Una historia distópica que comienza en París

Escote. / Archivo
Escote.

Todo comienza en la lúgubre pero luminosa fiesta de conmemoración. En una Europa que inicia su nueva fase de oscuridad. De su sociedad dependerá que así sea.

Una historia distópica que comienza en París

Aquel vestido negro, cuyo escote finalizaba más allá de mis pechos, causaría más de algún comentario en la recepción que la presidenta de la República ofrecería aquella noche en el Palacio de los Inválidos, en donde se habían habilitado algunas salas para festejar el 200 aniversario de la muerte del que fue héroe del país a principios del S. XIX, y cuya figura volvía a ser invocada en los ya no tan nuevos círculos de poder del estado. La sombra de ojos que compré en Aux-en-Provence (mi lugar de nacimiento) parecía fabricada explícitamente con el propósito de hacer resaltar mis ojos, aparentemente heredados del Mediterraneo de días claros que me vio nacer.

Como resultado de las políticas aplicadas sobre la “generación Miterrand”, no resultó muy complicado trasladarme a París-Diderot para estudiar Filosofía. Años de esperanza y de luz en los que cambiaríamos el mundo, resultando este nuestra espada de Damocles desde antes de la percepción de cualquier atisbo de luminosidad.

La muerte de algunos seres queridos nos lleva en ocasiones a aceptar la realidad tal y como nos la plantea nuestra propia subjetividad. Es por eso por lo que decidí preparar mis oposiciones para optar al puesto de directora de clasificación documental en el Ministerio de Defensa. Superadas estas, solo tenía que rendir cuentas y lealtad al ministro, al presidente y a la República.

Después de la desaparición de Mahmoud en las revueltas de 2017, en las que el cielo de París se tiñó de rojo después del resultado de las elecciones presidenciales, solo importaba el bienestar de los más cercanos (un hermano en Provenza del que recibía cada dos menes un correo electrónico, siempre relacionado con su falta de liquidez) y Marine, la pequeña perrita que residía en mi apartamento.

Gracias a mi posición, aún conservaba viejas amistades de la época en las que París se relacionaba con algunas tiranías (actualmente otras) que según la prensa de aquellos años, no lo eran tanto. Cuando mi delegación fue presentada ante Ben Alí, mis ojos no podían apartar la mirada de aquel impresionante árabe que me contemplaba extasiado. Un simple roce de sus dedos en la espalda hicieron que le siguiese hasta las habitaciones de la embajada, en donde sin mediar palabra, me arrodillé y saboreé su increíble sexo. Me tomó de la mano y, tumbándome en la cama, comprobé que jamás una lengua me había hecho sudar tanto.

Aunque las relaciones ya eran muy tensas, nuestros dos países todavía mantenían una serie de tratados comerciales muy beneficiosos para ambas partes. Sin embargo, debía de actuar con discreción, y tal y como había comunicado a los esbirros de Ben-Alí, recogí mi pelo castaño y ondulado con la diadema de plata adornada con una flor de lís, con el propósito de ser llevada junto a su superior al aeropuerto Charles de Gaulle, con los documentos 991, 868 y 443 de la sección del arsenal nuclear en el USB incrustado en la flor. Justamente los que necesitaba el país de Ben para
comenzar su propia cruzada (quien sabe si algún día no muy lejano, contra nosotros). Esto me
reportaría los dos millones de euros pactados en la cuenta de un banco holandés cuyo número ya
conocían mis nuevos contratantes. El cambio de estos en nuevos francos franceses solventaría todos los problemas terrenales que pudiesen surgir a lo largo de toda una vida.

Después de saludar a mi jefe, pude divisar al fondo a la presidenta de la 6ª República. Los nuevos cambios constitucionales, legislativos y jurídicos, además de los nuevos problemas sociales (reales e imaginarios) contra los que el estado debía luchar, habían provocado la refundación de la República. Después de estos sucesos, ninguna mujer como la que, a escasos metros de mí, era acompañada por la mitad de su gobierno, había tenido jamás tanto poder en Europa occidental. De hecho, gracias a su intervención, los parlamentos de Bruselas y Estrasburgo comenzarían a ser desmantelados en tres semanas.

La delegación del país de Ben apenas era una cuarta parte de lo que llegó a ser en los buenos tiempos, en los que tanto funcionarios como puestos políticos franceses girábamos nuestros cuellos ante las carnicerías que se cometían en las plazas públicas de este. Preferíamos acompañarlos a un lugar afable y tranquilo en la costa azul, rodeados del lujo que nos correspondía. Tras cruzar una mirada con el jefe de la delegación, me dirigí a la cocina y en esta, crucé la pequeña puerta que daba al callejón de las basuras. Allí estaba Ben vestido con traje occidental y fumando un Marlboro (su precio era de 50000 nuevos francos franceses la cajetilla). Después de cruzar el Boulevard de la Tour-Maubourg, llegamos al coche alquilado que los servicios secretos de su país había aparcado en la Rue Chevert. El tráfico a esas horas era muy fluido en París, y en apenas 45 minutos ya divisábamos los nuevos concorde que despegaban hacia Moscú, Pekín, Caracas y Beirut.

Ben presentó los permisos correspondientes y entramos, con el coche alquilado, en un hangar privado en el que los servicios secretos del reino de Ben mantenían dos Dassault Falcon 7X preparados para despegar en cualquier momento. Una bandera de la petromonarquía presidía la estancia de la nave que nos correspondía, y al contemplar el sable en ella representada, sentí un escalofrío en la base de la nuca que recorrió todo el escote trasero de mi vestido hasta la cintura. Siete horas más tarde, habíamos aterrizado en la capital de la potencia árabe. Por supuesto, había
tenido el tiempo suficiente para vestirme tal y como ordenan las estrictas normas de mis anfitriones. El mercedes conducido por un oficial de la real fuerza aérea nos condujo hasta el centro documental militar central, en donde Ben entregó mi diadema al funcionario que desmontó la flor de lís y conectó la memoria USB en los sistemas informáticos del organismo en el que nos encontrábamos.

Un escalofrío muy parecido al que la noche anterior había sentido en el Charles de Gaulle, volvía a recorrer mi espalda de una manera mucho más intensa. El mismo oficial conducía el Mercedes que nos acompañaba al hotel en el que debía de aguardar hasta que las autoridades competentes confirmaran la veracidad de lo entregado. Eso no era la causa de mi nerviosismo, pues tres años antes había realizado la misma operación, con unos documentos muy parecidos, en el país considerado, oficialmente, el mayor enemigo del que en este instante era mi anfitrión.

Cada vez se veía más gente en la calle, y Ben me comentó en un francés prácticamente neutro que era normal que esto sucediese los viernes. Seguidamente, me instó a que me tapase la cara pues debía acudir, antes de dejarme en el hotel, al acto que se produciría en la plaza que se encontraba a apenas 200 metros. Por el tono de su voz, supe claramente que acompañarlo no era una opción. Un corro de gente rodeaba la furgoneta que apenas cinco minutos antes había aparcado en la plaza, de ella bajó un hombre con una espada similar a la de la bandera del país y una mujer rubia, ojos azules, con el cuello desnudo y un escote que le llegaba hasta la mitad del pecho. Habían recogido su pelo dejando al aire la nuca y sus manos estaban atadas a su espalda.

Ben me dijo que en su país ya habían ejecutado a muchos extranjeros por diferentes motivos, pero jamás se había tramitado la pena capital contra un occidental, pues las sanciones de su país de origen podían suponer una pérdida económica demasiado notable para el reino. Estos casos se solucionaban, hasta hace muy pocos años, con una simple deportación.

Según Ben, la señorita Müller había sido encontrada en casa de Ahmed, diplomático en la embajada de Berlín, en un alto estado de embriaguez, con un puñal manchado de sangre. En la habitación contigua, se encontraban levemente heridas dos de sus esposas. Ella no conocía el estado civil de Ahmed cuando viajó con él al reino vía directa desde Munich. El alcohol en sus venas y las heridas causadas a las mujeres legítimas, habían bastado para que en ese momento el verdugo vendase sus ojos y la animase a ponerse de rodillas.

El golpe de sable fue tan rápido que mi mente ni siquiera pudo asimilarlo. La cabeza rodó unos centímetros y el cuerpo cayó a plomo sobre el asfalto de la plaza. Cuando miré hacia mi derecha, descubrí que Ben ya se estaba retirando al lugar en donde nos esperaba aparcado el Mercedes. Una vez dentro, me dijo que el progresivo enfriamiento con algunos países de occidente había provocado que el reino no fuese tan piadoso con los ciudadanos europeos que allí se encontraban, pues ya no resultaba necesario.

Tiré de la cadena después de quince minutos en los que solo había arrojado bilis. Comprendí perfectamente el mensaje que Ben había querido transmitirme llevándome a la plaza, por lo que estaban al corriente de las operaciones que tres años antes había llevado a cabo con los enemigos de mi actual anfitrión. El escalofrío de mi nuca ya era perpetuo, y no podía dejar de imaginar mi largo cuello contemplado en una plaza pública mientras un hombre pagado por el estado preparaba el sable que me llevaría con Mahmoud.

Después de día y medio, una llamada me sorprendió en la cama del hotel, Ben me preguntó si había comprendido la situación. Le contesté que sí, preguntándole cuánto tiempo tardarían las autoridades de su país en completar el calvario que había sufrido la señorita Müller. Un destello de esperanza atisbaron mis ojos cuando me explicó que el material entregado era demasiado importante, y que contrarestaba con creces lo sucedido tres años antes en lo concerniente a mis negocios con la potencia enemiga. Además, yo sabía que pesaba en él lo sucedido en la embajada de su país en París.

Llamaron a la puerta de mi habitación, me dijeron que un taxi me esperaba entregándome un billete de Air France directo a París.

Una historia distópica que comienza en París
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