Huyendo de Ho Chi Minh (la ciudad donde mueren las almas rotas) por las aguas del celestial Mekong

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Atravesando los canales del Delta del Mekong. / Xantia Alonso

De Phnom Penh (Camboya), a Ho Chi Minh, la antigua Saigón. Esa es la pulsión de mi brújula. Tras una rápida parada en la frontera terrestre en la que, en realidad, no controlan nada, por fin me hallo en territorio vietnamita.

Huyendo de Ho Chi Minh (la ciudad donde mueren las almas rotas) por las aguas del celestial Mekong

Saigón, ¡qué hermoso nombre para tan desagradable escenario!. La música, altísima; neones por doquier y decenas de clubes en los que presumen de sus bellas, aunque ataviadas con muy poca ropa, mujeres. Entrenadas ellas para entretener y ayudarte a consumir aquello que desees. Aciago espectáculo en la calle principal en el que me han ofrecido casi de todo en cuestión de minutos. Tengo la sensación de que nada bueno va a salir de aquí.

Empiezo por recorrer los horrores de la guerra en el War Remnants Museum. El mayor orgullo nacional es haberles ganado a los americanos. Se me hace un nudo en la garganta con las desgarradoras historias de los supervivientes, con las fotos de los efectos del agente naranja sobre la población, las salas de tortura y el cruel relato de las diversas atrocidades de los humanos.

rsz_img_20161128_194825Estatua de Ho Chi Minh y edificio del ayuntamiento en Ho Chi Minh. / Xantia Alonso

Conozco, por casualidad, a un grupo de europeos que trabajan en Ho Chi Minh desde hace años. Otra vez las mismas preguntas. Me siento como en una entrevista de trabajo: “¿De dónde eres? ¿Dónde has estado antes? ¿A qué te dedicabas? ¿Por qué lo has dejado? ¿Qué planes tienes? ¿Y la crisis en España?...” Mantengo esta misma conversación, cada día, varias veces, con diferentes personas. No lo soporto más. ¿A quién le importa nada de esto?. Hablemos de pasiones, de ideales, de darle la vuelta al mundo en todos los sentidos de la palabra, de lo que nos quita el sueño, de música o de cualquier cosa que nos alegre el alma. Esta noche decido que es la última vez que me someto a una de esas radiografías insulsas sobre hitos que no me definen. Ya no.

El tedio también depende

Mientras contesto impotente a las preguntas, piloto automático encendido, uno de los chicos se me acerca y me susurra al oído: “Esto es pura basura, déjame mostrarte otro sitio”. “Estoy bien” -, contesto mientras me pregunto si era tan obvio mi hastío. “Si no te gusta, en menos de media hora estamos de vuelta”. Le miro fijamente a los ojos, dudo por unos segundos, pero me levanto sin decir nada dejando mi cerveza entera sobre la mesa. Noto como las miradas del grupo se clavan sobre nosotros, pero no me importa, siento una especie de alivio al irme.

“Tenía que rescatarte”-, dice el chico misterioso. No digo nada y él comienza una vez más la vieja matraca: “Dime, ¿quién eres? No me interesa nada de tu pasado, ni de tu familia, ni tus títulos. Únicamente quiero saber quién eres”. “No soy nadie”-, contesto desconcertada. “¡Venga ya!. ¿De verdad no sabes decirme quién eres?. Eso es porque todavía no eres consciente de lo que eres capaz. Dime algo, ¿eres de las que está huyendo o de las que se está buscando?”. “A la gente de mi tierra no nos gusta demasiado jugar con las certezas absolutas, somos capaces de ver lo relativo en la evidencia más categórica”. Lo dejo descolocado. “¿Qué quieres decir?- me mira intrigado Alexandru, que es como se llama el chico misterioso. “Que depende Alex, que todo depende de cómo lo mires”.

Un grito desde las entrañas

“Sentémonos”- me invita a que le siga mientras se acomoda sobre la acera sin pestañear. “Míralos. Parece que no tienen alma. Quizá se la quiten para entrar aquí. Son solo disfraces, son solo las ropas que llevan puestas. Parece que solo les preocupa estar guapos para salir bien en la foto”. Pienso que esta conversación también me la sé de memoria, así que mantengo la mirada perdida entre los muchos transeúntes que nos esquivan perplejos sin prestarle demasiada atención. Hasta que Alex comienza a gritarle a alguien alzando cada vez más la voz.

"Míralos. Parece que no tienen alma. Quizá se la quiten para entrar aquí. Son solo disfraces, son solo las ropas que llevan puestas". “¡Pedófilo, eres un maldito pedófilo"

“Oye, perdona, ¿puedo hacerte una pregunta?”. No alcanzo a distinguir a quien se dirige hasta que pasa por mi lado. Es un tipo de mediana edad, extranjero también, que finge no escuchar a Alex. De modo que éste eleva aún más su tono de voz y le vocifera si sabe que la pedofilia está prohibida en este país. “¡Pedófilo, eres un maldito pedófilo”.

El individuo solo acierta a responder con un sutil corte de manga y sigue su camino con una niña vietnamita de muy corta edad a su lado. Se desvanecen entre la multitud y yo me quedo allí, petrificada, inmóvil en mitad de la acera, sin saber qué hacer porque, en realidad, esta conversación no me la sé.

No te conviertas en un robot como los que vivimos aquí, que asistimos pasivos, inertes, indiferentes ante este escenario de esclavitud sexual infantil

Miro a mi compañero agonizante, impotente y llena de rabia. “No. No puedes ni debes hacer nada. Tú no. Pero, por favor, nunca lo naturalices, no lo interiorices como si fuera lo normal. Que se te sigan encogiendo las entrañas cada vez que la injusticia se cruce en tu camino. No te conviertas en un robot como los que vivimos aquí, que asistimos pasivos, inertes, indiferentes ante este escenario de esclavitud sexual infantil, porque es lo cotidiano para nosotros”. Aún no ha terminado de hablar cuando dos guardias de seguridad nos obligan a irnos de allí.

 

rsz_img_20161129_130441Bus con camas, Vietnam. / Xantia Alonso

 

Ho Chi Minh me parece un pozo nauseabundo donde mueren las almas rotas. Definitivamente quiero irme. A los pocos días me dirijo a la estación de autobuses y pido un ticket hacia Can Tho. “Quiere una cama señora?”-, me pregunta el dependiente. “Pero ¿no son tan solo 4-5 horas de trayecto?”, dudo curiosa. Me responde afirmando risueñamente. Le escribo el nombre de mi destino en mi mano. Continúa sonriendo. Claramente no nos estamos entendiendo. De acuerdo, ¿sabe qué? Dele un bus cama a esta señora y a ver a dónde me lleva. Le transmito este pensamiento con un ademán. Al final me parece el mejor bus de la historia. Ojalá hubieran sido más horas.

A quien madruga…

Como de costumbre he dejado que sea la diosa fortuna quien me guíe. Lo único que sabía es que quería llegar al Delta del Mekong. Llegamos a Can Tho. Los taxistas abordan a la única turista del bus. Como en realidad no tengo un destino concreto a donde ir, sigo a los locales y voy en transporte público sin saber muy bien en donde pararme. Finalmente veo el río y decido que es un buen momento para bajarse y buscar hospedaje. Los vietnamitas han resultado ser los negociadores más obstinados con los que me he cruzado, pero finalmente llegamos a un acuerdo. La habitación, aunque muy humilde, es sólo para mí. No recuerdo la última vez que dormí yo sola. Duermo en habitaciones compartidas, a veces son mixtas y dormimos en literas infernales en las que te mueves al compás de los movimientos del otro.

 

rsz_img_20161130_062015Llegando al mercado flotante de Cai Rang en Can Tho. / Xantia Alonso

Una se acostumbra a todo en esta vida, y reconozco que me siento un tanto extraña allí, yo sola. Pero no lo cambio por nada. Salgo a conocer el pueblo y varios paisanos intentan convencerme de que haga el tour para visitar el mercado flotante. Decido dejarlo al azar y levantarme bien temprano. Conocedora de que, como muy tarde, debería conseguir un barco que me llevase antes de las 4.30 de la madrugada, en un acto de extrema heroicidad por mi parte, a las 3.30 me veo dejando atrás este exquisito lapsus de soledad e intimidad con el que el destino me había bendecido. Me dirijo al puerto, soñolienta y noctámbula. Allí me asalta una anciana de diminuta complexión que me coge de la mano como si fuéramos pareja y me dice que su hija me llevará al mercado. Me muestra la canoa, que será para mí sola y por la mitad de precio de la que me ofrecían el día anterior. Esta amable ancianita va a echarme a los cocodrilos y quedarse con todo mi dinero, pienso yo. Bueno, si va a ser así que sea con un café en el estómago, al menos. Me lleva a un modesto y mínimo local donde más ancianitos adorables están echando la partida. Eso es ludopatía y lo demás son tonterías pienso mientras me preparan un café instantáneo con agua del grifo y al que añaden, para rematar, unos hielitos. Como a estas alturas del viaje una se cree inmortal, aquellos tragos me parecen deliciosos.

Todos los sentidos alerta

Atravesar el Mekong sobre un viejo cayuco de madera mientras amanece, me parece celestial. ¡cuántos secretos albergarán esas oscuras aguas, cuántas tragedias habrán tenido lugar entre los canales de tan frondosa región. Siento como una fuerza persiguiéndonos, acechándonos sigilosamente, queriéndonos decir que dejemos de perturbar la tranquilidad de sus majestuosas aguas. Supongo que la magia de lo desconocido hace vibrar mi imaginación o quizá simplemente no he dormido lo suficiente.

 

rsz_entrando_en_el_mercadoMercado flotante de Can Rang, delta del Mekong./ Xantia Alonso

Comienzo a divisar en el horizonte la mercaduría flotante. Hay un increíble y sublime orden entre los cientos de embarcaciones, como si de un tablero de ajedrez se tratase. Se agrupan según la mercancía que venden. La mayoría ofrece productos agrícolas y para dar a conocer su stock usan una técnica muy visual que consiste en atar en el extremo superior de una vara de madera una muestra de su género, como una bandera, como un distintivo. Se sustancian compra-ventas e intercambios entre economías domésticas y otros para el aprovisionamiento de barcos de largo recorrido. Ante la imposibilidad de construir una carretera y beneficiándose de la ausencia de impuestos, el Mercado Flotante de Cai Rang, que es el más próximo al pueblo de Can Tho, se ha convertido en uno de los que más actividad presenta en todo el Mekong.

 

rsz_1img_20161130_062903Mi barquera aprovecha para hacer la compra del día./ Xantia Alonso.

 

Para dar a conocer su stock usan una técnica muy visual que consiste en atar en el extremo superior de una vara de madera una muestra de su género, como una bandera, como un distintivo

Hay un enigmático silencio, como si ya todo hubiera sido acordado previamente y tan solo estuvieran actuando para mí. Cierro los ojos para sentir los olores del amanecer, para saborear el olor de las frutas recién recogidas. Son tan intensos que podría aún ahora transportarme a ese preciso instante.

Le pido a mi barquera que nos perdamos por los pequeños canales del Delta y una explosión de sonidos nos acecha cada vez con más fuerza a medida que nos adentramos en lo desconocido. Solo estamos ella y yo, no vemos un alma en horas. Estamos indefensas, expuestas a los antojos de la madre naturaleza quien en su infinita benevolencia nos acaba devolviendo salvas a puerto, unas horas después.

 

rsz_barquitoscBarcos vendiendo agrupados según género. / Xantia Alonso

 

Ya de vuelta en Ho Chi Minh no puedo dejar de pensar en la niña del primer día, la primera de las muchas con las que luego me crucé. Me pregunto constantemente como sería su vida y quién le habría hecho algo así. Ya no hay guerra en Vietnam, pero yo no paro de ver caminar por sus calles a personas devastadas, almas rotas, inocencias subastadas, cuerpos abusados, vidas mutiladas y una impasibilidad estremecedora ante los abusos contra los más débiles. @mundiario

 

 

 

Huyendo de Ho Chi Minh (la ciudad donde mueren las almas rotas) por las aguas del celestial Mekong
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