El mal es un alienígena, lo llevamos dentro

Alien en la cara de un hombre.
Alien en la cara de un hombre.
El descubrimiento del cadáver de Olivia en el fondo del mar, en Tenerife, a donde fue arrojada por su padre —seguramente con el de su hermanita—  “para causarle a la madre el mayor daño posible”, nos indica que si el mal en su estado puro existe, está dentro del cerebro humano.
El mal es un alienígena, lo llevamos dentro

“El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara. Y le dio esta orden: Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín, exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte.” ( Génesis 1, 15-18)

En 2008 estaba con una amiga en París cuando Chantal Sébire, una maestra de cincuenta y dos años solicitaba desesperadamente permiso al gobierno francés para una eutanasia que pusiera fin a los sufrimientos y al espanto que le causaba un tumor nasal que había desfigurado su cara, anulándole además la vista, el olfato y el gusto. Seguí casi adictivamente sus reality shows televisivos donde hacía pública la indignidad de su vida. No sé qué morboso interés me llevaba a encender la tele para ver deteriorarse su cara, día a día. Recién, como no recordaba su nombre,  googleé y no pude sostener la mirada sobre las imágenes que consumí durante una semana, para enterarme luego de que el permiso le fuera denegado y se suicidara en su departamento de Dijon.

Cuando era chica, mi hermana  —bastante mayor que yo— había ido al cine a ver “Drácula” (1958), protagonizada por Cristopher Lee y basada en la novela de Bram Stocker de la que yo no tenía ni idea. Decidí pasarme a la cama donde mi madre escuchaba el relato excitado de su hija sobre lo que había visto en el cine. Opté por hacerme la dormida para poder consumir lo que no me habían permitido ver. Adoré y padecí el argumento. Mi imaginación superó lo logrado por Terence Fisher en la filmación. Tuve pesadillas durante días, me tenían que acompañar a subir las escaleras hasta mi cuarto porque siempre creía ver al vampiro esperándome en el escalón más alto.

Cuando ya pude presenciar films de terror, no me perdía ninguna. Vi todas las de Hitchcock unos años después de estrenadas. Mi preferida fue “Psicosis” (1960). Esa época era el auge de la psicología y todo lo que tuviera que ver con trastornos explicados por el psicoanálisis me atraían irresistiblemente. La habilidad de Hitchcock por comenzar la historia como si fuera muy normal y, de a poco, ir sospechando un misterio que no podemos dilucidar pero nos empieza a aterrorizar, fue el verdadero comienzo del suspenso en el cine. La escena de la ducha la consumo, cada vez que la veo, tapada con un abrigo, y espiándola por un ojal.

Me aterrorizan especialmente las historias sobre niños maléficos. Ese contraste entre el arquetipo de la inocencia y la ternura con un engendro que los transfigura, me paraliza. E inexplicablemente, me atrae.

Veinte años después de la experiencia de Drácula, la repetí. Estaba recién casada cuando estrenaron “El exorcista” (1973) Había visto en los anuncios la cara de Linda Blair transfigurada por un demonio que la habitaba. La escena en la que gira la cabeza ciento ochenta grados fue suficiente para que decidiera no ir al cine. Mi marido sí fue. Cuando volvió, le pedí que me la contara. No omitió detalle. Él durmió como un santo y yo no pude ni levantarme para ir al baño en toda la noche. Y eso que las embarazadas tienen urgencias impostergables.

El miedo es una experiencia universal en la infancia, una sensación acompañada de euforia. Algo atrae al niño a consumir con placer películas que provocan una liberación de adrenalina.

Una psiquiatra me dijo que los que se animan a vivir episodios tan inquietantes, ven reforzada su autoestima y se entrenan para una vida de peligros.

El miedo es una experiencia universal en la infancia. Una psiquiatra me dijo que los que se animan a vivir episodios tan inquietantes, ven reforzada su autoestima y se entrenan para una vida de peligros.

A la inversa, mi predisposición a vivir al límite, a ver el riesgo como una aventura atractiva, no me ha hecho más valiente para resistir, sin acurrucarme, tapada en un sillón películas de animación, como “Coraline”  (2009). Esa familia réplica de la suya, con la única diferencia de que sus ojos son botones, y esa supuesta armonía y bondad donde todo es diabólico, manda destellos a mi sistema límbico que me retrotraen a la infancia.

Debe ser que Erzsébel Bathory  —la condesa sangrante de Hungría— no tuvo, de niña, la oportunidad de ir al cine a ver “El pequeño vampiro”, “Maléfica” o “Frankenweenie”, por eso su autoestima estaba tan baja que, desesperada por mantenerse joven, se bañaba en la sangre de adolescentes después de gozar del espectáculo de su tortura hasta verlas morir.  Tampoco Gilles de Rais, que la antecedió en el siglo XV: el primer pedófilo y asesino serial de la historia.

Sólo doscientos años después, Charles Perrault, escribió “Barba Azul” en donde cuenta que una mujer descubrió un cuarto donde su marido escondía los cadáveres de sus anteriores esposas.

Y quién sabe cuáles habrán sido las lecturas de la infancia —si es que las tuvieron— Dick Hickok y Perry Smith, los asesinos de los cuatro integrantes de la familia Clutter, al oeste de Kansas, tan bien contada por Truman Capote en “A sangre fría”. Es una atrapante novela de non fiction en la que el autor indaga en la psicología y antecedentes familiares de los asesinos entrevistándolos en su celda y estableciendo con ellos una relación casi de amistad. Se rumorea incluso que Capote y Perry Smith tuvieron una relación sentimental durante esos años. El hábil manejo de la narración logra que el lector simpatice con los culpables.

La abundancia del horror en la literatura  sacia nuestro costado oscuro, quizás para que no salga y lleve a la realidad sus peores instintos. Como en la leyenda en la que los habitantes del pueblo alimentaban al  asqueroso dragón con ovejas, bueyes y caballos para evitar que engullera humanos. Hasta que llegó Saint Jordi y, como ya sabemos,  salvó a la princesa.

No es casual que no contemos en la realidad con un caballero salvador, ni que la mujer no pueda salvarse con astucia de correr el mismo destino  de las otras maltratadas y asesinadas. Está claro que cualquier ser humano puede ser más horripilante que el peor dragón. Ni siquiera podemos imaginar hasta dónde puede  llegar el sadismo en la psiquis de nuestra especie.

El descubrimiento del cadáver de Olivia en el fondo del mar, en Tenerife, a donde fue arrojada por su padre —seguramente con el de su hermanita—  “para causarle a la madre el mayor daño posible”, nos indica que si el mal en su estado puro existe, está dentro del cerebro humano.

Los restos de los doscientos quince niños hallados días pasados en una fosa común en un internado de Canadá, conmueve hasta al más insensible. La misión del instituto  — que funcionó entre 1883 y 1996—era “ayudar a los indígenas a integrarse al sistema canadiense” y estaba administrado por el gobierno y las autoridades católicas. Hay pruebas de que fueron víctimas del racismo, castigos físicos y violencia sexual. No asombra, no es nuevo, ya conocemos, hay  millones de casos, tal vez sólo nos quede reconocer al Alien que se adhirió al primer hombre cuando se acercó al árbol prohibido. Fue imposible arrancar la alimaña del primer ser humano y sus partículas se multiplicaron en los millones y millones de su descendencia.  @mundiario

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