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MUNDIARIO

La otra pandemia

Cuando Virginia Woolf hablaba  de la necesidad de tener una habitación propia, no se imaginaba que un siglo y medio después el problema aún no estaría resuelto.
La otra pandemia
Mano que tapa la boca de una niña.
Mano que tapa la boca de una niña.

Vicky Rego

Escritora.

Imagino a Laura (Julia Roberts), la protagonista de “Durmiendo con el enemigo”, la película de Joseph Ruben (1991), pasando esta cuarentena en esa mansión frente al mar, con Martín (Patrick Bergin) el marido, con quien vivía  aterrorizada por sus controles, su violencia y sus abusos. Tal vez se las habría ingeniado para volver a fugarse y hacerse pasar por muerta. Claro que, en plena pandemia, no es tan fácil explicar cómo una aparece en otra ciudad sin permiso. Y ni soñar con la posibilidad de intentar una nueva vida. Queda la idea para un remake en tiempos de coronavirus.

Compartir espacios físicos y emocionales en condiciones de pareja difíciles potencia conflictos que ya se arrastraban desde hacía tiempo. Se agravan las situaciones de intolerancia y mal trato. No encontrar un escape produce asfixia. Salir es exponerse al virus, quedarse es dejarse consumir por la ansiedad, la impotencia y el miedo.

Cuando Virginia Woolf hablaba  de la necesidad de tener una habitación propia, no se imaginaba que un siglo y medio después el problema aún no estaría resuelto.

“Él se encierra todo el día en el cuarto, mientras yo trabajo, mantengo la casa impecable y  ayudo a nuestros hijos en las tareas del colegio. Si le digo algo, se arma de nuevo el despelote. Prefiero evitarles escenas a los chicos.”  Es el testimonio de una mamá que vive con su familia en un departamento de la ciudad de Buenos Aires.

En la Argentina, según el Ministerio de las Mujeres Géneros y Diversidad, las llamadas a la línea 144 que brinda ayuda telefónica en situaciones de violencia por razones de género, aumentaron un 39% durante la cuarentena. Y en el 45% de los casos de femicidio, el asesino es su pareja actual.

La iniciativa de Spotligh —surgida de una alianza entre la UE y las  Naciones Unidas—  pretende poner fin a la violencia contra niñas (quiero entender que los niños también están incluidos) y mujeres. Con la propuesta  #LaOtraPandemia invita a que todos prestemos ayuda a las que afrontan la cuarentena encerradas en sus hogares con sus agresores.

Las campañas “Puertas adentro” y “No te laves las manos”, nos involucran a todos. La consigna es no callarse, no cerrar los oídos ni los ojos.

Muchas veces, haciendo una caminata, se escucha discutir a los vecinos. Con el pensamiento de que es normal, y que esta cuarentena da para todo, hasta se lo toma con humor. Lo comentamos con algún amigo y ahí queda. Al día siguiente se repite, cada vez con más violencia. Elegimos no invadir la intimidad del prójimo. Priorizamos no involucrarnos, y nos lavamos las manos, igual que cuando entramos a casa, para protegernos del virus.  Nos salvamos, mientras en la casa de al lado, hay una nueva víctima de la otra pandemia.

Si Desdémona, o algún vecino, hubiera tenido a mano una línea para pedir ayuda, le habría estropeado a Shakespeare su tragedia. Otelo la venía amenazando, hasta que la estranguló en su cama. Hoy el síndrome de ese trastorno de celos delirante, lleva, honorablemente, su nombre.

También es cierto que, en ocasiones, el encierro favorece la intimidad. Se comparten actividades que antes no eran posibles por estar los padres fuera de casa. Las nostalgias sensibilizan, unen. Se disfrutan los hijos, aunque por momentos se pierda la paciencia. Se habla del “coronababy” o “coronadivorcio”, como resultantes de este experiencia. Ya tendremos las estadísticas.

Algunas parejas tenían tramitado su divorcio antes de marzo y muchos tuvieron que postergarlo. Tal vez nos sorprenda alguna reconciliación,  una nueva forma de amistad, o por el contrario, una guerra diaria, como la de los Roses, la película de Danny De Vito (1989)  en la que Michael Douglas y Kathleen Turner tratan de hacerse la vida imposible hasta el fin.

Porque no son vacaciones, ya vamos para tres meses enfrentados a una prueba extrema, con la que sociólogos y psicólogos  se estarán haciendo un festín de investigación.

Espero ansiosa el nombre que  los historiadores darán a esta nueva era que recién comienza.

Los acúfenos o misofonía se agravan durante la pandemia

Los audiólogos vemos agravados en estos días los síntomas de los pacientes que padecen acúfenos o misofonía.

Los acúfenos son ruidos o zumbidos que oyen en los oídos solamente quienes los padecen. En estos meses se viven con estrés y angustia. Eso no favorece a su tratamiento.

Misofonía es una palabra menos conocida, derivada del griego “misos” (odio o aversión) y “foné” (sonido). Da el nombre al trastorno que sufren algunas personas a las que les resulta insoportable  el sonido que produce el cuerpo de otra.

Masticar, respirar, mascar un chicle, sonarse la nariz, sorber sopa, morder una manzana o algo crocante, tragar, crujir nudillos, el clic clic al cortarse las uñas, el tipeo en el ordenador o en el teléfono móvil, la cuchara revolviendo el café o chocando los dientes, girar el hielo dentro de un vaso, susurrar, roncar,  son algunos de los sonidos que liberan en estos pacientes una gran dosis de adrenalina generando irritabilidad desmedida, ira, pánico, miedo, angustia y culpa. Se los acusa de intolerantes y descontrolados, desconociendo que hay una causa neurológica que lo explicaría como “un corto circuito” en el cerebro entre la percepción de un sonido y la emoción negativa desencadenada.

Investigadores de la Universidad de Newcastle (Reino Unido), en un trabajo publicado en la revista Current Biology encontraron diferencias en las conexiones del lóbulo frontal y la corteza insular anterior (relacionada con el sistema límbico, centro de las emociones) entre las personas afectadas o no por misofonía.

Una paciente, después de haberle advertido a su hermana muchas veces que no toleraba el ruido que hacía al morder una manzana, no controló su ira y le arrojó una tijera. No le hizo daño pero no sé si pudieron superar el episodio. 

Otra contó que ya no puede contenerse frente a la forma de comer de su pareja, y terminó gritándole: “¡Cerrá la boca, no te aguanto más, sos desagradable!”. La respuesta fue : “Y vos sos tan friki… andate si te molesta”.  Ella lo acusa de desamor, “de lo contrario evitaría hacer esos ruidos que me irritan tanto”.

Una epidemia  está provocando otras, que se destaparán cuando se abra la caja de Pandora.

“Siempre hacés lo mismo. No te fijas. No te das cuenta de que acabo de limpiar? Claro, vos estás en otra. ¿Podés dejar ese teléfono?” @mundiario