Malas compañías que hoy resultan todavía más peligrosas...
"De nada sirve el rencor si no le das libertad. He aquí un claro ejemplo de que el feminismo es una quimera", comenta esta autora en un nuevo relato.
"De nada sirve el rencor si no le das libertad. He aquí un claro ejemplo de que el feminismo es una quimera", comenta esta autora en un nuevo relato.
Voy pensando en ti cada vez que te encuentro por la calle. Fue todo muy bello hasta que dejaste de gustarme o acabó de gustarte, porque nunca es tarde para arrepentirse, ya que obraste en mí el milagro de empezar a ver. Te veía con otros ojos, tal vez con los más míos que eran tuyos. Y es que, si el monte depende de quien lo vea, tú estabas cerca de la cima. Trepaste por mis ramas y te agarraba con fuerza sin sentir que tu peso se adhería al mío mientras cargaba en mí tus penas y las mías.
Eras la fuerte, aquella segura de si misma a la que más valía no defraudar. Tus grandes consejos surtían su efecto deseado. Cuando volvía a ti, tenías toda la razón. ¡Hasta me decías cosas bonitas en el momento justo! Eras mi ídolo. Parecía que un ejemplo a seguir, pero no tuve tu suerte.
Nos conocimos por compromiso pero la amistad se consolidó. La primera vez que te vi me caíste bien; te presentaste con gran carisma, ya te he dicho que me pareces guapa.
Me presentaste a tu gente. Tú anunciabas la cita, tú me dejabas progresar. Si había un problema, hacías que no existiera. Todo estaba bien para ti porque lo mío eran dudas que resolvías. Parecía que no se atrevían a hablarme con el mismo misterio que esconden las matemáticas. Juegos de miradas, confesiones en el baño. Poco a poco el flanco de intimidad se ampliaba y yo creía estar haciéndome famosa porque todos me grababan con el móvil. Fuimos conociéndonos, pasé de uno a otro en cada episodio hasta que sólo quedaste tú.
Me parecías sincera por lo bien que sabías criticarme a la cara. Pero, al final, te dije cuatro cosas y me dejaste con razón.
Te enfadaste conmigo y se lo dijiste a todos. Me dieron la espalda y seguí adelante. Nunca os olvidaré: por las risas, las fotos, los momentos. Días de mi juventud en que era demasiado joven para entender. Sigues sosteniendo tu desdén con el primero que me nombra para ganarme terreno, ya que, en esta ciudad, somos tú o yo; o estamos solas ante el peligro de la verdad que fluctúa entre tu pasado y mi futuro.
Te encantó saber de sobra lo que me motivó a enfrentarme a ti. Todos saben que a mí no se me pueden hacer esas cosas, pero lo prohibido es tentador. Así que el episodio estaba en mi mente porque soy Dios y es mentira porque sois Judas.
¿Quién es la puta? Cuando me maquillabas, cuando me saludabas con dos besos, yo era tu puta. Me chillaste, me apartaste de los chicos: eras mi macho. Y yo no me daba cuenta de que todo aquello era un show y yo una triste payasa.
Que estoy mal, dicen. Repiten lo mismo desde hace años. Como si el mesías estuviese jubilado dejando la historia sin escribir, haga lo que haga no hay constancia. Le dan la vuelta a la tortilla. Los platos de esta venganza se sirven fríos, ay, aquella cena. Aquel leve pellizco de un arrepentido que, sin embargo, no me saluda.
Habéis tenido éxito, os propusisteis suplantarme a las riendas de este mundo al que yo cuido con esta mentalidad y vosotros perjudicáis con esa ambición. Os recuerdo que ya no hay esclavitud, ya no podréis comprarme. Quizá venda mi sexo con tal de alguna estima de mis admiradores.
Así que aquel chaval del que me hablabas estaba loco por mí, de modo que erais tan feministas que me nombrasteis portavoz para cuidar de vuestra imagen en la plaza, como si yo representara a la mujer trabajadora y abnegada por vosotras: viva la amistad.
Eran putadas de vuestra parte y asunción de la mía. Como no me enteraba, me avisabais a la cara. Mi mundo era el presente sin dilación, hoy odio este mundo y vuestro maquillaje. Parece que exigís la dignidad de ignorarme para suplicar ante los hombres.
Oh, dios, los hombres. Los chavales que no me hablaban y a los que me presentáis de vuestra mano. Qué amables se han vuelto todas desde que se retiraron de la vida en sus nuevas viviendas.
No les guardo rencor porque no las puedo considerar abusonas, que hablen sus novios en unos años. Pero me da rabia que arrebaten mis gestos para tener carisma, copien mis frases para hacer gracia, imiten mi estilo para ser femeninas… Cuando, con total seguridad, yo no lo haría así en su lugar: si yo tuviese su bienestar, eludiría la arrogancia. Seguro que lo hacen pensando en mí, imaginando.