Jean Paul Sartre, por Simone de Beauvoir: los últimos años de un ímpetu revolucionario

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.
Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

El intelectual Jean Paul Sartre fue un referente social durante muchos años, especialmente en Francia. Ante cualquier suceso importante, muchos se preguntaban: ¿Qué pensará Sartre sobre esto?

Jean Paul Sartre, por Simone de Beauvoir: los últimos años de un ímpetu revolucionario

En La ceremonia del adiós Simone de Beauvoir traza una biografía crepuscular de la vida de Jean Paul Sartre. Es un acercamiento al hombre en sus últimos diez años de vida, en los que se encuentra progresivamente mermado por su deteriorada salud, que no por un decrecimiento de su ímpetu moral, que recobra en cada momento de mejoría. No es un análisis de su pensamiento filosófico, de sus actitudes políticas, sino una evocación del hombre cotidiano, aquel ser casi secreto que está detrás de su popularidad y tiene que reaccionar a cada circunstancia concreta y sucesiva de la vida, sin eludir aquellas de aparente pequeñez e intrascendencia; todas esas minucias del momento que, sin embargo, en un hombre de ese prestigio, pueden adquirir tintes míticos, transformándose sus íntimos gestos en elementos de relevante significación.

Jean Paul Sartre fue un referente social durante muchos años, especialmente en Francia. Ante cualquier suceso importante, muchos se preguntaban: ¿Qué pensará Sartre sobre esto? Cuando falleció, esos mismos se quedaron huérfanos de aquellas contundentes y bien argumentadas respuestas. Y es que el filósofo francés, en el debate filosófico y político, se manejaba con maneras de alta seguridad, como una especie de papa para sus seguidores. Veo en youtube vídeos de sus entrevistas y oigo su voz firme, sin un engolamiento jactancioso, ni siquiera el que sugiere su idioma francés. No hay en su discurso los titubeos del pensamiento que está formándose. Es una voz que se antepone a su imagen, a su mirada explícita de estrabismo. En contra de lo que opinan otros, Simone, siempre benévola, dice de él: “Sartre era demasiado orgulloso para tener vanidad” Pero añade: “No le hubiera gustado - aunque fuese por poco tiempo - ser dejado de lado, olvidado”.

El filósofo y escritor francés fue el máximo representante de la corriente del existencialismo. No lo inventó. Tenía sus predecesores, como Kierkegaard o Heidegger, entre otros, pero él lo popularizó, lo llevó a la calle; lo recreó, haciéndolo suyo a través de diversas obras capitales, como su conferencia El existencialismo es un humanismo, o un libro teórico más plúmbeo, El ser y la nada, sus novelas y obras de teatro, pero también a través de su vida, de su ejercicio radical de la libertad, que, al fin y al cabo, era la demostración y la acreditación de su teoría. Decía que “lo que somos está en función de lo que hacemos”. La libertad significa compromiso, responsabilidad. De ello, de esa conciencia de la libertad absoluta, se deriva una gran angustia existencial, pues uno siempre puede decidir: aun en las situaciones en los que nos hallamos más constreñidos, siempre podemos elegir; al menos, con qué actitud hemos de afrontar esa situación opresora.

Sartre había sido un hombre especialmente activo. Hizo de su vida práctica una filosofía. Siempre tuvo un sentimiento revolucionario, y era de los que no se detenía en ningún remanso proclive a la corrupción

Su declive físico había de enfrentarlo con muchas limitaciones. Sartre había sido un hombre especialmente activo. Hizo de su vida práctica una filosofía. Siempre tuvo un sentimiento revolucionario, y era de los que no se detenía en ningún remanso proclive a la corrupción, sino que avanzaba hacia la idea de una revolución perpetua. Cuenta Simone de Beauvoir que, en sus últimos años de enfermedades “ya no era capaz de comprometerse con el ardor de antaño en nuevos proyectos, pero estaba de acuerdo con todo lo que había hecho”. Acude en su ayuda un cierto conformismo, porque, si no, hubiera sufrido. Nos dice ella: “Yo soy capaz de tomarme unas vacaciones sin que por ello la vida pierda todo su sentido; Sartre, no. Él amaba la vida, incluso con ardor, pero a condición de poder trabajar”. Por eso abusó de los estimulantes, se forzó tanto que la crisis era inevitable. Una de las consecuencias fue su semiceguera, que le impediría leer, leerse, aunque esto último lo paliara en parte con una memoria portentosa o con la voz de sus muchas amantes o amigas.

En La náusea, Sartre ponía en boca de su protagonista que “no hay ninguna razón para existir”. Nacemos por azar. Pero, si la vida no tiene sentido, se lo podemos dar. En su obra teatral A puerta cerrada se decía que “el infierno son los otros”. La frase central de su filosofía es: “La existencia precede a la esencia”. “La vida es una pasión inútil”, “estamos condenados a ser libres”, son otras de las frases que constituyen lo más granado y memorizado de su pensamiento. ¿Sartre origina una época o se suma a ella? Al menos, la refuerza, le da una imagen, una consistencia que va más allá de lo firmemente teórico y lo convierte en sentimental. Porque, ¿qué complejos sucesos hacen que varíen los rumbos, las expresiones de una sociedad? Es difícil averiguar los verdaderos detonantes, los decisivos encadenamientos. El caso es que Sartre, con su vivir libertario, fue un precedente del tiempo en el que, quienes eran bastantes más jóvenes que él, se incorporaron plenamente.

Sartre asumió su papel de líder intelectual. En favor de los demás, ejercía el privilegio de su importancia. De Gaulle dijo una vez: “No se encarcela a Voltaire”. En los primeros años que relata Simone de Beauvoir, su actividad es incesante. Esta, progresivamente empieza a menguar. Nunca eludiría su responsabilidad. Sabía que estamos condenados a una elección permanente. Incluso cuando elegimos no elegir. Y llamaba una “conducta de mala fe” a aquella que consistía en no intervenir, en apartarse. Se abrazaba al indeterminismo que excluye cualquier justificación exterior.

Sus opiniones, sus actos, siempre fueron arriesgados, porque defendían a los débiles. “El terrorismo es la bomba atómica de los pobres”. “Cada vez que la policía del Estado dispara a un joven militante, yo estoy al lado del joven militante”. Apoya al Estado de Israel, al Frente Argelino, sufre atentados, sostiene la revolución castrista. Es repudiado por los soviéticos, por El Vaticano. Resulta extremadamente molesto para las democracias occidentales: “Las elecciones, trampa para cretinos”, fue el título de un artículo previo a una consulta electoral en Francia.

Su relación con Simone es abierta. En ella tienen cabida otras mujeres y ellas pueden disponer de su libertad para relacionarse con otros hombres. Nunca quiso casarse, ni tener hijos. No aceptó el Nobel que le concedieron en 1964. Estuvo muy al tanto de no caer en las trampas que pretendían subrepticiamente asimilarlo al sistema. Resulta curioso que, después de una relación de tantísimos años, Jean Paul y Simone sigan llamándose de usted. En esos años que relata, ella comparte su tarea de cuidarlo con otras mujeres que también lo tratan íntimamente. Se van turnando en sus compañías, en sus desvelos.

Los últimos años, su decrepitud, los asume con bastante estoicismo. En Autorretrato a los setenta años hacía un repaso de su vida, pero también hablaba de su mermada situación actual: “Mi oficio de escritor está totalmente destruido…En un sentido eso suprime mi razón de ser: fui y no soy más, si a usted le parece. Debería estar desanimado y por una razón que ignoro, me siento bastante bien”. Expresa su relación con la muerte: “No es que piense en ella; nunca pienso en ella, pero sé que vendrá”

En los últimos tiempos se declaraba satisfecho con su vida: “Hice todo lo que tenía que hacer…Escribí, viví, no me arrepiento de nada”. Pero Simone sufre, viéndolo tan decaído. Él le dice: “No recobraré nunca la vista”. “Temo que no”, le responde ella, y nos confiesa: “Fue tan desgarrador que estuve llorando toda la noche”. En 1980 es internado en un hospital para ya no salir vivo. Simone se muestra insegura en su actitud ante él: “¿No debería haber prevenido a Sartre de la inminencia de su muerte?”. Pero inmediatamente se responde, aliviándose: “Ya había sufrido bastante al asumir su ceguera, sus dolencias”. Las últimas frases de ella son de gratitud hacia la vida: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es; ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo”.

Sartre escogió pensar contra sí mismo. Era su forma de mantenerse alerta frente a la posible desactivación de su carácter combativo. No dar nada por sentado era su ejercicio cotidiano. Su valoración actual no es unánime. Hay quien dice que los filósofos lo consideraban un escritor, y los escritores un filósofo, como si hubiese sido un extraño en cada uno de esos ámbitos en los que desarrolló su pensamiento. Sus ideas no están de moda, pero quizá es que ahora ya no sea necesario resaltarlas porque la sociedad en la que vivimos, más liberal en las costumbres, considere que sus preceptos de libertad ya se estén cumpliendo, tal vez porque se entienda esta solo como un barniz superficial, vistoso. Pero, si hoy levantara la cabeza, el filósofo francés encontraría muchos motivos para no cruzarse de brazos. Gritaría contra la injusta desigualdad que tanto ha crecido y también contra la igualdad conformista. Acertar y equivocarse seguiría siendo el resultado de su coraje, de su conciencia altamente activa.

Jean Paul Sartre, por Simone de Beauvoir: los últimos años de un ímpetu revolucionario
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