Leopoldo María Panero, el poeta del morbo mediático: de póstumo en vida a loco oficial

Leopoldo María Panero. / eldescodificador.com
Leopoldo María Panero. / José Ramón Vega

Se ha ido el poeta ido en los idus de marzo. Nadie hubiese dicho que él sería el encargado de extinguir la turbulenta saga de los 'Panero para hoy y hambre para mañana'. 

Leopoldo María Panero, el poeta del morbo mediático: de póstumo en vida a loco oficial

Se ha ido el poeta ido en los idus de marzo. Nadie hubiese dicho que él sería el encargado de extinguir la turbulenta saga de los 'Panero para hoy y hambre para mañana'. Con él desaparece también la última cuota de 'malditismo' que, para disimular la ingestión caníbal, este país tolera. Pues, aprovechando su autoproclamada condición de "póstumo en vida" ("Toda mi vida ha sido una larga noche") Leopoldo María Panero fue el loco oficial. Y eso que nadie se ha ajustado más y mejor que él al diagnóstico de Chesterton: "El loco no es que el ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo menos la razón". Para empezar, como ha señalado Félix de Azúa (uno de los "Nueve novísimos", de la nómina de Castellet, en la que Panero era el benjamín), "Leopoldo María es el único poeta de verdad que queda en España;  los demás somos todos funcionarios. Por eso, lo tienen encerrado".

Con su rostro de talibán alucinado, lo que el autor de "Me amarás cuando esté muerto" ha padecido, en realidad, es un exceso de lucidez sonámbula, a la vez dinamizadora y paralizante; como de una liebre con casco de minero que fuera arrastrando contra sí su foco deslumbrante. A su morbo mediático ha contribuido su largo peregrinaje por manicomios, como destinos de una carrera antidiplomática. Tras su paso por Ciempozuelos y Mondragón, el más norteño del país, pasó a la frontera sur del psiquiátrico de Las Palmas. Y semejante paradoja, del más largo desplazamiento a través del país para recalar en la más estática y recluidora de las instituciones, es una alegoría del tratamiento mediático y académico que ha padecido.

En los últimos años, sólo asistía al psiquiátrico para pernoctar y, por las tardes, se le veía vagar, como un alma en pena, entre terrazas de la ciudad. En una de ellas, me propinó la mejor definición que haya escuchado sobre el ejercicio del poder: "La política es un complot de paranoias". Es evidente que, para él, el manicomio empezaba extramuros de su cuarto, donde se encuentran las personas "que no hilan". También me dijo algo que figura en sus escritos: "La asesina es mi madre". Pero era difícil sonsacarle con precisión a qué madre se refería el autor de "Contra España y otros poemas no de amor". Seguramente, no a su progenitora, Felicidad Blanc. 

Como declaró Michi Panero (1951 - 2004), unos años antes de su muerte prematura -el más joven y el primero en marcharse- la madre mimaba muy especialmente a Leopoldo María, "con cierta culpa, porque creía que le había transmitido los genes de una hermana loca. Le preocupaba mucho que, de niño, cuando se le reñía, Leopoldo María igual se tiraba tres días en silencio, sin comer ni llorar ni decir nada”. También recuerda que fue él el primero en romper el silencio al pie del crematorio, aquella mañana de 1990 en que, en la máxima intimidad desoladora, los tres hermanos incineraron a la madre. "Y ahora nos vamos todos a comernos unos chipirones", cuenta Michi que dijo Leopoldo María. Era una de sus habituales salidas de tono defensivas, una especie de turbante de histrionismo que se ha liado siempre a la cabeza, para vencer su sensibilidad fagocitadora. Como subrayó también el benjamín de la saga, la desaparición de la madre fue justo el detonante de la desmembración familiar. Desde entonces, apenas coincidieron más los tres hermanos, si bien tanto Michi como Leopoldo María reconocían que la relación entre ellos ha sido más cordial que la de ambos con el primogénito, Juan Luis Panero (1942 - 2013), desaparecido hace menos de un año. Según el testimonio de este último, fue, en parte, una bendición que el patriarca de la familia, el poeta de adscripción franquista Leopoldo Panero (cuyo poema "Epitafio" reza: “Ha muerto acribillado por los besos de los hijos") muriera joven -a sus 52 años-, sin alcanzar a saber que sus hijos serían poetas. “Yo no había cumplido 20 años cuando falleció. Estoy seguro de que si hubiese conocido luego mi poesía, habría vuelto a la tumba, pero si hubiese leído la de Leopoldo María, se habría enterrado del todo”.

Leopoldo María Panero, que en el Psiquiátrico de Las Palmas escribió: “Tengo amigos que me envenenan sistemáticamente y dicen que me quieren”, solía referir la anécdota de una reclusa que le había prometido a otra que, en cuanto muriera, le dejaría sus únicos enseres, "la manta y el transistor", y entonces esta última, "iba todos los días al cuarto de la otra, y le preguntaba: '¿Te has muerto ya?'". Bien mirado, es lo que han hecho siempre con él los círculos académicos y los medios de comunicación.

Leopoldo María Panero, el poeta del morbo mediático: de póstumo en vida a loco oficial
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