La Ilustración y las disputas entre Rousseau y Voltaire: un choque de filosofías
De no haber tenido que nacer entre dos siglos –XX y XXI—, donde Enrique Sánchez Diescópolo se quedó corto, muy corto, haciendo un tango llamado «Cambalache» dónde no se alejaba más allá del siglo XX, ese siglo (y lo que va del siguiente) problemático y febril, que el que no llora no mama, y el que no roba es un gil, donde resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, donde da lo mismo ser un burro que un gran profesor, donde es lo mismo quien labura noche y día como un buey, que el que vive de las minas, que el que roba, que el que cura, o está fuera de la ley una retahíla de maldad insolentemente insolente. Todos revueltos en un mismo y repugnante merengue de impostura y sinrazón – me hubiese agradado mucho más poder haber nacido en dos épocas de la historia: en el Renacimiento Italiano de Florencia. O en el siglo de la Ilustración en París.
Siempre como señorito, ¡claro está! Nada de bellaco plebeyo. Tampoco como déspota monarca ni perteneciente a corte alguna. Con que no me molesten mucho, lo aceptaría, sin tener que comer tortas si es que no hubiese pan (muchos historiadores afirman que María Antonieta jamás dijo esa frase tan manida)
Durante el siglo XVIII, la Ilustración europea estuvo marcada por intensos debates filosóficos que influyeron en la política, la moral y la sociedad.
Entre estos debates, destaca el enfrentamiento intelectual entre Jean-Jacques Rousseau y Voltaire, dos de los pensadores más influyentes de su época.
Aunque ambos compartían un rechazo absoluto al Absolutismo y al Dogmatismo religioso, sus diferencias ideológicas y personales los llevaron a una de las polémicas más notorias del pensamiento ilustrado.
A pesar de que, tengo entendido que no llegaron a las manos, ni se retaron a primera sangre con florete en cualquier amanecer de los bosques parisinos.
Lo que hubiese molado infinitamente más, como fácil, es de comprender para personas de mi ralea: porque el hombre podrá morir, pero nunca la idea.
Jean-Jacques Rousseau sostenía una visión idealista de la humanidad.
En su obra Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, argumentaba que la civilización y el progreso habían corrompido al ser humano, alejándolo de su estado natural de bondad e igualdad.
Para él, la propiedad privada era la raíz de la desigualdad, y solo a través de un pacto social basado en la voluntad general se podía alcanzar una sociedad justa.
O lo que venía a decir mi insigne profesor de filosofía – a quien tanto quise – “El hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le corrompe”
Por otro lado, Voltaire, célebre por su ironía y agudo sentido crítico, tenía una visión pragmática y realista.
Acaudillaba la razón, la tolerancia y la libertad de expresión como pilares del progreso. A diferencia de Rousseau, veía en la civilización y el desarrollo científico herramientas fundamentales para mejorar la vida humana.
En sus obras, como Cándido, criticaba con mordaz sarcasmo tanto el fanatismo religioso como la ingenuidad filosófica (forma sutil de llamar a Rousseau tonto de capirote).
El enfrentamiento entre ambos filósofos se hizo evidente en sus intercambios epistolares y en sus escritos. En 1755, Rousseau envió a Voltaire su Discurso sobre la desigualdad. La respuesta de Voltaire fue sarcástica y crítica: “Nunca se ha empleado tanto ingenio en querer hacernos volver a ser bestias”.
Voltaire rechazaba la idea de que la civilización fuera el origen de la corrupción humana y consideraba la propuesta de Rousseau como utópica e impráctica (y otros calificativos más que resulta más prudente no plasmar aquí; al menos por el momento).
Otra disputa clave surgió tras el terremoto de Lisboa de 1755, una catástrofe que destruyó gran parte de la ciudad y dejó miles de muertos.
Mientras que Rousseau veía el desastre como una consecuencia de la acumulación de personas en un entorno artificial y urbano, Voltaire lo utilizó como argumento en su Poema sobre el desastre de Lisboa, criticando la idea de un mundo regido por un orden divino.
Rousseau, en respuesta, le escribió una carta reprochándole su visión pesimista y acusándolo de fomentar la desesperanza. Ese Rousseau era un blando pusilánime; queda palpable.
De llegar a nacer en estos siglos actuales, destrozaría a su pobre mamá, queriendo entrar de nuevo en el útero materno, que se debe estar en la gloria.
El choque de personalidades resultaba evidente, pero sin siquiera un reto a primera sangre al amanecer y sin padrinos.
Más allá de sus diferencias filosóficas, la rivalidad entre Rousseau y Voltaire también tenía un componente personal. Voltaire, de espíritu satírico y cosmopolita, veía en Rousseau a un idealista radical (y muchísimas más cosas, de las que mejor no hablar), mientras que Rousseau consideraba a Voltaire un aristócrata cínico alejado de la verdadera naturaleza del pueblo.
Sus desencuentros no fueron solo académicos; Rousseau llegó a acusar a Voltaire de conspirar contra él y de manchar su reputación. ¡Ea! ¡Toma ya!
A pesar de sus diferencias, ambos pensadores dejaron una huella indeleble en la historia. Rousseau influyó en la Revolución Francesa con sus ideas sobre la soberanía popular y la igualdad (Libertad. Igualdad. Fraternidad: Allons enfant de la patrie
Le jour de gloire est arrivé), mientras que Voltaire inspiró la lucha por la libertad de pensamiento y la separación entre Iglesia y Estado.
Su disputa simboliza el dilema entre el idealismo y el pragmatismo, una tensión filosófica que aún resuena en los debates políticos y sociales de la actualidad.
Total para nada. ¡Esto de ahora, es un disparate chabacano y gamberro! Se mire por el ángulo que usted quiera.
Así, aunque separados por sus visiones del mundo, Rousseau y Voltaire contribuyeron de manera decisiva a la construcción del pensamiento moderno.
Su enfrentamiento, lejos de ser un simple conflicto personal, representa uno de los debates fundamentales sobre la naturaleza humana, la sociedad y el papel del progreso en la historia.
Yo soy más de D. François-Marie Arouet, ¿qué quieren que les diga?
¡Dónde va a aparar!
No creo que el hombre sea bueno por la naturaleza.
Lo que sí que es obvio es que la sociedad lo hace más perverso todavía.
¡Apañaos estamos! @mundiario