Fútbol es fútbol: La grandeza de un deporte en la miseria económica

Británicos dotados con máscaras de gas, antes de iniciar un partido de futbol en 1916, durante la I Guerra Mundial
Británicos dotados con máscaras de gas, antes de iniciar un partido de futbol en 1916, durante la I Guerra Mundial.

La influencia real del balompié se halla en la fabulación que genera entre sus seguidores. El espacio verde y rectángular es un ficticio espacio personalizado en el magín de cada aficionado.

Fútbol es fútbol: La grandeza de un deporte en la miseria económica

El fútbol tiene nombre de banco. El acrónimo de la entidad financiera que respalda a la llamada Liga del Fútbol Profesional en nuestro país, concentra el protagonismo social también en este ámbito deportivo. Y es que una gama de prácticas – comisiones bajo sospecha, cuentas camufladas o manipuladas, sueldos desorbitados y traspasos bendecidos por la locura, entre otras- han colocado en el disparadero la deuda balompédica. En la temporada 2010-2011 la correspondiente al Real Madrid y Barcelona sumaban la cantidad de 1171, 2 millones de euros. En el caso del resto de los dieciséis equipos ascendía a 2190,5 millones de euros. Curiosamente Hacienda y Administración han demostrado tener una especial consideración a la hora de renegociar esta deuda. Situación afín a la que ocurre con los préstamos que reciben los partidos políticos que, incluso, llegan a condonarse por las entidades que los facilitan. Son ahora los administradores concursales quienes presiden los palcos y reformulan las cuentas y presupuestos por orden judicial. A aquellos futbolistas de finales del siglo XIX, les sorprendería conocer los derroteros en los que actualmente se mueve el deporte que practicaban. Más allá de la polémica -en cuestiones legendarias el mito es común a todas las patrias, incluidas las deportivas- de si fue el Exiles F. C., en Vigo, Pontevedra o el Huelva Recreation Club, en Riotinto, Huelva, o cuales otros que reivindican ser el primer equipo español aficionado a aquellos escarceos iniciales y dubitativos de este deporte, escasamente un siglo después, han adquirido una dimensión y trascendencia inimaginables.

 

En Inglaterra, la cuna del balompié, durante la I Guerra Mundial los equipos tenían la potestad de decidir si los futbolistas profesionales eran enviados al combate. La dilatación del conflicto favoreció que este privilegio quedara invalidado por la presión social. En la llamada Tregua de Navidad los soldados de uno y otro bando depusieron las armas. Sucedió el 24 de diciembre de 1914. Los cánticos de celebración de cada nacionalidad se elevaron por encima de las trincheras. Ese fue el salvoconducto para encontrarse en la llamada Tierra de nadie, que primero con recelo y posteriormente con apasionamiento, concluyó con un partido de futbol. El sufrimiento de aquellos hombres fue de compasión mutua. No existieron banderas que los diferenciaran ni diatribas políticas que insuflaran los ánimos de pelea. La crueldad de la guerra se atomizó para dar paso a la confraternización. La carta de uno de aquellos soldados, el teniente alemán Johannes Niemann refleja ese grado de complicidad y la sensación de salvación que experimentarían estos hombres en aquel infierno con un simple balón: "Un soldado escocés apareció cargando un balón de fútbol; y en unos cuantos minutos, ya teníamos juego. Los escoceses hicieron su portería con unos sombreros raros, mientras nosotros hicimos lo mismo. No era nada sencillo jugar en un terreno congelado, pero eso no nos desmotivó. Mantuvimos con rigor las reglas del juego, a pesar de que el partido sólo duró una hora y no teníamos árbitro. Muchos pases fueron largos y el balón constantemente se iba lejos. Sin embargo, estos futbolistas amateurs a pesar de estar cansados, jugaban con mucho entusiasmo. Nosotros, los alemanes, descubrimos con sorpresa cómo los escoceses jugaban con sus faldas, y sin tener nada debajo de ellas. Incluso les hacíamos una broma cada vez que una ventisca soplaba por el campo y revelaba sus partes ocultas a sus ‘enemigos de ayer’. Sin embargo, una hora después, cuando nuestro Oficial en Jefe se enteró de lo que estaba pasando, éste mandó a suspender el partido. Un poco después regresamos a nuestras trincheras y la fraternización terminó. El partido acabó con un marcador de tres goles a favor nuestro y dos en contra. Fritz marcó dos, y Tommy uno".

 

En el año 1974 un desconocido entrenador se sentaba en el banquillo del Real Zaragoza. Se trataba del yugoslavo Vujadin Boskov. Las dificultades idiomáticas eran evidentes. No obstante, al haber entrenado la temporada anterior en Italia, recurría a esta lengua para favorecer cierto entendimiento, pero en estado muy precario. Tanto fue así que dejó para el recuerdo lo que, si bien pudiera parecer una ridícula obviedad, contiene la esencia de cualquier instancia que se precie, en cuanto a reconocerse a sí misma: "Fútbol e futbol, e gol e gol". Cualquier cosa. Salvo la de hurtar del imaginario colectivo el más mínimo detalle que comprometa su esencia de sueño, que gravita entre las voces inflamadas de los graderíos enardecidos. Es la querencia por lo imaginable, por lo trastocable, por lo manipulable. El verdadero partido se juega en la periferia ilusoria de cada aficionado, fuente de su propio deseo.

 

 

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