La llegada, una película que prometía ser legendaria y se frustra tras una hora

La llegada./ Zoomf7

La llegada es una película que parece reencontrarnos con el mejor cine de ciencia-ficción, pero, al cabo de una hora, el director tira por la borda todo su encanto.

Un estropicio. Creía que estaba asistiendo a una de las mejores cintas de año. Unos cuarenta minutos prometedores al principio hacen de La llegada una película que parecía emparentar con Alien, Encuentros en la tercera Fase o 2001, pero eso no vende y la cinta de Villeneuve cae en las prisas, en un desenlace hecho a porrazos y lleno de improvisación.

A diferencia de algunos críticos, me gusta la parte sensiblera que tiene la película, pero, como hay que hacer un cine rápido, de facturación inminente, el director y los guionistas hacen lo que pueden. La llegada podría haber sido una interesante reflexión sobre el milagro de la comunicación, un análisis riguroso de la importancia del lenguaje en mundos no posibles, una parábola de lo que significa arriesgar para conocer lo que tememos.

Sin embargo, no ha sido así. Todo se tira por la borda una vez que la película tiende a adquirir ese estilo genuino e impecable de cinta bien llevada. Hay verosimilitud. Es creíble al principio. Tiene su dosis necesaria de infantilismo.

Pero arruina la película esa prisa por manufacturar y crear un producto consumible, ligero y sin ganas de permanecer en la memoria de los espectadores. Una pena. Una ocasión perdida para una trama interesante con un elenco de actores respetable. Eso sí. La música de Jóhan Jóhannsson es impresionante, esencias bizantinas mezcladas con Ligeti.