En Insumisos, Tzvetan Todorov nos habla de diferentes maneras de enfrentarse al poder

El líder sudafricano Nelson Mandela
El líder sudafricano Nelson Mandela.

Mandela creía que el método para cambiar la sociedad en la que vivía no era el enfrentamiento visceral, la oposición recalcitrante, sino una aproximación al alma del enemigo.

En Insumisos, Tzvetan Todorov nos habla de diferentes maneras de enfrentarse al poder

En su último libro, Todorov nos refiere la actuación de unos cuantos insumisos de la historia del siglo XX y hasta del nuestro. Son personalidades muy variadas entre sí, muy diferentes maneras de luchar contra la hegemonía del poder, contra un dominio ideológico y de fuerza, en situaciones en las que el enemigo parece un inmenso Goliat al que no se le pueden hacer ni cosquillas, un orden abrumador contra el que parecen ridículos los esfuerzos de revocarlo, y donde lo más fácil parece una resistencia interior, intimidada por las notorias o veladas amenazas.

Curiosamente, los personajes que elige Todorov, resultaron en su mayoría supervivientes de sus batallas. Solo Etty Hillesum  y Malcolm X – del que habla solo lateralmente – fallecieron en el periodo de su lucha. La primera en un campo de concentración y el segundo asesinado por aquellos a quienes combatía. De Hillesum, la joven judía holandesa, este libro me ha llevado a lectura de su impresionante diario. De ella hablaré, más extensamente en otro artículo.

Germain Tillion fue una etnóloga francesa. Primero, cuando la invasión nazi, luchó con la Resistencia. Más tarde, en la guerra de Argelia, se dio cuenta de que ya no valía el patriotismo sino que debía considerar otros valores. No fue una mujer de pensamiento común. Soñaba con “una justicia despiadada con el delito y compasiva con el delincuente”. Como Etty Hillesum, también buscaba liberarse del odio. Tras seis meses de encierro, siente una sensación de paz y alegría, “la profunda tranquilidad de poder liberarme totalmente del odio y de la obsesión por los crímenes alemanes”. Tiene coincidencias con Nelson Mandela: “Es muy difícil odiar a personas a las que ves todos los días”. “Es indispensable imponernos una severa disciplina mental. Debemos desconfiar de la credulidad, de la desesperación, del entusiasmo, del odio…”.

En la guerra de Argelia, defiende la teoría de “los enemigos complementarios”. Y la explica:   “Para unos el terrorismo justifica la tortura, mientras que la tortura y las ejecuciones capitales hacían lícitos en opinión de los otros los atentados más asesinos”. No se opone a Francia, ni a Argelia, sino a las fuerzas intolerantes y extremistas presentes en ambos bandos. Defiende lo que llama “política de la conversación”, es decir, sentarse alrededor de una mesa, mirarse a los ojos, dirigir la palabra al otro y escucharlo; apostar por nuestra humanidad común en lugar de por la fidelidad al grupo. Opinaba, con razón, que la violencia humana es básicamente masculina. Su afán de ecuanimidad era una nota aislada en la sinfonía de las hostilidades.

“Todos los hombres, incluso los que parecen más insensibles, tienen un fondo de honestidad y pueden cambiar si sabemos llegar a ellos”.

El más admirable de todos los personajes de los que habla el libro es, para mí, Nelson Mandela. El líder sudafricano fue un hombre que accedió a la rara virtud de modificar la actitud de sus oponentes, pero no lo hizo de la forma habitual, como manipulación del otro para el propio beneficio o, ni mucho menos, valiéndose de una posición superior, sino como sutil invitación a que el oponente se transformara y fuera capaz de superar sus propias obcecaciones, sus intransigentes y ofuscados antagonismos. Y esto lo conseguía mediante la capacitación de una mirada contraria menos adversa, por medio del deslinde entre las ideas y las personas, del afecto nuclear que traspasa las desaforadas convicciones y resquebraja las más oscuras y  enraizadas enemistades.

Mandela creía que el método para cambiar la sociedad en la que vivía no era el enfrentamiento visceral, la oposición recalcitrante, sino una aproximación al alma del enemigo, la búsqueda de los puntos de afinidad, la comprensión, el ganarse las simpatías ajenas. Para ello resultaba decisiva esta creencia: “Todos los hombres, incluso los que parecen más insensibles, tienen un fondo de honestidad y pueden cambiar si sabemos llegar a ellos”. Este convencimiento había crecido en los años de cárcel: “Había vigilantes que pensaban que debían tratarnos correctamente. Y algunos de ellos eran de verdad hombres buenos”. Creía verdaderamente en que se puede recuperar al enemigo, hacerle recapacitar, desear transformarse en una persona mejor, más abierta, menos beligerante: “Si le mostramos un retrato de sí mismo, intentará parecerse a él”. Nelson Mandela demostró la eficacia de ese método que iba más allá de lo espiritual, transformándose en acción, en el aprovechamiento de saber conocer los resortes psicológicos del hombre para redimirlo de sus insanias.

Para Mandela, virtud moral y utilidad política han de ir de la mano. Resulta muy fructífero respetar al otro, el esfuerzo por comprenderlo, por hablar la misma lengua; revisar sus puntos de vista. Para alcanzar estos grandes e históricos objetivos, tuvo que sacrificar su vida personal: “Siempre había creído que, para luchar por la libertad, debíamos acallar casi todos los sentimientos personales”. En esto último, estaba de acuerdo Solzhenitsyn, que fue un escritor ruso que conoció y padeció – aunque no en la forma más grave – los campos de concentración soviéticos. (Continuará…)

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