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MUNDIARIO

La filosofía y sus años salvajes

La filosofía universal ha recorrido un camino singular, por unos momentos glorioso y por otros difícil. Algunos científicos la menospreciaron como tentativa científica o pseudociencia; los filósofos, por otra parte, la valoraron como única posibilidad de conceptualizar las cosas de la vida.
La filosofía y sus años salvajes
Schopenhauer y los años salvajes. / Mundiario.
Schopenhauer y los años salvajes. / Mundiario.

Ignacio Vera de Rada

Escritor y profesor.

Rüdiger Safranski es uno de mis biógrafos y ensayistas favoritos. La biografía es uno de mis géneros preferidos. Y Schopenhauer es uno de los filósofos que más valoro. Por tanto, no podía dejar de leer Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía (Tusquets, Buenos Aires, 2011), biografía escrita por Safranski. El libro relata la vida y el desarrollo del pensamiento del gran filósofo de Danzig, olvidado injustamente —según Giovanni Papini— por la institución académica. Schopenhauer dominó gran parte de las cavilaciones de mi temprana juventud y sus ideas lograron cautivar buena parte de mi enfoque de la vida; mi tesis de licenciatura para Ciencias Políticas, por ejemplo, la hice utilizando su pensamiento como instrumento de análisis de la psicología política de Bolivia.

La filosofía universal ha recorrido un camino singular, por unos momentos glorioso y por otros difícil. Algunos científicos la menospreciaron como tentativa científica o pseudociencia; los filósofos, por otra parte, la valoraron como única posibilidad de conceptualizar las cosas de la vida, desde las manifestaciones del espíritu humano hasta los elementos de la naturaleza que nos rodea, elementos que la física o las matemáticas no pueden definir. Yo, junto con otros autores, creo que su justa posición está entre el arte y la ciencia. En la Antigüedad, fue sencilla y llanamente la disciplina del saber ecuménico, y estuvo muy emparentada con la ética y la moral (ej. Platón o Séneca). En la Edad Media corrió el peligro de desaparecer, pues se afincó (o la afincaron) en los terrenos de la mística y la teología. Luego, en los siglos XVIII y XIX, vinieron la Ilustración y el darvinismo, y entonces la filosofía sirvió de muleta para pensadores políticos como Voltaire y para naturalistas y positivistas como Spencer. ¿Podía decirse que seguía habiendo filosofía pura? Quizá sí, pues no se olvide que en ese tiempo también floreció la pléyade alemana del romanticismo y el idealismo, y éstos hicieron realmente lo que se dice filosofía, con un Kant que llevó el pensamiento hasta límites abstractos insospechados. Después de una larga carencia de filosofía pura, llegó Nietzsche y dio al oficio su sentido original nuevamente, hasta que apareció Heidegger, y con él murió lo que se conoce como filosofía en su sentido prístino y original. Pues lo que devino filosofía desde entonces hasta nuestros días, constituye una rama del conocimiento que se ha ido “descentralizando” o haciendo más específica. Los filósofos de hoy, pues, no navegan en las oquedades el ser, la esencia o el concepto, sino en la teoría política, la sociología o la historia.

En esta brevísima historia de la filosofía que acabo de esbozar, hubo (creo) dos momentos estelares en los que la filosofía fue filosofía pura, más que en ningún otro momento: la Antigüedad y el idealismo alemán. A este segundo momento es lo que Safranski llama “los años salvajes de la filosofía”, precisamente por ser un tiempo en que el quehacer filosófico retomó nuevamente los abismos abstractos en los que lo habían dejado los griegos y latinos. Ahora bien, es entendible que este campo del conocimiento humano cambie progresivamente su esencia, haciéndose cada vez más específico y superficial, ya que sería impensable creer que hoy pudiéramos seguir indagando sobre la ética (como Platón) o sobre los límites de las posibilidades del conocimiento (como Kant). Pero la filosofía como tal, aunque tenga la fatalidad eterna de no ser incontestable, no debería dejar su esencia profunda y abstracta, pues para las demás cosas ya se tienen politólogos, sociólogos, psicoanalistas e historiadores.

El mérito de Schopenhauer, como lo apunta Safranski en su libro, fue haber confrontado nuevamente las ideas de los grandes filósofos de siempre. La gran ambición de todo filósofo, su coronación, su meta suprema, no es la crítica, ni el aforismo, ni el ensayo sobre un tema específico, sino la elaboración de un sistema filosófico completo, abarcador y total, que sirva para explicar, como piensa M. Bunge, el desarrollo humano a partir de la política, el arte y la ciencia. En este sentido, Schopenhauer pudo equipararse a los grandes de todos los tiempos, pues El mundo como voluntad y representación, cuyas ideas generales ya están esbozadas en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, otorga un sistema para comprender el todo. Emplea analogías para nombrar a las cosas, como cuando le llama voluntad y representación a lo que Kant había llamado “noúmeno” y “fenómeno”, respectivamente, pero Arthur además inserta en su análisis el enfoque artístico y estético de la vida y, ¡cosa deslumbrante!, con una prosa delicada y bella, característica que llamó la atención de escritores como Borges.

Su vida fue la de un frustrado. Nunca, sino solamente hasta el final de sus días, tuvo lectores ni admiradores. Era un humano, quizá un humano muy humano, para hablar con Nietzsche. Sintió amor (uno no correspondido), celos, tristeza, acaso deseos de venganza… Era un solitario. Tocaba la flauta para distraerse y luego caminaba y leía.

Sus ideas, si bien para él mismo llegaron a cuajar de manera exquisita, nunca fueron contundentes para explicar la vida. Pues, para desgracia de los filósofos de todos los tiempos, que se quiebran la cabeza pensando y repensando, su oficio, la filosofía, no es una ciencia, y por tanto no arroja resultados incontrovertibles. Cuando se hace muy bella y artística, deja de ser filosofía y se hace arte. Cuando se hace muy especializada y rigurosa, se hace ciencia y deja de ser filosofía. Hubo, ciertamente, filósofos más desventurados que Schopenhauer, si es que asumimos la desventura como el no llegar a ideas irrefutables; Nietzsche fue uno de éstos por ejemplo, pues nunca pudo llegar a elaborar un sistema total y sus ideas estuvieron muchas veces signadas por la pasión y el sentimiento.

¿Para qué, entonces, la filosofía y los filósofos? ¿Por qué desde siempre el mundo los tiene como en un pedestal de marfil? Pues porque aunque no es el fin, la filosofía sí es el principio del saber; sin ella no podríamos explorar las cosas, las acciones, los sentimientos, los elementos de la física. En rigor, todo el que conceptualiza y busca la verdad, hace filosofía. Como apuntó Hegel, la conceptualización de elementos, incluso superficiales, tiene un alto valor. Con la filosofía nos aproximamos a la ciencia si es que estamos en la isla del arte. Con ella nos abstraemos del rigor seco de las ciencias puras si es que estamos inmersos en éstas, y entonces podemos comprender las cosas de una forma más bella (sobre todo si se leen prosas como las de Schopenhauer o Nietzsche).

Schopenhauer alguna vez pensó que si sus ideas y su personalidad llegaban a la celebridad, el Nilo llegaría a El Cairo y se inauguraría “la comedia de la fama”. El Nilo llegó, finalmente, cuando él ya era un anciano. Y murió el 21 de septiembre de 1860. Se había convertido en uno de los escritores más geniales y dignos de ser leídos. Ignacio Vera de Rada en @mundiario