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MUNDIARIO

Las pequeñas cosas

A veces, sencillamente, olvidamos las pequeñas cosas que enriquecen la vida y que hacen sentir bien a nuestro corazón, más allá de lo económico…

Las pequeñas cosas
Copas de vino. / nbcconnecticut.com
Copas de vino. / nbcconnecticut.com

Adolfo Mazariegos

Politólogo y escritor.

Durante los últimos meses, la sociedad, en términos generales, ha visto cómo algunas de las cosas que a través del tiempo probablemente hemos asumido como “normales” han empezado a cambiar, quizá para siempre. Otras irán cambiando sobre la marcha, mientras que otras tantas, sin embargo, tal vez sigan siendo igual o incluso empeorarán en detrimento de unos, pero en beneficio o simple satisfacción de otros. Otras tantas cosas más, sencillamente, no tendrán por qué cambiar.

Lógico es suponer que así suceda, así ha sido la dinámica humana hasta donde se ha llegado a saber a través de la historia, particularmente cuando existen crisis económicas y sociales (o sanitarias) como la que enfrenta el mundo entero actualmente. Y no es esta una perspectiva fatalista, para nada, todo lo contrario: a veces, sencillamente, olvidamos las pequeñas cosas que enriquecen la vida y que hacen sentir bien a nuestro corazón, más allá de lo económico (romanticismos aparte), razón por la cual también a veces necesitamos realizar una suerte de ejercicio mental ―personal― con el afán de reflexionar brevemente (si cabe), acerca de algunas de esas cosas que, quizá por la costumbre o por la rutina a la que nos expone la vida cotidiana en este nuestro mundo moderno, probablemente pasamos por alto.

No obstante, en días como los que corren, es fácil suponer ―o imaginar― que se extrañan esas “pequeñeces e insignificancias”, que nada tienen que ver con clases sociales, con ideologías o con la necedad de algunos seres humanos que se resisten a entender o aceptar que todo en este mundo (al menos lo físico) tiene fecha de caducidad, todo es efímero, pasajero, incluso las pandemias como la que hoy día vivimos y que tarde o temprano habrá de terminar; incluso el ejercicio de poder al que a veces nos aferramos como especie capaz de razonar.

Hoy, muchos extrañamos, por ejemplo, una taza de café en un sitio tranquilo, sin importar si es en un establecimiento de lujo en la ciudad o en algún sitio de un pueblito sencillo olvidado en quién sabe dónde; extrañamos saludar personalmente a quienes apreciamos y decirles lo importantes que sin duda son en nuestras vidas; o añoramos sentarnos con alguien a observar las estrellas sin más y bebernos una copa de buen vino, sorbo a sorbo, sin prisa, sintiendo el fresco de la noche y escuchando ese particular jazz que ejecuta la naturaleza sin mayores pretensiones… ¡Las pequeñas cosas!

Experimentar de nuevo todo eso, y más, tal como quizá hacíamos hace tan sólo unos pocos meses, seguramente sería fabuloso. Pero…, vayamos por un segundo a esos lugares lejanos y profundos donde la desnutrición es aguda y punzante como aguijón de avispa, allí donde beber un buen vino, tomar un buen café en un establecimiento de lujo, o sencillamente sentarse a disfrutar la lectura de un libro muy querido con alguna copa de buen vino, son poco menos que una utopía… Allí, las cosas pequeñas se vuelven quizá más pequeñas aún (o infinitamente más grandes, quién sabe), pero seguramente y a pesar de todo, allí, seguramente, se sigue manteniendo viva una esperanza…, la esperanza de que toda noche conduce indefectiblemente a un nuevo día…, ojalá. @mundiario