Tras la “igualdad” de género y la justicia otras intenciones y otros intereses

Hombre y mujer superheroes.
Hombre y mujer superhéroes.

Es un tema que ha hecho pasar desapercibidas la corrupción, la desigualdad social y la injusticia, y ha derivado en la confusión y las interpretaciones erróneas.

Tras la “igualdad” de género y la justicia otras intenciones y otros intereses

La relación existente entre el hombre y la mujer es una relación de complementariedad, de ayuda mutua y de una perfectibilidad conciencitivo-existencial alcanzada en el momento de unirse con la propia pareja. La propia naturaleza del ser humano es la que determina lo que será en el futuro, en cuanto a las funciones sociales de ambos sexos se refiere, condicionadas y fijadas genéticamente por las funciones biológicas específicas de cada uno de ellos. La relación de complementariedad entre el hombre y la mujer no debe confundirse con la de igualdad. En primer lugar, ¿qué acotaciones ponemos al término “igualdad”, y en qué campo lo encasillamos? ¿En qué argumentos nos apoyamos y con qué razón defendemos la igualdad de género cuando lo único que se hace es mirar en las consecuencias de la desigualdad de género, achacando esta última a unas visiones androcéntricas, a la “superioridad masculina”, y a la tradición o a las leyes religiosas?

Las causas de la desigualdad de género son mucho más complejas, y precisan de una visión analítica mucho más rigurosa, que trata el conjunto y cada una de dichas causas – y sus subsiguientes consecuencias- según los diferentes factores que afluyen y se intercalan el uno en el otro: religiosos, tradicionales, naturales o genéticos, sociales, etc.; y cada uno de éstos, a su vez, requiere un análisis exhaustivo y crítico. La mujer ha sido genéticamente preparada para desempeñar cargos que el hombre no puede desempeñar, y viceversa. Esto queda latente, por ejemplo, en cómo la naturaleza ha hecho de la relación madre-hijo, en el periodo de la lactancia, un todo unido, tiempo durante el cual el niño se siente identificado y adherido a un ser al que considera él mismo. Se trata de una dependencia total, una entrega total del niño al seno maternal, de modo que cualquier anormalidad en esta relación redundará en perjuicio de su desarrollo personal y psicológico. La dependencia es tan grande que cuando el niño se despierta y no siente a su madre a su lado, o cuando ésta se aparta de él por un tiempo largo, reacciona con gritos para restablecer y mantener tal dependencia, al darse cuenta de que la está perdiendo. En tal caso, ni el padre ni cualquier otra persona podrán interponerse para sustituir esta relación dicotómica todavía mantenida desde que fue unido a su madre por el cordón umbilical. Así pues, la igualdad en el reparto de los papeles sociales entre el hombre y la mujer, en cuanto a la educación de sus hijos se refiere es muy discutible, por la predisposición genética con la que ha dotado, caracterizado y preferido el uno sobre el otro la naturaleza.

Los abusos que del término “igualdad” se hace, la visión nubilosa con la que se intenta traspasar dicho término para llegar a derechos que la propia naturaleza ha dado a un sexo pero no a otro, ha derivado en graves problemas sociales y la confusión.

Al hablar de igualdad, hay que poner ésta en sus propios límites, y procurar que los papeles desempeñados por el hombre y la mujer en la sociedad sean complementarios. La incorporación de la mujer al mercado laboral, en iguales condiciones que el hombre, su derecho a ocupar altos cargos en el país, así como el reconocimiento de los grandes logros que ha aportado a la sociedad, son todos ellos una muestra de que su situación se ha mejorado mucho, y de que tales derechos son justos y razonables. No obstante, los abusos que del término “igualdad” se hace, la visión nubilosa con la que se intenta traspasar dicho término para llegar a derechos que la propia naturaleza ha dado a un sexo pero no a otro, ha derivado en graves problemas sociales y la confusión. Se denuncia la desigualdad donde la hay de verdad, como cuando se pide una mayor representación femenina en las instituciones del Estado, pero otras veces se denuncia donde no la hay, donde un vago y agitado sentimiento feminista procura meterse hasta en el orden familiar y cambiarlo.  

Con todo lo anterior buscamos trazar una línea divisoria entre aquella igualdad, que consiste en la posesión de los mismos derechos sociales entre el hombre y la mujer, y que es justa y razonable, y la otra que se vuelve más bien complementariedad al enmarcarla en el ámbito familiar. La primera es factible, porque es combatible con la naturaleza biológica de ambos sexos (trabajos manuales e intelectuales, la innovación, la puesta en práctica de nuevos proyectos, producción científica, etc.), y por esta razón le llamaríamos “igualdad bilateral asociativa”; la segunda, a la que llamaríamos “complementariedad bilateral”, es una característica innata con la que están dotados el hombre y la mujer de forma distinta.

Se achaca a la religión la desigualdad entre el hombre y la mujer, por sus leyes y posturas ante la mujer. ¿Acaso acertamos cuando afirmamos esto? ¿Acaso las las leyes religiosas son una imposición, algo que obliga a la mujer a ser de tal manera? El fin último de las religiones es buscar el bien a todos, y solo después pone a todos en la opción de elegir entre aquellas leyes que propugnan, y que son las que que mejor conocen la naturaleza del ser humano antes de ser establecidas, y aquellas otras que emanan del pensamiento humano, y que por ello pueden ser imperfectibles y falibles. ¿Esto no es acaso igualdad y a la vez libertad?

El velo es una elección propia de la mujer musulmana, viéndolo como parte de su identidad, igual lo ve una monja con un velo también y un collar con la imagen de Jesús. La poligamia es una elección propia de un hombre con el acuerdo de una mujer, igual que el celibato de un sacerdote que ha elegido la castidad por sus creencias religiosas. Tanto en el primer caso como en el segundo podemos hacer una especulación acerca de las consecuencias psicológicas que de ello derivan: el polígamo nunca podrá conseguir un trato igualitario entre dos o más mujeres, por la complejidad y diferencia de sentimientos hacia una u otra, y el sacerdote estará siempre privado de su pareja, y su concepción teórica del amor nunca podrá experimentarse si no ama y se casa. Al final, son esos sentimientos de felicidad personal admitida por la sociedad, en el primer caso, y las creencias religiosas, en el segundo caso, los que les ha llevado a optar por este estilo de vida. ¿Pero acaso tenemos el sentimiento y el pensamiento de un sacerdote y un polígamo para sentir y pensar lo mismo que ellos?

Hechos como éstos no afectan a la sociedad y no pueden causar ningún daño, comparándolos con la pedofilia, la violencia de género, la droga y demás lacras sociales que sí merece la pena criticar y subsanar, por los graves daños que han producido. ¿Por qué cuestiones tan simples como el velo islámico cobra tanta importancia, sabiendo que no causa ningún daño a la sociedad si sus actores lo han asumido con convicción y libertad?

En un contexto de crisis económica que afecta a las capas más bajas de la sociedad, en un capitalismo corrosivo productor de la desigualdad social, se sacan cada día temas tan simples como el velo islámico para convertirlos en polémicos, y así poder desviar la atención de unos ciudadanos que aspiran al cambio social, a la justicia y a la vida digna. Así, pasan desapercibidos hechos como la corrupción, la desigualdad social y la injusticia, que contrastan con otros, como la justicia y la igualdad social, aplaudidas en los discursos políticos, pero cada vez más alejadas de la realidad.

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