Homosexualidad y Dios

Persona lee la Biblia / Pixabay
Persona lee la Biblia / Pixabay
Hoy creo firmemente, luego de una reflexión que quizá antes no hubiese hecho, que la Iglesia debe iniciar un proceso de apertura para la aceptación oficial de la homosexualidad.

Antes que nada, quiero disculparme con mis lectores, quienes han debido leer en muchos de mis escritos precedentes una indudable marca conservadora (en el sentido negativo de este término). Estoy viviendo momentos intensos y difíciles, esos en los que el ser humano se encuentra nuevamente, en que el hombre aprende a ver, a veces a fuerza de golpes de cincel, diferentes perspectivas en muchas cosas de la vida.

No sé si la homosexualidad puede ser o no catalogada como una enfermedad o un desorden físico. Sobre esto, aún hay posiciones de todo tipo —muchas científicas y otras no tanto—. De lo que estoy seguro es que nadie elige ser homosexual. Creo que se nace siéndolo.

Los homosexuales no solamente sufren el rechazo de las sociedades seculares, sino principalmente —y esto es de lo que quiero hablar hoy— de las comunidades religiosas. Esto se debe a una condena expresa en la Biblia, por una parte, y a un razonamiento naturalista vinculado al teísmo, por otra. En todo caso, los escritos bíblicos, literatura profundísima por el hecho de ser sagrada, deben ser leídos con un espíritu crítico al mismo tiempo que devoto. Así, sabremos, por ejemplo, que quienes los escribieron movieron sus plumas condicionados también por presiones sociales y coacciones conductuales de la misma iglesia primitiva.

En realidad, y teniendo en cuenta que Jesucristo hizo su vida de prédica y obró milagros junto con prostitutas, descreídos, avaros, publicanos y otro tipo de pecadores, no habría razón para pensar que ninguno más que los de Sodoma y Gomorra fuera homosexual o practicara la homosexualidad. Probablemente —y yo diría seguramente— alguno más de los más importantes e ilustres personajes bíblicos lo fue.

Aquel Dios de Abraham, Isaac y Jacob, inmutable, perfecto, es en realidad el mismo que el del Nuevo Testamento. En esa gran transición, cambiaron solamente formas: la Alianza y algo de la cultura judía. En ese sentido, el relato bíblico debe entenderse siempre en el contexto de la cultura y el ánimo y los impulsos del escritor. No es lo mismo leer, por ejemplo, un bello salmo sentimental de David que una reprensión epistolar de Pablo. Volviendo sobre el asunto, creo que la cuestión de la homosexualidad en Sodoma y Gomorra, y su consecuente reprensión divina, deberían ser seriamente repensadas por casi todas las denominaciones cristianas.

Hablando en un plano mucho más humano y terrenal, los homosexuales han dado pruebas de poder ser tan virtuosos como los heterosexuales, o más incluso. Un ejemplo es Sócrates, probablemente el mayor moralista por debajo de Jesús. Leonardo fue homosexual posiblemente, y fue uno de los mayores inventores de todos los tiempos. Además, alma benévola, dicho sea de paso. Ahora bien, tomando en cuenta el razonamiento erasmista de que allí en toda persona noble, ejemplar o virtuosa está algo de Dios, incluso si aquélla no lo reconoce como su Señor, la conclusión es clara: un homosexual puede tener tanta comunión con Dios como un heterosexual. O incluso más.

Con el riesgo de ser un hereje, me atrevería a decir que si Jesucristo se hubiera topado en su camino con un homosexual, lo hubiera abrazado y besado con su amor inconcebiblemente infinito. Y probablemente lo hizo. Los Evangelios no nos pueden dar una idea completa de treinta y tres años de una vida divina en la tierra ni de un Ser infinitamente misterioso («Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros», Jn, 21: 25). Probablemente los mismos evangelistas lo vieron y lo callaron conscientemente.

En este sentido, creo, contrariamente a lo que se podría pensar, que la Iglesia Católica tiene muchas más posibilidades de apertura hacia la aceptación de la homosexualidad que las denominaciones protestantes, debido a las fuentes que tiene para el conocimiento de Dios, fuentes que van más allá de las Escrituras. En todo caso, el protestantismo se caracteriza más por la intolerancia y el puritanismo, y el catolicismo (aunque antes no fue así) por la paciencia y la —en algunos casos excesiva— apertura hacia formas culturales que por poco tocan a la idolatría.

En muchos de mis escritos de prensa dije anteriormente que hay cosas que deben evolucionar, pero que hay otras que no deben hacerlo. Ahora, digo que hay cosas que no deben evolucionar, pero que hay otras que sí. Y hoy creo firmemente, luego de una reflexión que quizá antes no hubiese hecho, que la Iglesia debe iniciar un proceso de apertura para la aceptación oficial de la homosexualidad. Y no me refiero a simples declaraciones como las del papa Francisco o un cardenal de algún país, sino a la reforma del espíritu mismo y la doctrina oficial de la institución. Conozco a gais que son fervientes cristianos y oran mucho y con más conocimiento que muchos heterosexuales tibios. ¿Dios los rechazaría?

Ahora bien, dentro de todo el cambio que debería existir, debe tenerse en cuenta que hay otras demandas de otros grupos sociales minoritarios, pero que tienen que ver ya más con patologías que sí creo que son desórdenes psicológicos que no deberían relativizar ni la aceptación de la Iglesia ni el derecho. Son expresiones libertinas —muchas esnobistas— y que atentan directamente contra la especie y la integridad humanas.

La vida es un misterio. El sufrimiento y los trastornos también. Si bien Dios creó a varón y mujer, también permitió ciertas otras particularidades para un propósito que los que no entienden ni quieren entender la espiritualidad, tampoco pueden aceptar. Personalmente, pienso que es Dios el que provoca los males (quizá para la rectificación humana) y no tanto que es Satán el que los urde. De hecho, si uno lee la Biblia completa, cae en la cuenta de que la intervención activa y directa del Mal es mucho menor de la que un creyente se imagina. La verdad es que su poder, siendo grande, es minúsculo comparado con el de Dios, y es éste quien envía ciertas reprensiones y castigos para fines benévolos y expiatorios.

Lo dijo el cura Eduardo Pérez en una entrevista en De Cerca: hay que quedarnos con el misterio. Siempre. Max Planck, Nobel de Física en 1919 y, sobre todo, gran creyente, también propuso algo similar. Solo así seremos verdaderamente ecuménicos e integradores. Pues si guardamos el misterio en el corazón, siempre habrá posibilidades de evolución, cambio positivo y crecimiento espiritual. @mundiario

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