Leyendo a un tal James Salter, el anochecer parece uno de tantos espejismos

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Bill Murray y Scarlett Johansson en Lost in translation.

Cada fragmento es un espacio donde aparentemente no sucede nada, salvo la intranquilidad de saber que seguimos vivos y que nuestra lectura consume los días que echaremos en falta

Leyendo a un tal James Salter, el anochecer parece uno de tantos espejismos

Cada fragmento es un espacio donde aparentemente no sucede nada, salvo la intranquilidad de saber que seguimos vivos y que nuestra lectura consume los días que echaremos en falta.

 

Y sucede que al leer a James Salter uno se encuentra con párrafos como el que sigue: "De pronto oyó que el suelo crujía. Había alguien allí, una silueta bajo la tenue luminosidad, carente de color. Era su esposa. Se quedó pasmado ante la imagen de ella sujetándose la bata de algodón sobre los hombros, el rostro sin atractivos a causa del sueño. Le hizo una seña para que se marchara". Poco más necesitamos para saber que cada fragmento de la prosa de Salter es un espacio donde aparentemente no sucede nada, salvo la intranquilidad de saber que seguimos vivos y que nuestra lectura consume los días que en breve echaremos de menos. Su prosa escueta y concisa reproduce un tiempo que jamás viviremos, una inmediatez ensoñada donde el realismo es tan veraz que parece incierto, irreal quizá. Salter y estos días de septiembre donde los pájaros comienzan a abandonar la antigua sombra de otros que llegaron más jóvenes meses atrás, con otra fuerza, más fulgor, como el que en nuestros ojos se ha evadido.

Leyendo a un tal James Salter, el anochecer parece uno de tantos espejismos
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