos, con joyas y ostentosas cenas, y se esfuerzan por elegir convenientemente a sus amistades, siempre bajo la influencia de los beneficios que éstas les pueden reportar. En definitiva, viven bajo una sombra de aparente holgura que no siempre coincide con la realidad, pero la cual asumen y justifican con el único propósito de sentirse superiores, de creerse en una situación ventajosa frente a los demás. Suele suceder que, las personas realmente trabajadoras, no alardean de ello y no necesitan estar continuamente recordando lo agotadora que resulta su jornada laboral ni las dificultades asociadas a su profesión. Así, cuando alguien se queja reiteradamente tal vez deberíamos cuestionarnos la veracidad de sus palabras, ya que con toda probabilidad no hará nada alejado de su rutina habitual. Sin embargo, hacen uso de esa cansina insistencia para reforzar su autoestima y despertar un sentimiento de inferioridad en las víctimas de sus lamentos, para argumentar los placeres y caprichos que se conceden y justificar que son merecedores de éstos. Por suerte, no todos caemos en sus redes y sabemos anteponer nuestros criterios a sus deseos. Y somos nosotros, los que aparentemente cedemos la última palabra, los que nos alzamos con la victoria, aunque sea teñida del más discreto silencio, porque ya se sabe: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces."

Uno de los males de la sociedad: vivir bajo la eterna preocupación del que dirán
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