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Hablemos de placer y felicidad para desintoxicarnos de tanta política

Aunque con frecuencia se consideren sinónimos, son conceptos bien distintos.

Hablemos de placer y felicidad para desintoxicarnos de tanta política
Imagen de la felicidad./ Mundiario
Imagen de la felicidad./ Mundiario

No sé si acertaré, pero abandono durante unos días la cosa política para desintoxicarme; tal vez a ustedes también les agrade.

He leído recientemente una entrevista realizada al endocrinólogo californiano Robert Lustig, que me ha sugerido mi comentario de hoy. El doctor Lustig hablaba de la estrecha relación existente entre dopamina y placer y serotonina y felicidad: la primera induce a la repetición de las conductas que nos reportan placer, y la falta de serotonina provoca pesimismo, tristeza, pánico, ansiedad, depresión, irritabilidad, en definitiva, lo más parecido a la infelicidad.

¿Somos conscientes de las diferencias entre los conceptos placer y felicidad? En la sociedad actual con frecuencia se consideran sinónimos, cuando realmente su sentido es esencialmente diferente. Placer: agradar o dar gusto; felicidad: estado de grata satisfacción espiritual y física. Sinónimos de placer serían gozo, deleite, gusto; sinónimos de felicidad, bienestar, bonanza, satisfacción.

El placer es pasajero, se agota en el instante en que se obtiene. Tagore lo expresaba de forma tan poética como ésta: “Breve es el placer, como una gota de rocío, y mientras ríe, se muere.” La felicidad es estable o, al menos, tiene aspiración de permanencia.

El placer genera una reacción emocional intensa y efímera. La felicidad es sutil, tenue, sosegada.

El placer está basado en recibir, obtener o tomar; la felicidad se fundamenta, sobre todo, en dar y entregarse.

El placer suele estar asociado a lo material; la felicidad se relaciona con una actitud sosegada ante lo terrenal y con el conocimiento y aceptación de uno mismo.

El placer se percibe y se obtiene en soledad y tiene como centro de atención la persona; la felicidad se alcanza en sociedad, en las relaciones con los otros, aceptándolos y respetándolos.

La búsqueda del placer de forma permanente y con ansiedad conduce a la infelicidad. Sería algo parecido a pretender saciar la sed bebiendo agua de mar: no sólo no la calma sino que acabará produciendo daño.

Naturalmente, con lo dicho hasta aquí no planteo la renuncia al placer, sino a la consideración de su consecución como principal objetivo de vida; porque el placer extremo, sin límites, permanente, conduce a la adicción mediante un proceso que se auto alimenta. El filósofo francés Allan Kardec, lo expresaba con estas palabras: “No hay por qué despreciar los goces terrestres, sino el abuso de estos goces, en perjuicio de las cosas del alma.”

La sociedad actual ha sido invadida por la sensualidad, a través de una gran oferta bienes y servicios que proporcionan placer, pero no alegría, felicidad. De ahí que sea frecuente conformarse con el placer como sucedáneo de felicidad. @mundiario