El Gobierno quiere obligar a las grandes marcas a fabricar ropa que dure más
España se enfrenta a una verdad incómoda que cuelga de las perchas y se amontona en los vertederos: casi nueve de cada diez prendas usadas acaban en la basura. Frente a esa imagen —camisetas que duran menos que una temporada y zapatos que no sobreviven al cambio de estación— el Gobierno ha decidido intervenir en el origen del problema. El nuevo proyecto de real decreto sobre residuos textiles y de calzado, al cual ha tenido acceso EL PAÍS, obligará a las grandes marcas a cambiar la forma en que diseñan su ropa para que cada vez menos acabe convertida en desecho.
La medida, impulsada por el Ministerio para la Transición Ecológica, introduce una novedad de calado: las empresas que superen el 2,5% de cuota anual de mercado deberán adoptar programas empresariales de prevención destinados a reducir la generación de residuos. No se trata solo de recoger más ropa usada, sino de fabricar prendas que duren más, que puedan repararse y que, llegado el final de su vida útil, resulten reciclables.
El diagnóstico es contundente. La moda rápida y ultrarrápida ha comprimido el ciclo de consumo hasta extremos inéditos. El tiempo que pasa entre la compra y el contenedor es cada vez menor. Y la mezcla de fibras —algodón con poliéster, elastano con viscosa— convierte el reciclaje en una tarea técnica compleja y costosa. En España apenas se recoge por separado un 10% de los residuos textiles; el resto termina en vertederos o incineradoras, o viaja a terceros países con destino incierto.
El proyecto normativo, aún pendiente de su aprobación definitiva, adapta el marco jurídico español a la legislación europea y amplía el foco: también afectará a las marcas extranjeras que venden en España a través del comercio electrónico, una de las principales puertas de entrada de la moda ultrarrápida. Quedan fuera, sin embargo, la ropa de uso profesional con requisitos de seguridad —como la militar o sanitaria— y los sastres y modistas que confeccionan a medida.
Del usar y tirar al diseñar para durar
La clave del nuevo decreto no está solo en los porcentajes de recogida, sino en el concepto de “prevención”. Igual que ocurrió con los envases o los neumáticos, el Gobierno quiere que la sostenibilidad entre en la mesa de diseño. Eso implica repensar patrones, materiales y acabados para facilitar la reutilización, la reparación y el reciclaje.
En la práctica, las grandes marcas deberán demostrar que introducen criterios que alarguen la vida útil de las prendas. Costuras reforzadas, materiales monocomponente, etiquetas que no dificulten el reciclado o diseños atemporales podrían convertirse en algo más que argumentos de marketing verde. La moda, acostumbrada a vender novedad constante, tendrá que convivir con la idea de permanencia.
El texto también fija objetivos de recogida separada más realistas en el calendario: un 30% en 2030, un 50% en 2035 y un 70% en 2040. En paralelo, por primera vez se incorporan metas específicas de reciclaje —hasta el 35% en 2040— y un objetivo mínimo de recuperación de textil presente en la fracción resto de la basura. Son cifras ambiciosas para un sector que parte de niveles muy bajos.
Reutilizar antes que reciclar
El decreto subraya un principio que a menudo se olvida: la mejor opción para una prenda usada es reutilizarla. Antes que reciclarla, antes que destruirla. En este sentido, se establecen objetivos de preparación para la reutilización que alcanzarán el 30% en 2030.
Sin embargo, desaparece una de las medidas más controvertidas del borrador inicial: la obligación de que los comercios de más de 400 metros cuadrados reservaran espacio para vender ropa de segunda mano. La retirada de esta exigencia ha sido interpretada como una concesión al sector, que veía en ella una carga difícil de asumir.
Aun así, la responsabilidad ampliada del productor se mantiene intacta. Las marcas —junto a pymes y plataformas de venta a distancia— deberán financiar y organizar la gestión de los residuos que generan sus productos. Además, los sistemas colectivos de recogida tendrán que destinar al menos un 10% de sus ingresos a I+D+i y un 5% a prevención. La innovación deja de ser opcional.
Una batalla cultural además de ambiental
Más allá de los tecnicismos, el real decreto lanza un mensaje político y cultural: el problema de la basura textil no se resolverá solo con contenedores específicos. Exige cambiar la lógica de producción y consumo.
La montaña de ropa no es un accidente; es el resultado de un sistema que ha normalizado precios irrisorios y colecciones semanales. Obligar a las grandes marcas a rediseñar es, en el fondo, cuestionar ese paradigma. ¿Puede sobrevivir la ultrarrápida si se le exige durabilidad? ¿Están dispuestos los consumidores a pagar más por prendas que duren el doble? @mundiario