El hambre sigue siendo una guerra mundial que no se ha podido ganar

Peña Nieto, en el inicio de acciones contra el hambre en México.
Peña Nieto, en el inicio de acciones contra el hambre en México. A la derecha, Lula da Silva, ex presidente de Brasil, en cuyo modelo se inspira el presidente mexicano.

'Hoy nuestra familia consume ocho tazas de arroz por día; antes solíamos comer 20 tazas. Aún tratamos de comer dos veces por día'. Sama Amara, Sierra Leona. Food Policy Research Institute.

El hambre sigue siendo una guerra mundial que no se ha podido ganar

'Hoy nuestra familia consume ocho tazas de arroz por día; antes solíamos comer 20 tazas. Aún tratamos de comer dos veces por día'.

Sama Amara, Sierra Leona. Food Policy Research Institute.

 

¿Ha sentido usted alguna vez hambre? Seguramente sí. La última vez,  probablemente se preparó un sándwich, ordenó comida rápida o salió a comer a un restaurante. Pero ¿sabía que una de cada ocho personas no puede hacer lo mismo que usted? Así es, aproximadamente 870 millones de personas en el mundo (casi la población de EE UU, Canadá y la Unión Europea) comparten un enemigo; uno mortal y silencioso: el hambre. 

El hambre es número uno en la lista de los 10 mayores riesgos a la salud en el mundo, según el Programa Mundial de Alimento (PMA).  Ella mata más gente cada día que el SIDA, la malaria y la tuberculosis juntas. Un tercio de todas las muertes de niños menores de cinco años en los países en vías de desarrollo están ligadas a la desnutrición.   

Pero no siempre las personas con hambre lucen escuálidas  y en huesos,  de hecho no siempre es fácil de identificar. Son personas de todas las edades, desde bebés cuyas madres no pueden producir suficiente leche, porque a su vez están mal alimentadas; hasta ancianos en abandono, personas desempleadas, o con empleos cuyos salarios no alcanzan, indígenas, inmigrantes, huérfanos, etcétera.

El mayor porcentaje de estas personas, según International Food Policy Research Institute, se encuentra en países como Yemen, Nigeria, Sierra Leona, Angola, Malawi, Bolivia. Ecuador, Perú, Haití Bangladesh, Albania, Rumania,  donde en el mejor de los casos, la población que vive con menos de $1,08 por día, quizá lo que en su país cuesta un dulce.

¿Qué hacen los Estados?

La Declaración Universal sobre la Erradicación del Hambre y la Malnutrición (1974) reconoce que  “Todos los hombres, mujeres y niños tienen el derecho inalienable a no padecer de hambre y malnutrición a fin de poder desarrollarse plenamente y conservar sus capacidades físicas y mentales. A su vez, el Artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos reza: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación”. En el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Declaración Mundial sobre Nutrición, la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, inclusive el Vaticano hablan del “el derecho fundamental de toda persona a estar protegida contra el hambre”.

En efecto, la eliminación del hambre y la malnutrición,  es uno de los objetivos de la Declaración de las Naciones Unidas sobre el Progreso y el Desarrollo en lo Social, y la eliminación de las causas que determinan esta situación, son objetivos comunes de todas las naciones. Pero la realidad es  otra.  ¿Culpa de la crisis? Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki-moon, asegura que en el mundo se gasta diariamente en armas casi el doble que la ONU en un año de trabajo por la paz y los derechos humanos. De acuerdo con la ONU, los gastos militares mundiales sumaron en 2010 aproximadamente unos 1,34 billones de dólares. Mientras tanto según la FAO,  se necesitan sólo 25 centavos para llenar una taza con alimentos a los niños con hambre en las escuelas.

¿Qué podemos hacer?

En teoría, todos los países deberían planificar una acción de cooperaciones económicas internacionales; así como políticas de alimentos y de nutrición, ideando planes de desarrollo socioeconómico y agrícola, para la producción de alimentos;  asignando fondos para satisfacer las necesidades alimentarias internacionales, buscando ese equilibrio social, fomentando el empleo, reduciendo gastos y distribuyendo mejor las riquezas. Pero, nosotros los mortales, ¿Qué podemos hacer?

Pensar en soluciones que involucren elementos a gran escala, sería delegado por muchos a las autoridades y dirigentes, pero ¿ha pensado usted alguna vez en donar su dinero, tiempo, conocimientos, o energías a una de las tantas ONG que existen en el mundo que combaten este grave problema? ¿Conoce usted una comunidad cerca que necesite quizá de su ayuda, alguna familia, alguna persona? ¿Puede difundir información sobre el tema para crear conciencia en otros?

Acérquese más a estas organizaciones, busque las formas de al menos una vez al  año hacer algo por los más necesitados. Lo poco o mucho que hagamos pueden hacer la diferencia, puede ser la sonrisa de alguna madre, un anciano, un niño que esta noche no se acostó con ese desagradable vacío en el estómago. Esperar a que los demás hagan el cambio es pasividad, hacer el cambio usted mismo redundará paulatinamente en el cambio de la humanidad.

El hambre sigue siendo una guerra mundial que no se ha podido ganar
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