Indio me llamaste, ahora hispano, seguís confundido soy maya: tu hermano

Mujer guatemalteca. / Archivo
Mujer guatemalteca. / Archivo

La tierra nueva no fue descubierta, fue repoblada y aporreada por manos blancas hambrientas de oro, opina la autora.

Indio me llamaste, ahora hispano, seguís confundido soy maya: tu hermano

No teníamos de ese dios brillante pero sí teníamos maíz, cacao, rostros rojos y café; teníamos astronomía, rituales y narraciones, héroes y reyes, vegetación. Poseíamos salud, comunidad, leyes, números, sabiduría, obsidianas, flechas y plumas, guerra y poder. Lo suficiente para vivir.

El genovés aquél no descubrió nada, solo amplió las fronteras y dio pie al desenlace que todos llevamos en las venas.

Ya éramos civilizados, a nuestra forma, como ellos a la suya, ya sabíamos doblar rodillas, a nuestra forma, como ellos a la suya.

¡Qué más da que se llame Quetzalcoatl o Cristo, si es pasión! Qué más da que la piel sea nívea si puede ser café como la tierra y negra como el frijol. ¡Cuán poco importó buscar similitudes y profesar lo que el nacido en Belén allá les recomendó!

Anclaron las carabelas, y llegaron a las indias hambrientos y muriendo de enfermos, el agua del nuevo mundo lavó sus pies al recibimiento y el calor abrazó sus cuerpos; tocaron tierra, buscaron comida, vida y progreso. Encontraron ojos color noche, rostros labrados por los dioses de Hun Ajpu e Ixbalanqué, vieron cabellos de eterno ébano y raíces pies. Decidieron no ver, hablaron y no hubo eco en castellano, hablaron y no entendieron, no escucharon, se sintieron indefensos ante lo nuevo y sonó el primer disparo, la tierra probó la sangre y la alfombra de verde vida se cubrió de carmesí.

Empezó la guerra por la nada, por lo que nunca terminarían de poseer, empezó la lucha por la tierra que no es de nadie, por los cuerpos materia, por metales inexistentes, por la comida que habían sembrado los abuelos y por educar a los que nunca supimos entender.

¡Cuánta sangre tragó la Pacha Mama!, cuánta soberbia ignorancia, cuánta muerte y dolor.

Se acabaron los reyes de tocados con plumas de águila y quetzal, las sagradas arrugas sapientísimas, las viviendas en circular armonía y la simbiosis perfecta con los dioses de este mundo: el sol, la luna, los animales, los dioses de piel: los hijos.

Y el frijol se volvió rojo, la mazorca también, los rostros se silenciaron y el peso del viejo mundo asedió los hombros de los seres del maíz.  El hilo fue transformado a ropas, las voces cambiaron y la tierra ya no las entendía, el animal ya no fue dios, fue solo comida, no hubo más héroes ni reinados ni princesas, murió la valentía, moría el linaje y nacía la santa colonización.

Nuestras bocas aprendieron a decir sus nombres y comenzaron a entendernos porque decíamos solo lo que querían oír, los vientres parieron a sus primeros vástagos y la sangre se mezcló. Ardieron en sendas fogatas nuestro pasado hecho códice, se lloraba y se sufría en otro idioma, ya no hablamos con los animales y no hubo más tiempo para volver la vista al cielo y buscar estrellas que nos marcaran dirección.

Ningún dios avisó de la llegada de estos seres de caballos y metal, ningún presentimiento hubo en los corazones sabios del filo de las espadas y los demonios que traían en sus seres, nadie sospechó, nadie imaginó la sed de las coronas tras el océano.

Mi vientre parió los primeros ojos azules con rostro indio, un milagro y un insulto a la vez, mis pechos amamantaron a mis hijos y a los tuyos, si yo daba vida ¿por qué no podíamos ser iguales solo por una vez?, ¿por qué matar a los valientes?, ¿por qué tuve qué verlos morir?

Llevé sol cosechando, limpiando y haciendo lo que me pedías, mis padres, mis hermanos y mis hijos construyeron tus casas, tu progreso, a tu nuevo y único Dios. Mis hijas te sirvieron y mi madre y mis hermanas entregaron sus vidas en nombre de tu civilización.

Se nos saqueó el futuro.

Queríamos que el dios del agua se los tragara y que nunca regresaran, pero siempre volvían, siempre había hambre de lo que enviábamos. Siento que tu Dios solo escucha a unos cuantos, a mí no;  será porque aún no sé decir bien su nombre, será porque sigo viendo en los ojos café del venado a mi propio Kej, mi propio norte, un tipo de dios.

Años pasaron, en decenas, en cientos, más de quinientos ya.

El dolor dejó expresión en nuestros rostros, el peso en los hombros se sigue cargando, aún no se va el hambre que trajeron y sigo siendo casi un animal para vos. Conservo mis ojos negros, mi pelo color carbón, mi piel ardiente de sol y del color de mi tierra, mis dioses todavía secretos, mi dolor. Los animales ya no me hablaron, al Cenzontle incluso le temo, pero guardo la esperanza de que un día la sangre de las heridas del pasado llenen las grietas y seamos iguales los dos.

Ya no miro las estrellas, ya no menciono a los héroes y los reyes borrados de la memoria, ya no busco el humo que se escapó con la sabiduría de nuestros códices, ya no canto en aquel idioma: casi ya no soy.

Indio me llamaste, ahora hispano, seguís confundiéndote, soy latino, maya, xib, winak, tu hermano, el verdadero rey de mi mundo, mezclado o puro, de ojos verdes u obscuros, indígena en resistencia. Soy el que vengo a resarcir.

 

Indio me llamaste, ahora hispano, seguís confundido soy maya: tu hermano
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