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MUNDIARIO

¿Lo habrán pensado muchos votantes del 26-J? ¿Y si no hubiera sido así?

Las expectativas de Gobierno reafirman los proyectos organizativos prefigurados en la LOMCE. La ansiedad por controlar la dirección de los centros educativos, sin contar con el profesorado, lo ejemplifica.

¿Lo habrán pensado muchos votantes del 26-J? ¿Y si no hubiera sido así?
Votación. / RR SS
Votación. / RR SS

Manuel Menor

Doctor en Pedagogía.

Menos mal que la selección española desapareció de la competición europea el día 27 de junio. De haber sido el 25, la depresión colectiva hubiera sido mayor y a buen seguro que habría habido una variación del voto todavía más fuerte respecto a lo presagiado por las encuestas. El apocalipsis de la demoscopia negligente habría tenido lugar de manera más expeditiva, pero no tendríamos esta risueña expectación de si Rajoy se da prisa o no en formar Gobierno o si hace los deberes como le exigen Merkel y Bruselas. Sánchez, Iglesias y Rivera habrían desaparecido del mapa el 26-J sin tener que buscar razones incómodas para el voto perdido con sus candidaturas. Sin pena ni gloria, Del Bosque y Casillas se habrían marchado antes y  habríamos asegurado con mayor contundencia la tan anhelada tranquilidad que muchos españoles habían tenido miedo a perder.

Nada impide, de todos modos, que esta parsimonia sobrevenida en buena hora para 7,8 millones de votantes –el 33% del electorado-, esté reclamando “el derecho de gobernar y ser útiles a los españoles”. Antes de que el asesoramiento de TMG y sus expertos en redes sociales hubieran  guiado decisivamente el sentido del voto, una paralela estrategia de laboreo intensivo había preparado, desde hace tiempo, al alumbramiento de un nuevo “diálogo con todos” en que pareciera que otras  tendencias iban a ser oídas. Como un adelanto de “recuperación”, la única prisa era meter mano en el Fondo de Reserva de la Seguridad Social. Continuidad, ante todo. Y ahí cuenta decisivamente la incesante preocupación de muchas Comunidades –detentadoras de la responsabilidad principal en Educación y Sanidad-  por proseguir tanta mejora impune como han estado haciendo. La relativa mayoría que tendrán en el Congreso las actas de centro derecha producirá la placidez –sorpresiva para ellos mismos- de que nada haya pasado.

La prolongación del ojo panóptico  

Lo que viene sucediendo con la dirección de los centros educativos es un  un buen símbolo de una metódica colonización de largo alcance a la que el viento a favor de estas elecciones animará mucho: dirigir, controlar, vigilar, redimir, castigar, guardan estrechas relaciones, a poco que se desee, con educar, como bien nos enseñó la sociología crítica. La buena nueva mejoradora de la educación española por la que abogan las altas instancias de FAES, Jerarquía católica e IBEX-35, bajo el ojo panóptico de la OCDE, requería como cobertura normativa la LOMCE. La unicidad de criterio de los más selectos impondría sus fueros aunque dejara a un lado las pretensiones de igualdad de todos. Logrado este objetivo, tras denodados esfuerzos anteriores, se imponía ahora el desarrollo de una estrategia con varios ámbitos de acción. Como si el final de este impasse de seis meses estuviese previsto y las dubitaciones que suscitaban las encuestas no hubieran pasado de ligero sarpullido, ahí continuó el ubicuo J.A. Marina, animado desde la Universidad Antonio Nebrija a lograr adeptos a su plan redentor del profesorado. Y mérito tiene la constancia mostrada por la Comunidad de Madrid, ocupada en dar ejemplo desde hace muchos años. Todo será aprovechado en esta Legislatura entrante.

 Esa tradición, que Aguirre trabajó con desparpajo desde el “tamayazo”, ha convertido a Madrid en faro adelantado del resto de Comunidades. La LOMCE se ha experimentado en esta desde antes de 2013, pero hacía falta bastante más para granar la cosecha. A estas alturas –después de 115 años-, no es arriesgado decir que  han dado con la manera de hacer realidad lo que Romanones había lamentado en un Decreto de 18/06/1901: “Serán infructuosas todas cuantas reformas se intenten en la enseñanza si al mismo tiempo no se efectúa la renovación del personal que ha de realizar la modificación proyectada”. Al fin, contando con gente  entrenada en el Opus, cielinos y similares, más algunos arrepentidos de  “progresías” de los años setenta y ochenta, han dado con las claves para lograrlo. Los conversos a los hábitos de “los buenos” –que decía Rajoy en la campaña pasada-, han ideado cómo desarbolar cualquier iniciativa obstruccionista desde el control de la Inspección y las direcciones de los centros educativos públicos. Las  grabaciones del Ministerio del Interior son un símil perfecto de cómo se pudo tramar un golpe contra los profesores reacios a que la obediencia debida a las pautas emanadas de la Consejería pudiera ser impuesta, por inútil que fuera.

La metodología utilizada todavía recuerda, en demasiados aspectos, el sistemático afán que recorrió España en los tiempos en que se pugnaba por que el Estudio General de Navarra, elevado en 1960 al rango de Universidad, diera cuantiosos frutos de todo tipo y Antonio Fontán trataba de refutar aquella “leyenda de las cátedras” (Los católicos en la Universidad española actual, Rialp, 1961). Desde entonces, se ha modificado levemente la terminología, importada de la gestión empresarial americana globalizada. Pero los “indicadores de logro”, en que ahora se centran, para dirimir aleatoriamente los proyectos educativos -y su consiguiente interiorización-,  siguen prácticamente idénticos.

La elección de director

Tiene particular interés en esta utopía –ahora “neocon”- lo que han venido haciendo con la cúpula de los centros escolares públicos. La tradición electoral, a cargo del claustro de profesores, no es muy antigua; la tradición democrática general de España tampoco lo es. Fue en los primeros años ochenta del PSOE, cuando los compañeros profesores empezaron a tener presencia en este asunto principal para la buena marcha de sus centros escolares. En los privados-concertados es otra película, particular, claro, muy controlada de siempre. No viene al caso directamente, pero dibuja, con muchas otras cosas, el pintoresco contraste de las redes de nuestro sistema educativo,  financiadas o subvencionadas con dinero público directo o indirecto.

Venía sucediendo desde 2006 sobre todo, pero últimamente se ha acelerado el proceso por el que la Administración autonómica ha entrado a ser parte resolutiva en la elección de los directores. Teóricamente, los profesores siguen participando, pero ahora más bien a título consultivo. La aritmética que la Consejería impone en el protocolo de selección correspondiente, les hurta la decisión. Minorizados en cuanto a lo relevante -y condicionadas las obediencias de los elegidos-, las comunidades educativas de muchos centros han visto de todo en los diez años últimos: destituciones injustificadas; directores nuevos que llegaban con su pareja a un centro para que les ayudara o asistiera en la labor; directores/as, en fin, cuyo “liderazgo” tenía que ser rentable para la Consejería correspondiente al margen de cómo resultara al profesorado y al alumnado en los procesos educativos.

La repercusión en el microcosmos de unos centros de trabajo con amplia diversidad profesional e intensa relación humana, no se ha hecho esperar.  No es la menor la del cómputo de profesores/as que han decidido adelantar la fecha de su jubilación a causa del celo manifiesto de estos directores/as de la nueva hornada comprometidos en la fidelidad a un burocratismo excelso que les están imponiendo inspectores –también de nuevo cuño- que se prestan a ese papel de capataces sin autonomía para ejercitar su papel. Las tradiciones de colaboración mutua se quiebran y abundan ya los casos de centros  en que lo que prima en  situaciones complicadas con adolescentes, es que la dirección no se pille los dedos y quede bien ante la Consejería. Las estadísticas sirven para focalizar los problemas, mientras chicos y chicas circulan por esta fría escolarización obligatoria acompañados de múltiples informes burocráticos, que, a menudo, nada tienen que ver con el posible arreglo de las dificultades que puedan arrastrar.

Hace casi treinta años, el psicologismo de moda permitió pasar de las historias de estos chavales. Con supuesto cientifismo se podía determinar, sin preocuparse de más, qué sinsentido pudieran tener sus vidas. Ahora, los nuevos tecnócratas siguen determinando cómo un protocolo con un cúmulo más amplio de papeles y sus códigos de barras conduce inevitablemente a la papelera. Mejor es, por tanto -dicen los profesores más conscientes y sin hipotecas-, salirse de este trabajo de selección a ninguna parte, que, además, crea mala conciencia.  Y muchos que han dejado la piel en este duro trabajo de educar no lo dudan. Al ver que su esfuerzo es baldío con estos nuevos directores que les coartan –y les hartan- de continuo, si tienen los años precisos anticipan la jubilación aunque se les vaya a penalizar.  No era de estos de quienes hablaba Romanones en el decreto citado, pero a los  asesores de Consejerías educativas como la de Madrid, les da igual.  El arquitecto Chueca Goitia sostenía que los conservadores no saben conservar y ponía como ejemplo la historia del urbanismo madrileño, que conocía muy bien. La ciudad, los edificios nobles, la educación o lo que sea, les da igual. Todo lo miran como negocio contable y, ante todo, particular.

 Estos avatares que semejan pequeños golpes de Estado ya no son pura anécdota. Desde hace ocho o nueve años ya son categoría. El campo de prueba experimental que ha sido Madrid se irá extendiendo a todas las Autonomías. Contando con los casi ocho millones de votantes de estas elecciones, será más fácil. Las pautas que están en la LOMCE como norma a seguir, ya están en fase de aplicación y desarrollo. Sabemos a dónde van desde bastante antes de que Marina y sus compinches vinieran a simular un diálogo inexistente.  La prueba última de que esa línea de actuación –pese al rechazo de muchos- ha entrado en vigor sin pausa ni control de las comunidades educativas concernidas –y sin inquietud alguna por lo que el 26-J pudiera deparar-, es que las últimas noticias insisten en la “imposición de directores a dedo” o “#Dedocracia”. Los twiters que están circulando en la Red son abundantes en ese sentido.

Cantidad de directores son destituidos para que ocupen su lugar quienes sepan transmitir mejor los designios salvadores de unos pocos -los que ahora tienen casi todas las bazas de Gobierno- para la escuela de todos. Éstos podrán prolongar así un despotismo ilustrador de tranquilidad frente al miedo, la inconsciencia, o ambas cosas a la vez, que suscitaron otras opciones. A muchos ciudadanos que se abstuvieron o les votaron no les ha importado que, en 4 años, hayan manejado los presupuestos a su antojo, o que hayan elevado a modelo de gestión el estilo Rato, Gürtel, Bárcenas y muchos otros de los que, según vayan saliendo las vistas judiciales, nos avergonzaremos tanto que las subvenciones de Aguirre al benévolo entramado de Ausbanc serán peccata minuta. Es probable que les haya gustado cómo han reorientado la  “mejora” de la escolarización. Puede, incluso, que muchos ambicionaran que sus hijos hubieran nacido hacia 1970, antes de la aceleración posterior de los cambios en este país. De ser cierta esta hipótesis de la nostalgia, salvo que existiera algún medio ignoto para suprimir la realidad, los que más cartas tienen para gobernar en esta legislatura reproducirán primarias pautas victoriosas de otras ocasiones, que muestren lo estimulante que es para nuestra educación colectiva que los discrepantes comulguen con ruedas de molino. Ni habrán advertido el desafecto correlativo que todo ello pueda acarrear. 

Esperando la ancianidad

 En la España aparente hay tradiciones antropológicas fuertes. ¡Ha llovido desde que, en 1972, Nino Bravo cantaba: “Tiene veinte años y ya está cansado de soñar…”! Pero parece no haber sido suficiente: sólo entre 2008 y 2013, han emigrado de España 300.000 jóvenes bien formados, una sangría que no ha cesado en una España que se despuebla rápidamente.   La ancestral obsesión que siempre ha tenido nuestra derecha con la educación y sus formas –tan diversas como desiguales para una supuesta “unidad nacional”- se ha esforzado en los últimos años en disciplinarnos con el emprendimiento competitivo. A este idealismo aparente dedican sus eslóganes más pegajosos. Todo lo demás les suena a desvarío. De ahí sus invectivas incesantes frente a la pedagogía, especialmente si propicia la comprensividad e igualdad: la sola mención de tales términos les resulta fantasiosa.  Empeñados están  en demostrarnos, por demás -ahora con más razón-, que el tiempo no existe y que la memoria es un peligro: el hoy es impreciso, el futuro no está y el pasado no cuenta: para qué si es irrecuperable. Y en cuanto al espacio,  tampoco se preocupan: Stephen Hawking se muestra descreído de que la humanidad pueda sobrevivir en este planeta más de mil años. En la particular Filosofía “perenne”, y su correspondiente derecho “natural” que propugnan, nada cambia: la vida sigue igual, como no ha parado de decir, desde 1969, Julio Iglesias. Y como signo de razón, ahí están las 137 actas logradas en las últimas elecciones -14 más que en las del 20-D. Si ha superado ampliamente al PSOE y a las otras instancias políticas ,  “El PP se merece un respeto”.

Lo que está sucediendo en Educación, de ser ciertas las previsiones más loadas por los medios, hace previsible  en un 90% lo que ocurrirá en la Legislatura. Lo denunciado en los últimos años como retorcido, rácano, segregador, o incluso ilegal para las normas seguidas en muchas actuaciones, seguirá aconteciendo en gran medida. Las maneras de solaparlo bajo apariencias de “modernidad”,  “calidad”, “progreso” y similares, también; sobre todo si hay quien se lo crea, que es de lo que se trata.  Nuestro sistema educativo está diseñado para que sólo unos pocos –los menos posible- sepan distinguir bien de qué va realmente la cuestión. Bertolt Brecht lo describió en 1932, en su Balada del consentimiento a este mundo. Muchos sólo se enterarán de la acidez de ese aprendizaje en la ancianidad, cuando la cohorte demográfica a que pertenecen pueda ser cautiva de que le lleven a votar.

Entreténganse

Preocupados estarán los profesores mejores: les va en ello la profesionalidad de su labor. Se puede apostar a que en el Estatuto que ahora se avecina –ya previsto por Wert en una proposición de ley en abril de 2013, antes de que la propia LOMCE remarcara bien qué se esperaba de ellos- se podrán ver más detalladas las limitaciones de subordinación que se vienen experimentando. La libertad en la educación friccionará crecientemente con la libertad de pensamiento y de opinión, por no decir “libertad de cátedra”, por la que se pugnó duramente en el último tercio del siglo XIX.  Más allá de la llamada “libertad de elección de centro” que se confiere a algunos padres, “libertad” seguirá siendo la gran palabra denostada en el tiempo que se avecina, por las connotaciones igualitarias que, desde la caída del Antiguo Régimen, siempre encierra.

Todo esto entretendrá mucho a profesores y maestros. Pero tengan presente que caerán en distracción grave si no advierten que, entretanto, una parte importante de la población escolar con la que deberán trabajar con medios más limitados no estará suficientemente atendida; sobre todo, la que más necesidad tiene de buena educación. Presagios hay, además, de que crecerá el espacio para los voluntaristas entregados a la causa:  escasean las vocaciones a la antigua usanza y, en  señalados momentos, facilitará que se alaben sus “esfuerzos”. Esta literatura lisonjera no curará los males endémicos del sistema, pero ayudará a transigir con un abaratamiento tantas veces denunciado.

El reto

¿Se imaginan que  en vez del sistema de seguridad social volviéramos a las políticas de caridad y beneficencia del siglo XIX y anteriores? Pues en educación ahí seguiremos en gran medida en virtud del 33% de los votantes del 26-J. Entidades preocupadas por actividades educativas complementarias –y no tan complementarias-, dispuestas a ejercitar  una supuesta solidaridad ya han empezado a florecer. Pero, sobre todo, la obra visible de los muy probables detentadores de la próxima mayoría relativa en el Congreso es fácilmente enumerable. En la inminente legislatura volverán, desde el BOE, a su ideología favorita: la educación como asunto individual, voluntario de las familias y voluntarista en aspectos claves de su ejecución. Lo deplorable sería que el otro 66% de votantes se limitara a callarse ante el entusiasmo vulgar de quienes tienden a dejar de lado un derecho instituido para que toda la ciudadanía tenga plena conciencia de serlo. Los enseñantes tendrán sobrada ocasión de poner a prueba el reto neurálgico de su oficio. Como en el juramento hipocrático para los médicos, lo suyo es que no olviden a quién sirven con su trabajo; a imagen y semejanza de qué o de quiénes tiene sentido.