En Lacrónica, Martín Caparrós reflexiona sobre ese género que practica con pasión

El periodista y escritor argentino Martín Caparrós.
El periodista y escritor argentino Martín Caparrós.

El cronista tiene la actitud del cazador. Vive alerta, intentando captar cualquier oportunidad de aproximación a una situación que pueda interesar al lector.

En Lacrónica, Martín Caparrós reflexiona sobre ese género que practica con pasión

En Lacrónica, el periodista y escritor argentino, Martín Caparrós, traza un ilustrativo repaso por su obra. Alterna los capítulos que son una reflexión sobre la sustancia de su trabajo con diversas muestras de sus crónicas, ofrecidas enteras o bien en un fragmento, cuando su duración es excesiva para esta antología.

En los últimos años, he sumado a mis preferencias lectoras el género literario de la crónica. Es una muestra más de mi tendencia a decantarme por los relatos de no ficción. Diarios, biografías, memorias, libros de viajes, crónicas, reportajes, son los textos que más me atraen ahora. Inicié mi acercamiento a las crónicas con el que es considerado el maestro indiscutible de las mismas, el polaco Ryszard Kapuscinski, que no me defraudó. Martín Caparrós es también un admirador de su obra, aunque, en una de las crónicas de este libro, en la que narra un encuentro personal con él, no tiene reparos en cuestionar algunas de sus afirmaciones, algunas incongruencias en las que cae, ciertas conclusiones sobre su propio trabajo.

El haz de muestras que nos propone Caparrós es bien diverso. En algunos momentos habría una confluencia de géneros, como cuando nos relata la vida en algún lugar exótico y nos recuerda a los libros de viajes. Hay una preponderancia de la entrevista escueta, género que se inmiscuye casi siempre. La necesidad de conocer directamente un lugar, presupone la indagación, la pregunta lanzada a quien nos puede decir cómo se vive desde allí aquel mundo. Pero el deseo de conocer exige también una actitud intrépida, un planteamiento audaz que conduzca al desvelamiento de una realidad maquillada con las capas de la hipocresía.

El repaso a su obra lo hace mediante un seguimiento cronológico. Los, guerrillas,  revoluciones, de la miseria de los países más desgraciados o injustos. Nos interna en la Cuba socialista, en la Sri Lanka paraíso de los pedófilos occidentales, en la India sagrada temas elegidos son algunos de los conflictos más importantes  pero también desconocidos  - por tan sucintamente tratados en los telediarios - de su tiempo. Nos lleva muy adentro de guerras, en el Japón extraño, junto al habitante del corredor de la muerte.

Su libro es una defensa y un homenaje al género y a sus más insignes cultivadores, especialmente a los de sus ámbitos más cercanos: García Márquez, Tomás Eloy, Juan Villoro...

Su libro es una defensa y un homenaje al género y a sus más insignes cultivadores, especialmente a los de sus ámbitos más cercanos: García Márquez, Tomás Eloy, Juan Villoro... Se queja Caparrós de lo difícil que es incluir una crónica en el medio periodístico. Los directores de los periódicos o las revistas presuponen que el lector no será capaz de aguantar un texto de más de dos mil palabras. Otras veces, le rechazan trabajos porque su virulencia no se compadece con los amables suplementos dominicales.

Caparrós insiste en el valor literario de la mirada: “Me he pasado los últimos veinte años diciendo que no hay crónica más difícil que la de la manzana de mi casa…que eso sí requiere aprender a mirar”. Y estoy de acuerdo, de la misma manera que no hay diario más arduo que el de una vida aparentemente anodina.

Una de las polémicas en torno al género de la crónica es el nivel exigible de verdad. Se le reprochaban a Kapuscinski sus incongruencias, la imposibilidad  -demostrada, en ocasiones -  de que hubiera vivido en primera persona lo que contaba como experiencia directa. Pero defiende Caparrós que las minucias notariales son impertinentes y que lo importante es la honestidad del narrador: que nos cuente de la mejor manera para nuestro entendimiento una situación. Es decir, el valor de la recreación como forma de hacer más vivible, más inmediata,  una realidad incognoscible.

El escritor argentino dice que la magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese  en una cuestión que, en un principio, no le interesaba en lo más mínimo. De lo que me muestra él, concluyo que ese logro lo consigue en la mayoría de los casos. Hay muchas crónicas que me han parecido muy interesantes acercamientos a mundos a los que no voy a acceder nunca directamente, bien porque ya haya pasado su tiempo o porque, debido a las noticias de su  peligrosidad, no me siento tentado a explorarlos por mí mismo; pero algunos temas me han resultado demasiado ajenos, menos demostrativos de una humanidad más universal. Otro asunto es el de si esas incursiones mantienen su interés en la actualidad. Me parece que sí. En la mayoría de los casos, resultan aproximaciones históricas de lo reciente, contempladas con la privilegiada mirada del ser contemporáneo, y sus particularidades nos parecen todavía repetibles en otros puntos de los conflictos de la Tierra.

Aparte de una mayoría de las crónicas que ha seleccionado, lo que más me ha gustado de este libro son sus perspicaces reflexiones sobre el género que practica

Aparte de una mayoría de las crónicas que ha seleccionado, lo que más me ha gustado de este libro son sus perspicaces reflexiones sobre el género que practica. Dice Caparrós que la prosa de la crónica no es meramente informativa sino que pone en escena lo que sucedió. Nos habla de la competencia de la televisión, de lo abrumador de las imágenes. La forma de combatir esa fuerza que penetra en la cómoda docilidad del espectador, es mediante textos que pongan en valor aquello que les es propio: la calidad literaria.

“¿Cuántas veces, para mi espanto, he visto cómo una crónica de pobreza y sufrimiento sirve de esperpento tranquilizador para las almas bellas que las leen?”. No caer en la pornografía del dolor. El eterno dilema periodístico de, ante una situación sangrante, actuar o contemplar, teniendo en cuenta que a veces actuar es un riesgo inútil o que contemplar supone  nutrirse de una historia para poder referirla después, para influir más extensamente en la sensibilidad social, poniendo el foco desde una proyección más elevada.

El cronista tiene la actitud del cazador. Vive alerta, intentando captar cualquier oportunidad de aproximación a una situación que pueda interesar al lector. Pero Caparrós nos advierte: “Periodismo es, cada vez más, contar las cosas que los demás no quieren saber”. Es decir, denunciar aquello que el dulcificado vivir quiere tener apartado de su egoísta y pusilánime presencia. Dice el autor que lo que se cuenta en esos textos no es la realidad, es: “Una de las muchas miradas posibles”. Sí, lo sabemos. Lo que leemos en una crónica es literatura que parte de las relevantes zonas de una realidad que se mira con la avidez de un estético conocimiento. 

En Lacrónica, Martín Caparrós reflexiona sobre ese género que practica con pasión
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