El Ficcionario pone un sofista en su oficina, si de vender se trata

Los sofistas (fragmento), de Jorge Opazo.
Los sofistas (fragmento), de Jorge Opazo.

A partir de unas premisas con las que es difícil estar en desacuerdo y jugando con las emociones de las personas se pretende, como estrategia comercial, vender un producto o servicio a cualquier precio.

El Ficcionario pone un sofista en su oficina, si de vender se trata

La producción masiva de bienes de consumo que alimenta la industria y el comercio mundial, junto a la alta competitividad reinante, requiere cada vez estrategias más sofisticadas y agresivas de venta. Lo cuenta este Ficcionario semanal, que también ha visto a mucha gente con la soga al cuello y a otros tantos a dos velas.

sholtero. (angl.). Varón no casado, pero con sinceras pretensiones de emparejarse, al que le han colocado un pequeño aparato que registra y almacena los movimientos de su corazón durante 24 horas. Para luego poder indicarle hasta qué punto se puede comprometer emocionalmente con garantías de seguridad, sin riesgos para su salud.

shomero. Dícese del conocimiento inevitablemente ligero y superficial que tenemos acerca del autor de La Ilíada y La Odisea, en el que, por la lejanía del tiempo en que vivió, la realidad tantas veces se mezcla con la leyenda.

socorista. Mujer entrenada para, en caso de necesidad, prestar auxilio a las chicas que forman parte del coro en las revistas musicales y otros espectáculos similares, cuando de repente se quedan sin voz. En ese momento, la socorista de turno sale al quite y la interpretación continúa como si nada (aunque alguna voz se haya ahogado).

soffista. (angl.). Empleado de una office cuyo objetivo principal es persuadir a los clientes con argumentos falaces o razones aparentes -bien sea presencialmente o a través de llamadas telefónicas- para que adquieran un producto. Los soffistas modernos son los herederos comerciales de una actitud filosófica caracterizada por buscar ante todo la persuasión del interlocutor mediante una argumentación discursiva en la que, a partir de unas premisas con las que es difícil estar en desacuerdo (promesas de ahorro fácil, ocasión única y excepcional, precio fijo de por vida, etc.) y jugando con las emociones de los clientes (comunicación personalizada, empatía fingida, etc.),  se pretende vender un producto o servicio despreocupándose de si para ello están defendiendo una tesis verdadera o plausible; es decir, sin importarles demasiado emplear un modo de hablar falso o engañoso mientras sirva, en este caso, al interés económico de la empresa. Un tipo especialmente relevante de soffista en el mundo de hoy es el encargado de diseñar, con el apoyo del conocimiento psicológico, anuncios publicitarios. El mecanismo publicitario básico se basa en gran medida en los principios del condicionamiento clásico y consiste en asociar dos estímu­los, uno en principio neutro (el producto que se quiere vender) y otro que se encuentre relacionado con expe­riencias deseables para el sujeto (la sensación de libertad, el placer sexual, la promesa de belleza...). Un ejemplo clásico de este procedimiento es el anuncio de un automóvil para el que se utiliza un atractivo paraje natural. ¿Qué relación tienen el coche y la naturaleza? La misma que tienen la campana y la comida en el célebre experimento de los perros de Pavlov: simplemente aparecen juntos. Eso basta para que la reacción natural provocada por el paisaje (deseo en base a su atractivo, sensación de libertad que transmite, etc.), empiece a aparecer también ante el automóvil. ¿De verdad alguien se compra un coche por aparecer junto al verdor increíble de Asturias o al rojizo marciano de Lanzarote? Todo el mundo dirá que no, pero lo cierto es que los empresarios siguen financiando este tipo de anuncios porque son eficaces. Indepen­dientemente de que terminemos comprando o no el automóvil, nuestra valoración del mismo habrá mejorado simplemente por haberlo visto junto a una naturaleza atractiva; y este cambio de opinión habrá ocurri­do en nosotros de forma inconsciente e involuntaria y, por tanto, sin que hayamos tenido ninguna posibilidad de oponernos a él racionalmente. Compramos empujados más por la emoción que por la razón. Los estudios motivacionales del consumo han demostrado que, por lo general, nuestras preferencias a la hora de elegir un producto se determinan por factores de los que el individuo no tiene conciencia. A finales de los años sesenta, Louis Cheskin, director del Color Research Institute, realizó un experimento para comprobar la influencia que tenía el color de los envases de detergente a la hora de adquirir uno u otro. Entre un grupo numeroso de amas de casa se repartieron tres cajas distintas de detergente; en unas predominaba el amarillo, en otras el azul y en las últimas un diseño atractivo que combinaba el azul con trazos amarillos. Se les pidió que los usaran durante varias semanas y después hicieran una valoración del producto. Al cabo de ese tiempo, las mujeres que habían usado el detergente de la caja amarilla se quejaron de que era demasiado fuerte, llegando incluso a decir que había estropeado su ropa; las de la caja azul señalaron que las dejaba con aspecto sucio; finalmente, las de la caja bicolor efectuaron una valoración positiva del detergente, resaltando su efecto "maravilloso" sobre la ropa. Obviamente, el detergente era el mismo en los tres casos.

soguzjar. Someter a alguien con una soga, hasta hacer que, de una manera literal o metafórica, acabe con la soga al cuello. Las hipotecas o alquileres abusivos, los recibos de la luz imposibles de pagar si quieres comer, la precariedad estructural consentida, la enorme bolsa de desempleo que deprecia hasta límites indignos el valor de la mano de obra, el bullying en los colegios, la renovada adicción a las apuestas entre los jóvenes o el inacabable maltrato de las mujeres son algunas de las sogas típicas de la vida social de nuestro tiempo.       

sohez. 1. Dícese del individuo que, para la consideración de otro, es una mierda.  2. Suceso de cualquier tipo acaecido en el multicultural barrio londinense del Soho.

solhaz. Haz de sol, que cuando hace mal tiempo continuado recibimos como ocasión de ocio y esparcimiento.

solibiantar. 1. Hacer que el pueblo libio tome una actitud rebelde o levantisca. La Guerra de Libia de 2011 comenzó con manifestaciones y protestas populares contra el gobierno de Muamar el Gadafi, finalmente derrocado con la intervención armada de fuerzas internacionales, en el contexto de la "primavera árabe" desatada en el país vecino de Túnez. 2. Exasperar, indignar o irritar a ese mismo pueblo. Siete años después del inicio de la "revolución" y sin haber conseguido la transición hacia un estado democrático, Libia es más bien un estado fallido: territorialmente fragmentado en diferentes zonas de influencia y poder, con numerosos grupos armados de criminales comunes y yihadistas disputándose la posesión de la tierra y de los recursos energéticos, con insoportables niveles de criminalidad y, para colmo y vergüenza, con sórdidas cárceles donde los inmigrantes subsaharianos sufren continuados abusos e indescriptibles torturas.

solidarío. Dícese de aquél que por alguna causa noble está dispuesto a ayudar a Darío.

solidiario. Se dice del que practica la solidaridad día a día.

solizitar. Pedir a Liz una cosa, que concederá si la considera lízita.

soluzión. 1. Desenlace feliz a un enredo oscuro cuando se enciende la chispa de nuestro ingenio. 2. Remedio que se ha de poner a la pobreza energética causada por no poder pagar el recibo de la luz. Mientras tanto, Iberdrola ya ha ganado 2.091 millones de euros entre enero y septiembre y se encamina hacia una cifra récord de beneficios.

solvencía. Capacidad para afrontar las deudas cuando llega el atardecer. A esa hora, 19 millones de españoles con dificultades para pagar el butano o la luz están a dos velas. @mundiario

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