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Imprescindibles, documental que nos acerca la sabiduría artística de Ramón Gaya

La obra de este pintor al alcance de todos gracias al documental dirigido por Gonzalo Ballester y emitido por La 2 de TVE: Ramón Gaya: la pintura como destino.

Imprescindibles, documental que nos acerca la sabiduría artística de Ramón Gaya
El autorretrato.1990, de Ramón Gaya.
El autorretrato.1990, de Ramón Gaya.

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Javier Puig

Javier Puig

Articulista de literatura y cine, colabora en MUNDIARIO. Escritor de poemas y relatos.

La obra de este pintor al alcance de todos gracias al documental dirigido por Gonzalo Ballester y emitido por La 2 de TVE: Ramón Gaya: la pintura como destino.

El último Imprescindibles, en La 2, es un maravilloso documental dirigido por Gonzalo Ballester, acerca de la obra del pintor Ramón Gaya (1.910 – 2.005).  Ramón Gaya: la pintura como destino es una de esas aproximaciones al arte que nos remueven, que nos incitan a impregnarnos de él como espectadores, pero también a sentir cierta envidia por el poder creador de algunos hombres, porque envidiable es ese inmarcesible ímpetu artístico, esa forma de ser. Y es que el pintor nos lo dice así: que ese trabajo vocacional de toda una vida no lo ha sentido como algo que hacía, sino como algo que él era.

La labor creativa responde a una creencia, a una fe en algo que no se sabe lo que es, pero que se intuye, se persigue, irrenunciable; y tira del autor hacia adelante, lo implica, lo emplaza cada día ante sus herramientas, siempre situado en la expectación de lo que va a ser capaz de alumbrar, de esa plasmación de su espíritu en un objeto que lo exterioriza, una representación de un momento que resulta apreciable, enjuiciable, vivible por lo demás; y que se ofrece con vocación de permanencia, de eternidad.

Y, de entre los artistas, tengo la sensación de que, los más profusos, los más incansables, son los plásticos. Como dice Manuel Borrás: “Uno puede pintar la misma copa infinitamente y nunca será la misma”. O como explica el poeta Tomás Segovia: “El arte nos hace vivir lo que vivimos, darnos lo que ya tenemos. Pero eso es lo más difícil, claro: tener lo que ya tienes”. Y en eso abunda otro poeta, Francisco Brines: “La pintura intensifica la vida”. Y estoy de acuerdo. Creo que es una de las principales misiones del arte: intensificar la vida, es decir, resaltar esos aspectos que encierran destellos que comúnmente no apreciamos, trasladarnos lo que los otros ven, especialmente aquellos que tienen sus sentidos plenamente abiertos a una realidad de prodigios inagotables. El arte es una especie de selección suprema de la vida, una mirada que ilumina, que hurga en las profundidades que desecha la banalidad y rescata tesoros inconcebidos.

De Ramón Gaya dicen – pero podría decirse de cualquier genuino creador – que, aunque no tuviera los pinceles en la mano, estaba permanentemente pintando, “Era su manera de ser persona”. Pretendía dar un testimonio, no ya de la realidad -  que, aunque muy importante, es secundaria-  sino de la vida. Es decir, de la emoción que impregna el roce con lo que nos rodea; del sentimiento que nos incumbe, que nace de nuestra íntima relación con el mundo. Lo que pretende es hacer que el milagro de la realidad que capta resulte más perdurable. “La realidad me ha dejado siempre como anegado en ella, como embebecido, embelesado…” Para lograr esa mirada profunda, reveladora, es necesario estar solo, “alejarse del griterío que ensordece y embarulla ese lugar, esa concavidad que necesita la creación verdadera”.

El pintor viaja, muy joven, a París, y allí se decepciona de todas las vanguardias que lo habían deslumbrado antes, cuando se trastornaba mirando sus cuadros en los libros. Siente que, en esos autores – en Braque, Matisse, etc. - “había algo como de papel, que su obra no tenía sustancia”. No está de acuerdo con esa premisa contemporánea que indica que, para crear, hay que inventar formas. En esa aparente, ostentosa y deslumbrante creación se pierde casi siempre el arte. A partir de entonces, su pretensión no va ser pintar igual que los grandes maestros clásicos, pero sí partir de ellos, seguir una evolución bien enraizada.

Y no se calla cuando tiene que decir lo que piensa del arte moderno. Opina que en él hay: “Grandes camelancias revestidas de mucha pedantería, de mucha farsantería, y de mucho negocio”. Del museo Pompidou opina que es una barraca de feria. Del homenaje de Tàpies a Picasso, en Barcelona, que es una imbecilidad absoluta. El entrevistador le pregunta si no tiene miedo de hacerse muchos enemigos: “Yo tengo casi todos los que se pueden tener”, responde, riéndose.

Su obra se valora como un ejemplo moral y ético altísimo, pues él, como artista, se debe, por encima de las modas, a la vuelta de la esencia en la pintura. Esperaba un futuro con un mundo artístico más ético, “con más ley, con más verdad”. Toda la vida se ha dedicado a ese trabajo vocacional. Lo que hace, ya muy avanzado de edad – moriría a los noventa y cinco años – le sigue pareciendo “preparación para el día siguiente”. “Uno sigue trabajando creyendo que alcanzará – no una maestría – sino una obra completa, rotunda. Pero no se trata de eso tampoco, sino de terminar esta vocación en algo vivo, natural, naciente”. A lo que hay que llegar no es a esa maestría sino a un principio. Para Francisco Brines, hacer un buen arte supondría recuperar la mirada del niño que permanentemente está estrenando el mundo.

Durante el documental, vemos numerosos cuadros. No se nos deja apenas tiempo para disfrutarlos, aunque ya advertimos claramente su belleza. Como dice el pintor Luis Marsans de la apreciación del arte: “Regalar no te regalan sino el engaño. Hay que hacer un esfuerzo para disfrutar de un cuadro, igual que para todo lo bueno de la vida”. Es lo que me apetece y pienso hacer en cuanto pueda: acercarme al Museo Ramón Gaya, de Murcia, y allí hacer unos pequeños esfuerzos para percibir, en el mayor grado posible, la fuerza de esos cuadros; y que se cumpla así la gran promesa que he sentido al ver y al escuchar estas bellísimas formas de concebir la pintura.