Los fondos y las formas

Bandera de Europa.
Bandera de Europa.
Dialogamos con máquinas, nos aislamos con auriculares, obviamos a la familia, escondemos los afectos, fijamos nuestros ojos en pantallas, conversamos con mensajes cortos nada reflexivos, ...
Los fondos y las formas

Como una letanía, un buen anciano jesuita, me repetía insistentemente en nuestros paseos vespertinos por el colegio Santiago Apóstol de Bellavista, en Vigo: “Al final de la jornada el que se salva sabe, y el que no, no sabe nada.” Se refería, claro, a lo que se refería: al acceso a un reino basado en la fe, a la evaluación final de una vida fundamentada en unos valores, a la rectitud de conciencia, a unos principios, en su caso y en el mío, cristianos. Y a una esperanza que, como tal, solo puede ser incierta, aunque para nosotros, viejo y sabio profesor y alumno desbarbado, representase una perspectiva cierta.

Muchas vueltas ha dado el mundo desde entonces. Tantas que parece haberse mareado entre meandros en la teoría conducente al progreso, a la evolución y a un bienestar asentado en al consumo de cosas y de experiencias pasajeras. Ya casi ningún maestro se atreve a hablar de valores, lo consideran impropio de este momento que se pretende revolucionario -hablan de cambio de paradigma, sin concretar-, de un ahora en el que son oportunas, eso dicen, actitudes contracorriente, individualistas, minoritarias. En lo evidente, lo único cierto es que vivimos como pasmados, apantallados, negacionistas de lo evidente: de la historia –pretenden eliminarla hasta de los planes de estudio-, de la tribu y de las esencias del humanismo. Puede que la idiocia misma haya ganado la batalla y no lo sepamos.  

En el fondo estamos incinerando en la pira común todo aquello que nos permitió llegar hasta aquí. Entre los paseos hasta el Pireo de Sócrates y sus alumnos y los recorrido por Bellavista transcurrieron más de dos mil cuatrocientos años. En ellos, la mayéutica pervivió hasta hoy como un eslabón evolutivo basado en el diálogo inteligente, las preguntas apropiadas, el hallazgo de las propias conclusiones, inducidas de forma respetuosa desde la experiencia, con el objetivo de hallar una verdad razonable, todo sin imposiciones. Se avanzó paso a paso. De repente, ahora, todo se ha precipitado y lo comúnmente aceptable se desvaloriza en segundos, basta una declaración o un mensaje de un joven influencer, que igual vende moda que filosofía, que vota en un festival de Eurovisión que incita a pintarrejar de manera asquerosa el mobiliario urbano, cuando no a quemar las calles.

El método socrático estaba asociado a la búsqueda de conceptos morales, de manera que su buen ejercicio ayuda a formar éticamente al ser humano. Aprender a preguntar y escuchar significa formarse para un liderazgo vital basado en la autoconfianza. Es esta una destreza que debería ser ampliamente apetecida en una sociedad enredada con la tecnología, en la que somos cada vez menos sociales, más solitarios y menos tolerantes. Dialogamos con máquinas, nos aislamos con auriculares, obviamos a la familia, escondemos los afectos, fijamos nuestros ojos en pantallas, conversamos con mensajes cortos nada reflexivos, nos desentendemos de nuestra cultura y tradición, incluso aislamos a las personas mayores y, en conclusión, fracasamos como sociedad solidaria y como individuos. En el fondo nos diluimos entre prisas y ambiciones, sin referencias dignas de ser las de un ser humano.

Cuando inicié este artículo pensaba en escribir sobre los fondos europeos, sobre la falta de solidaridad entre países, sobre el desprecio de la necesaria unión en torno a lo esencial para la creación de riqueza y empleo y con ello sostener una sólida sociedad del bienestar. Pensé también en aludir a la deshumanización del sistema bancario, o en citar la imposibilidad de sobrevivir económicamente en una sociedad dominada por fondos de inversión sin alma, abocada a cargas impositivas o facturas de energía desmesuradas. Reflexioné sobre cómo afrontar el tema de Ucrania u otros conflictos casi invisible. No obvié centrarme en cuestiones esenciales como el hambre, los refugiados, el maltrato, las discriminaciones de género o la esclavitud. Incluso medité sobre las ambiciones imperialistas o las desigualdades de todo tipo o la concentración de fortunas inimaginadas. Con certeza creo haber aludido explícita o implícitamente a todo ello, aunque en la forma no lo parezca.

Llegado el final de este artículo, con seguridad no habré salvado a nadie, pero al menos sé que hice reflexionar a alguno. Ese ha de saber extraer sus propias conclusiones. Si así fuere este breve paseo ha merecido la pena. Gracias por haberme acompañado. @mundiario

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