Lenitivo contra el desánimo

Niños en una escuela. / Mundiario
Niños en una escuela. / Mundiario

Comparto un pequeño secreto: buscar refugio en los nietos, su compañía y sus enseñanzas.

Lenitivo contra el desánimo

Durante las últimas semanas me he sentido dentro de una nube de pesimismo , tal vez por acumulación de los efectos que la  pandemia produce día a día; tal vez también hayan influido en mi estado de ánimo las continuas sorpresas de la situación política y social, que me conducen a mirar el futuro con desánimo: veo que los hilvanes de la sociedad española y de España corren el riesgo de deshacerse, si seguimos tirando del hilo.

Pero hoy he iniciado el día con el firme propósito de salir de esa nube de decepción y buscar, hasta encontrar, un repulsivo que levante mi espíritu. Y creo que lo he encontrado en mis nietos y, en general, en la entrañable relación abuelos-nietos y todo lo que recíprocamente nos regalamos.

El abuelo primerizo rememora su lejana paternidad, siente el orgullo y la plenitud de sentirse reencarnado y la ternura de unos ojos que miran incasablemente para conocer, para olfatear el cariño de los suyos.

Más adelante, el abuelo recuerda su infancia al compartir juegos y lecturas, y disfruta al ver sus ojos abiertos como luna llena desde que se inicia el cuento hasta el “colorín colorado”, momento en el que el niño cierra los ojos para soñar con sus personajes de fantasía y, tal vez, con los abuelos.

También llegará el tiempo de compartir ingenuas confidencias y de aprender a responder al insistente “¿por qué?”; o, sencillamente, percibirán juntos, durante un paseo, la levedad del aire del atardecer, el susurro de las hojas de los árboles, el vuelo de las mariposas, el rumor de las olas o el trino de los pájaros.

La relación no se extingue con la adolescencia, porque un abuelo sensible y al día, podrá orientar sin dirigir, comentar sin imponer y ayudar de forma velada al nieto, para analizar una situación o decidir ante una encrucijada en la que se presentan diferentes caminos ante el joven indeciso, temeroso y desconocedor.

En otros momentos, los abuelos, vértice de la pirámide familiar,  facilitarán la integración de todos sus miembros, al tiempo que podrán ser inestimables mediadores en los conflictos familiares, bajo las únicas premisas del cariño, la experiencia y saber que su autoridad es reconocida y respetada.

El cariño que derraman los abuelos se siente suficientemente recompensado con la sonrisa inocente del bebé, cuando pronuncia su nombre por primera vez, cuando su tierna mano se pierde entre las suyas, al recibir el regalo de un espontáneo “te quiero”, al merecer su confianza para una confidencia o pedir un consejo,...

Además de la reciprocidad del cariño, los abuelos recibimos de los nietos una inestimable enseñanza, fundamental para retrasar la vejez, pues nos invitan continuamente a asomarnos a su mundo y, por lo tanto, a mantener abierta la ventana de la curiosidad, una curiosidad que nos permite conocer su lenguaje, juegos, costumbres, conocimientos, amigos, inquietudes ... y sentirnos socialmente al día.

No deberíamos olvidar la obligación ineludible que recae sobre los abuelos, de constituirse en conservadores y transmisores de la cultura popular y familiar –tradiciones, cuentos, leyendas, juegos, costumbres, canciones, historia familiar-, como eslabones últimos y fundamentales de la memoria.

Merece la pena vivir con la aspiración personal de perseguir la ejemplaridad, para de este modo mantener en el tiempo la admiración de hijos y nietos y continuar viviendo en ellos. @mundiario

Lenitivo contra el desánimo
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