La Guardia Civil investiga como violencia vicaria la muerte de una niña en Torrevieja
El hallazgo de los cuerpos sin vida de un hombre de 40 años y su hija de tres en una vivienda de Torrevieja ha sacudido a toda una comunidad que aún trata de asimilar lo ocurrido. La Guardia Civil investiga el caso como un posible crimen de violencia vicaria, una de las formas más estremecedoras de la violencia de género: aquella en la que los hijos se convierten en instrumentos para infligir el mayor daño posible a la madre.
La tragedia, ocurrida en la urbanización Los Naranjos, no solo ha dejado una víctima inocente, sino también una estela de preguntas incómodas. ¿Qué señales se pasaron por alto? ¿Cómo se puede prevenir un desenlace que, en muchos casos, parece gestarse en silencio? La madre de la menor, quien dio la voz de alarma tras horas sin poder contactar con su expareja, había expresado ya su temor: intuía que algo grave podía haber ocurrido.
Los primeros indicios apuntan a que el padre habría acabado con la vida de la niña antes de suicidarse. No existían denuncias previas entre ambos, según señalan las autoridades al diario EL PAÍS, lo que vuelve a poner sobre la mesa una realidad inquietante: la violencia vicaria no siempre deja rastro visible antes de estallar. A menudo, se esconde en dinámicas privadas, en comportamientos difíciles de tipificar o en relaciones donde el control y el resentimiento se camuflan bajo una aparente normalidad.
En el entorno más cercano, el desconcierto es absoluto. Vecinos describen a la niña como alegre, visible, presente en la vida comunitaria. De él, en cambio, destacan su carácter reservado, casi hermético. Detalles como el vallado del patio o la instalación de cámaras, que en otro contexto podrían parecer irrelevantes, hoy adquieren una dimensión inquietante, como piezas de un puzle que nadie supo —o pudo— completar a tiempo.
Una violencia que golpea donde más duele
El concepto de violencia vicaria describe una lógica perversa: el agresor no solo busca controlar o dañar a su pareja o expareja, sino que utiliza a los hijos como herramienta de castigo. En este contexto, el asesinato de menores no es un acto impulsivo, sino el punto culminante de una dinámica de poder y dominación.
En lo que va de 2026, ya son dos los menores asesinados en España en este contexto, una cifra que, aunque numéricamente baja, resulta devastadora por su carga simbólica y emocional. Desde que comenzaron los registros oficiales en 2013, 67 niños han sido víctimas de este tipo de violencia. Cada caso, como el de Torrevieja, reabre el debate sobre los mecanismos de protección y la capacidad de las instituciones para anticiparse.
Sin denuncias previas, pero con señales
Uno de los aspectos más complejos de este caso es la ausencia de denuncias previas. Sin embargo, expertos insisten en que la falta de denuncias no equivale a la inexistencia de riesgo. Muchas víctimas no denuncian por miedo, dependencia emocional o falta de recursos. En otros casos, los indicios son tan sutiles que pasan desapercibidos incluso para el entorno cercano.
El hecho de que ambos progenitores hubieran tenido relaciones anteriores con episodios de violencia de género añade otra capa de complejidad. No se trata de establecer causalidades simples, sino de entender que las trayectorias personales pueden influir en la construcción de relaciones futuras marcadas por el conflicto o la vulnerabilidad.
El impacto en una comunidad y una madre devastada
La madre de la menor, residente en Albatera, ha tenido que ser hospitalizada tras conocer la noticia. Su caso refleja otra dimensión de la violencia vicaria: el daño prolongado y profundo que queda en quienes sobreviven. No hay reparación posible cuando el objetivo del agresor es precisamente ese: destruir emocionalmente a la otra persona.
Mientras tanto, en la urbanización Los Naranjos, el silencio se ha impuesto como forma de duelo. Los vecinos recuerdan a la niña en su triciclo, sonriente, ajena a cualquier amenaza. Esa imagen, cotidiana y luminosa, contrasta con la brutalidad del desenlace y refuerza la sensación de incredulidad colectiva.
El crimen de Torrevieja no es un hecho aislado, sino parte de un fenómeno que obliga a repensar las estrategias de prevención. La violencia vicaria desafía los marcos tradicionales de intervención porque no siempre responde a patrones visibles. Requiere una mirada más amplia, más sensible a los matices, y una mayor coordinación entre instituciones. @mundiario