Lost in translation, de Sofia Coppola: espacios que cambian nuestra vida

Scarlett Johansson como Charlotte.
Scarlett Johansson como Charlotte.

La película de Sofia Coppola, Lost in translation, revela que los espacios desconocidos son capaces de cambiar el sentido de nuestra existencia en un breve periodo de tiempo.

Lost in translation, de Sofia Coppola: espacios que cambian nuestra vida

La película de Sofia Coppola, Lost in translation, revela que los espacios desconocidos son capaces de cambiar el sentido de nuestra existencia en un breve periodo de tiempo.

Las fronteras, las carreteras y esa descripción de los espacios urbanos, tan ambiciosa en el cine negro, convierten la ambientación en un factor psicológico que determina la conducta de los personajes, su actitud ante los conflictos y la evolución de unas vidas marcadas siempre por algún traumático acontecimiento. Basta recordar películas como La Jungla de asfalto, Ángeles con caras sucias o Vértigo. Todo parece espontáneo y fluido en el cine que nos cautiva y permanece en nuestra memoria, como si no existiese planificación ni técnica. Algunos directores actuales conservan esa inclinación de Curtiz o Houston, por ejemplo, y reconocen que la verosimilitud de una buena trama pasa por esa recreación en los espacios, más allá de la mera contextualización de los hechos que describe el argumento.

En la película de Sofia Coppola, Lost in translation, los espacios determinan la evolución de la historia entre los dos personajes, Bob Harris, interpretado por Bill Murray, y Charlotte, a cargo de Scarlett Johansson. Las estructuras de la propia megalóplis de Tokio influyen sobre esa amistad que mantienen a lo largo de una noche hasta convertirse en una relación más íntima. Lo que consigue Coppola es que la estimulante descripción de avenidas infinitas, la masificación de antros y la soledad estéril de habitaciones de hotel se conviertan en el preludio de una revelación durísima para los dos protagonistas. Sus vidas están vacías y es, en la exploración de la ciudad, donde descubren esa sensación de acabamiento y de sonambulismo en la que sus vidas han desembocado. Bob es un actor famoso que visita Tokio con motivo de unas grabaciones publicitarias y Charlotte acompaña a su novio fotógrafo al que han encargado unos reportajes sobre la ciudad. Los dos se han acostumbrado a una rutinaria existencia sin ver más allá de las convenciones y las reglas en las que han creído ciegamente, reprimiendo unas ansias de vivir que mueven a estos personajes hacia otras formas de sentir el mundo mucho más exasperantes, sensuales y poéticas.

El preciosismo cromático de la propia ciudad se combina con un manejo aparentemente espontáneo de planos y cámaras, lejos de la estudiada planificación de Las vírgenes suicidas. La directora nos conduce intencionadamente a ese extravío de los sentidos donde lo que percibimos de los lugares nada tiene que ver con nuestros entornos y costumbres, ni con la vida de esos personajes que se cogen de la mano y corren libres de sus responsabilidades. Una monótona exposición de anécdotas que progresivamente eleva lo cotidiano a una evocadora introspección sobre la mentira de nuestras relaciones, mantenidas por el oportunismo y el hastío. Lo que produce esa atracción entre dos personas de diferentes generaciones es la propia vacuidad de una metrópolis que se ha convertido en un no-lugar, donde el capitalismo y la enculturación ha transformado a la sociedad nipona en una sociedad europeizante, no europea, con una pseudoidentidad que opera entre el mestizaje cultural y férras tradiciones imperiales.

En esa pérdida de la identidad colectiva, en esa afluencia de gentes que no se conocen y conviven sin ningún tipo de vínculo emocional dentro de oficinas, cafeterías y hoteles, los dos personajes confiesan sus preocupaciones. No tienen nada que perder. Apenas se conocen. No se volverán a ver jamás. Pero Tokio es esa ciudad que los desinhibe, que revela a cada uno de ellos su imposibilidad para comprender la vida de una manera más dichosa, sin el letargo de esa felicidad aparente en la que ambos han incurrido. Un síntoma elemental de nuestra sociedad de consumo en la que la clase media parece haberse detenido en un enclaustramiento emocional sin más aspiraciones que repetir lo que aprendieron de sus padres: compensar los fracasos emocionales con una vida cómoda y sin sobresaltos. Coppola nos transmite esa decepcionante aceptación de una existencia materialista antes que arriesgar con una existencia estética, basada en el sincero compromiso y en el deslumbramiento por lo imprevisible. Pero los seres humanos somos capaces de engañarnos a nosotros mismos con tal de no arriesgar para no perder nuestro estatus.

Los espacios inéditos, bajo el anonimato de una superpoblación que choca con ellos a cada paso, convierten ese tiempo mínimo en una anagnórisis donde el momento de mayor pasión y felicidad se condensa en un beso final que también es la traducción de una dicha improbable e inalcanzable. Cada uno de ellos volverá a sus rutinas y fingirá. Antihéroes que intentarán sobreponerse a esa revelación en una ciudad que continuará inmersa en signos hiperestimulantes una vez que regresen a sus hogares. Quizá la maestría de Coppola es que invita al espectador a que haga la prueba, a que desaparezca del entorno en el que se maneja, y descubra quién es en realidad. Inmerso en el laberinto de Minos, para cualquiera de nosotros esa respuesta puede ser terrible.

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