La imaginación puede ayudarnos a sentir, pero pocos sentimientos son verdaderos

Allen Jones.
Allen Jones

No olvidaré lo que sentí, pero he decidido volver a mi burbuja. Porque la paz se gana en el interior y se pierde en esas formas de la soberbia... Nuevo relato de esta autora.

La imaginación puede ayudarnos a sentir, pero pocos sentimientos son verdaderos

No olvidaré lo que sentí, pero he decidido volver a mi burbuja. Porque la paz se gana en el interior y se pierde en esas formas de la soberbia... Nuevo relato de esta autora.

Cada año de mi vida ha sido un episodio. Tan triste, que ni siquiera soy la protagonista. Guardo imágenes que se suceden de vez en cuando destilando colores y bruma en mis ojos. Estos días, el déja vu me ha trasladado a un sueño de hace años. El recuerdo se resume en la sensación de angustia que provocan las presiones, cuando todos eran mayores que yo, ocasiones que retornan inenarrables.

Me pregunto lo que habrá después además de arrepentimiento. Quiero seguir por si acaso. Soy feliz sin los demás… Podría descubrir una nueva gama de grises. Pero, ¿es la felicidad un préstamo del Cielo? ¿Por qué los paisajes me parecen artificiales? ¿Por qué Dios manda y Roma obedece?

Me gustaría tomar las riendas de una constelación y viajar al infinito, adornar mi pelo con la estrella Polar, impregnarme de aurora boreal. Socavar el Universo en busca del trono de Jesús. Y en el reino de Oriente, orgías de sangre pervierten doncellas; paganos de la selva, en el trópico, dibujan las alturas con piedra tallada. Una diagonal peninsular abre una brecha, la Atlántida entra en erupción y escupe oro.

Mis sábanas son una muralla al frío. He vivido tantos sueños que tengo la madurez de Matusalén, pero el cuerpecito de un pez de estanque: lánguida, espigada. Así que ha llegado la hora de que la familia esquimal abandone a esta anciana en un iceberg, donde los pingüinos podrían pescar para mí.

Quizá me asole el viaje astral, del cual destaco los montes Tauro de Turquía y la lengua muerta de mis pensamientos. Empezar a dar vueltas sobre mis pies y cambiar el rumbo del Planeta.

Quiero tatuarme un corazón en el pecho y dibujar corazones en el jeroglífico de mi tumba. Me gustaría ganar la batalla contra Marco Antonio y plantar tulipanes en sus tierras. Abandonar el emporio de esta ciudad y conquistar el Mundo con mi voz.

Me apetecen unos vaqueros Levi’s y colorete para correr mi marcha por la libertad en los pasillos de la facultad, donde aclamaré mis poemas.

Mañana será otro día y sólo me arrepentiré de que me hayan conocido. Tendré que aprender a interpretar el papel de chica de turno cuando, tal y como lo siento, me enamoré de algunas pero no de la indicada. Cuando estoy aquí para que estén todos y persista el show de mi desgracia hasta que los nervios me quiten la vida.

Ayer murmuraban las paredes. Creí que todo era mentira, que me iba a rogar con su pistola un perdón apasionado, pero debió de elegir mi prestancia para explicármelo… En realidad no es más que un pelele, si no de su novia, de algún jefe. Otra vez me pierdo, acierto de nuevo. Les deseo la cadena perpetua y cinco siglos más de represión hasta que se divorcien o sus hijos se les rebelen.

¿Qué será lo siguiente? ¿Un maremoto? ¿La clonación de mi alma? Estoy harta de dar lecciones a la vida y de que todos bailen merengue sobre el pupitre.

Como iba diciendo, recupero secuencias de estrépito, como si el cosmos me hiciera remar tempestades con destino al agotamiento y la calma final. Un tiroteo me despertó una madrugada: bajo mi ventana se oficiaba un Vía Crucis.

Hay que sufrir para ganar sensatez. Muchas veces no se puede intentar nada más que dejarlo ir, torturarse hasta olvidarlo. Con tantos miles de millones de tristezas, nadie será un mártir, así que carpe diem, sigamos adelante con esta relación. Por mucho que reincida en mi bondad, nada me hará cambiar, nadie acallará mi plática, esta lucha de las mareas y el viento… Muchos se cruzan en mi camino, nadie sabe a dónde voy. Yo no sé en qué me he convertido, supongo que un cisne migratorio. Todo me ha traído a casa como la marea a las basuras, en la orilla de mis ojos las lágrimas hacen surcos. Como en un pozo sin fondo, siento más y más y cada vez más turbio: alguien me ha lanzado como una moneda de la suerte. Me precipito a algo, no sé lo que va a pasar. ¿Y si hay revuelta y un apagón? ¿No es el sexo salvaje? ¿Cuándo inventaron el calor de un abrazo? Pero sigamos viviendo e hiriendo heroicidades, sigamos sacrificando al obrero para lucir mejores galas. Invadamos el Paraíso que nadie merece para dejarlo estéril. Descubramos lo último de la Física para que, quien lo entienda, sea desterrado. Porque el drama es de mentira. Morid, malditos, porque no me queríais. Os van a colgar una medalla y, con ella, podréis ahorcaros. Yo me encargo de invadir Polonia.

  

La imaginación puede ayudarnos a sentir, pero pocos sentimientos son verdaderos
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